Narrador y Narratario / Autor y Lector*


M.Elsa Bettendorff y Raquel Prestigiacomo. 2002. El relato audiovisual. La narración en el cine, la televisión y el video. Longseller, Buenos Aires.


El acto enunciativo que produce el relato es denominado “narración”. El emisor- enunciador y el destinatario-enunciatario de ese acto son llamados, respectivamente, narrador y narratario.

Debe aclarase que ni el narrador de un relato es su autor empírico ni el narratario, su lector “real”. Estos términos designan figuras hipotéticas, creadas por el enunciado narrativo mismo. Un escritor de carne y hueso es el autor de una novela, un director con nombre y apellido es reconocido como el responsable de una película, pero en ambos casos el narrador es una instancia imaginaria que surge de la escritura o la realización de la obra.

Del mismo modo, los lectores o espectadores no son los auténticos narratarios de un relato escrito o visual, pues éstos se infieren del texto o del filme como imágenes o modelos más bien abstractos.


¿Qué significa que el narrador sea construido por el propio relato? Los primeros fragmentos de estos dos cuentos pueden servir de ejemplo:

Hoy me ladró un perro. Fue hace poquito, cuatro o cinco o seis o siete cuadras abajo. No es que me ladrara propiamente, ni me quería morder, eso no. Se me venía acercando, alargando el cuerpo pero listo a recogerlo, el hocico estirado como hacen ellos cuando están recelosos pero quieren oler. Después se paró, se echó para atrás sin darse vuelta, se sentó a aullar y ya no me miraba a mí sino para arriba.” (José Félix Fuenmayor, “La muerte en la calle”, en La muerte en la calle.)


Por fin el hombre vendría a buscarlo. Sentado contra la pared de la galería, apoyado en sus propias rodillas, esperaba. La tarde estaba fría. Entre los pantalones demasiado cortos y las medias temblaba un breve tramo de carne rosada, aterida. Metió las manos entre las piernas para calentarse. Esa mañana, con la que iniciaba el día de su partida, le habían lavado toda la ropa, hasta unas prendas olvidadas que sacaron del fondo del baúl.” (Daniel Moyano, “La espera”, en El fuego interrumpido.)

Puede advertirse que cada relato postula, desde el inicio, un tipo de narrador, que puede mantenerse o no en su desarrollo. En el primer caso, se trata de un narrador-protagonista, que desde un supuesto presente de la narración evoca un hecho vivido.

En el segundo, se reconoce a un narrador en tercera persona, que se autoexcluye de lo narrado para referirse de un modo aparentemente más objetivo. Es indudable que tras cada fragmento está la decisión del autor, para una vez que éste formula el enunciado, será el discurso el que se encargue de construir una imagen del que narra: un narrador más o menos comprometido con la historia que cuenta. Es más: puede haber no sólo uno, sino varios narradores que se suceden o se alternan a lo largo del relato.

El narratario es el destinatario que se infiere de la existencia misma del relato: un cuento o una serie televisiva pueden no contar con lectores o espectadores, pero de todos modos en ellos se toma en cuenta a un receptor “modelo”, capaz de interesarse en la historia narrada.

El uso de la segunda persona por parte del narrador en un texto literario, o la mirada a cámara de un personaje en una comedia televisiva o fílmica, revelan la consideración de ese destinatario presupuesto, cuya presencia propone el propio discurso.

Es posible, incluso, que el narratario esté explicitado a lo largo de todo el proceso narrativo, como si se tratara de un interlocutor al que el narrador apela constantemente. Este tipo de narratario es decididamente ficticio, ya que está integrado a la ficción narrativa prácticamente en la categoría de personaje, como ocurre en un cuento de Julio Cortázar:

Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés, que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día.
Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás el pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas…Y es así, ñato. Más largas que esperanza´e pobre.”
(Julio Cortázar, “Torito”, en Final de juego)

El “nato” que se presenta como destinatario explícito del discurso del narrador-protagonista es interno al relato: se incorpora al universo de los hechos representados (la diéresis) en la medida en que forma o ha formado parte de la historia narrada. Pero ese destinatario interno no anula la configuración del destinatario o narratario externo. En este caso, apela a una clase de lector: no a un lector singular, sino a un público anónimo que pueda comprender el dialecto empleado en el discurso y reconocer las expresiones propias de la cultura popular rioplatense presentes en el texto.

Cabe acotar que, si bien la narratología actual separa en forma tajante las parejas narrador – narratario y autor- lector, no puede olvidarse que los relatos se difunden en situaciones o condiciones precisas de producción y recepción, y estas condiciones particularizan tanto los actos de escritura o de realización como los de lectura, audición o visión de los enunciados narrativos, