El concepto de lexia – Roland Barthes*


* Roland Barthes. 1980. S/Z. Madrid. Siglo Veintiuno Editores, S.A., Págs. 8-12.

Texto Fuente - Módulo 1


VI. Paso a paso

Si se quiere estar atento al plural de un texto (por limitado que sea), hay que renunciar a estructurar ese texto en grandes masas, como lo hacían la retórica clásica y la explicación escolar: nada de construcción del texto: todo significa sin cesar y varias veces, pero sin delegación en un conjunto final, en una estructura última. De ahí la idea, y por decirlo así la necesidad, de un análisis progresivo aplicado a un texto único. Esto tiene, al parecer, algunas implicaciones y algunas ventajas. El comentario de un solo texto no es una actividad contingente, colocada bajo la coartada tranquilizadora de lo “concreto”: el texto único vale por todos lo textos de la literatura, no porque los represente (los abstraiga y los equipare), sino porque la literatura misma no es nunca sino un solo texto: el texto único no es acceso (inductivo) a un Modelo, sino entrada a una red con mil entradas; seguir esta entrada es vislumbrar a lo lejos no una estructura legal de normas y desvíos, una Ley narrativa o poética, sino una perspectiva (de fragmentos, de voces venidas de otros textos, de otros códigos), cuyo punto de fuga es, sin embargo, incesantemente diferido, misteriosamente abierto: cada texto (único) es la teoría misma (y no el simple ejemplo) de esta fuga, de esta diferencia que vuelve indefinidamente sin conformarse.

Además, trabajar ese texto único hasta el último detalle es reanudar el análisis estructural del relato en el punto en que ahora está detenido: en las grandes estructuras; es darse el poder (el tiempo, la facilidad) de remontar la venillas del sentido, no dejar ningún lugar del significante sin presentir en el código o los códigos de que este lugar puede ser punto de partida (o de llegada); es ( al menos se puede esperarlo y trabajar en ello) sustituir el simple modelo representativo por otro modelo cuya progresión misma garantizara lo que pueda haber de productivo en el texto clásico, pues el paso a paso, por su lentitud y su misma dispersión, evita penetrar, invertir el texto tutor, dar de él una imagen interior: no es sino la descomposición (en el sentido cinematográfico) del trabajo de lectura, si se quiere una cámara lenta: ni completamente imagen ni completamente análisis, y, por último, es jugar sistemáticamente con la digresión (forma mal integrada por el discurso del saber) en la escritura misma del comentario y observar de esta manera la reversibilidad de las estructuras con que está tejido el texto; es verdad que el texto clásico no es completamente reversible (puesto que es modestamente plural): su lectura se hace en un orden necesario cuyo análisis progresivo determinará precisamente su orden de escritura; pero comentar paso a paso es por fuerza renovar las entradas del texto, evitar estructurarlo demasiado, evitar darle ese suplemento de estructura que le vendría de una disertación y lo clausuraría: es esparcir el texto en lugar de recogerlo.


VII. El texto esparcido

Por lo tanto se esparcirá el texto, descartando – como si fuera un pequeño seísmo – los bloques de significación cuya lectura capta solamente la superficie lisa, imperceptiblemente soldada por el caudal de las frases, el discurso fluido de la narración, la naturalidad del lenguaje corriente. El significante tutor será dividido en una serie de cortos fragmentos contiguos que aquí llamaremos lexias, puesto que son unidades de lectura. Es necesario advertir que esta división será a todas luces arbitraria; no incluirá ninguna responsabilidad metodológica, puesto que recaerá sobre el significante, mientras que el análisis propuesto recae únicamente sobre el significado. La lexia comprenderá unas veces unas pocas palabras y otras algunas frases, será cuestión de comodidad: bastará con que sea el mejor espacio posible donde se puedan observar los sentidos; su dimensión, determinada empíricamente a ojo, dependerá de la densidad de las connotaciones, que es variable según los momentos del texto: simplemente se pretende que en cada lexia no haya más de tres o cuatro sentidos que enumerar, como máximo. El texto, en su conjunto, es comparable a un cielo, llano y profundo a la vez, liso, sin bordes y sin referencias; como el augur que recorta en él con la punta de su bastón un rectángulo ficticio para interrogar, de acuerdo con ciertos principios, el vuelo de las aves, el comentario traza a lo largo del texto zonas de lectura con el fin de observar en ellas la migración de los sentidos, el afloramiento de los códigos, el paso de las citas. La lexia no es más que una envoltura de un volumen semántico, la cresta de texto plural, dispuesto como un banquete de sentidos posibles ( aunque regulados, atestiguados por una lectura sistemática) bajo el flujo del discurso: la lexia y sus unidades formarán de esta manera una especie de cubo multifacético, cubierto con la palabra, el grupo de palabras, la frase o el párrafo; dicho de otro modo, el lenguaje, que es su excipiente “natural”.

VIII. El texto quebrado

Lo que se indicará a través de estas articulaciones postizas será la traslación y la repetición de los significados. Al señalar sistemáticamente los significados de cada lexia no se pretende establecer la verdad del texto (su estructura profunda, estratégica), sino su plural (aunque éste sea parsimonioso); por lo tanto, las unidades de sentido (las connotaciones), desgranadas por separado en cada lexia, no serán reagrupadas, provistas de un meta-sentido, tratando de darles una construcción final (solamente podrán reagruparse, en anexo, aquellas secuencias cuya continuación haya podido perderse por el hilo del texto tutor). No se expondrá la crítica de un texto, o una crítica de este texto; se propondrá la materia semántica (dividida pero no distribuida) de varias críticas (psicológica, psicoanalítica, temática, histórica, estructural); luego de cada una podrá (si le viene en gana) intervenir, hacer oír su voz, que se escucha de una de las voces del texto. Lo que se busca es dibujar el espacio estereográfico de una escritura (que en este caso es una escritura clásica, legible). El comentario, fundado sobre la afirmación del plural, no puede trabajar “respetando” el texto: el texto- tutor será continuamente quebrado, interrumpido, sin ninguna consideración para sus divisiones naturales (sintácticas, retóricas, anecdóticas); el inventario, la explicación y la digresión podrán instalarse en el mismo corazón de la suspensión, separar incluso el verbo y su complemento, el nombre y su atributo; el trabajo del comentario, desde el momento en que se sustrae a toda ideología e la totalidad, consiste precisamente en maltratar el texto, en cortarle la palabra. Pero en realidad lo que se niega no es la calidad del texto (en este caso incomparable) sino su “naturalidad”

IX. ¿Cuántas lecturas?

Hay que aceptar también una última libertad: la de leer el texto como si ya hubiese sido leído. Aquellos que gustan de las bellas historias podrán ciertamente comenzar por el final y leer primero el texto tutor que se ofrece en anexo en su pureza y su continuidad, tal como ha salido de la edición, es decir, tal como se lee habitualmente. Pero nosotros, que tratamos de establecer un plural, no podemos detener ese plural, en las puertas de la lectura: es necesario que la lectura sea también plural, es decir, sin orden de entrada: la “primera” versión de una lectura debe también poder ser su versión última, como si el texto fuese reconstituido para acabar en su artificio de continuidad, estando entonces el significante provisto de una figura suplementaria: el desplazamiento. La relectura, operación opuesta a los hábitos comerciales e ideológicos de nuestra sociedad que recomienda “tirar” la historia una vez consumida (“devorada”) para que se pueda pasar a otra historia, comprar otro libro, y que sólo es tolerada en ciertas categorías marginales de lectores (los niños, los viejos y los profesores), la relectura es propuesta aquí de entrada, pues sólo ella salva al texto de la repetición (los que olvidan releer se obligan a leer en todas partes la misma historia), lo multiplica en su diversidad y en su plural: lo saca de la cronología interna (“esto pasa antes o después de aquello”) y encuentra de nuevo un tiempo mítico ( sin antes ni después); cuestiona la pretensión que intenta hacernos creer que la primera lectura es una lectura primera, ingenua, fenoménica, que luego sólo habría que “explicar”, que intelectualizar (como si hubiese un comienzo de lectura, como si todo no hubiese sido ya leído: no hay una primera lectura, aunque el texto se esfuerce por crear en nosotros esa ilusión mediante algunos operadores de suspensión, artificios espectaculares más que persuasivos); no es ya consumo, sino juego ( ese juego que es el retorno de lo diferente). Por lo tanto si – contradicción voluntaria en los términos – se relee inmediatamente el texto, es para obtener, como bajo el efecto de una droga (la del recomienzo, la de la diferencia), no el texto “verdadero”, sino el texto plural: el mismo pero nuevo.


Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 01 de Octubre de 2009
Editado por María Elena Sánchez a las 05:16 PM | Palabras: [ 1482 ]
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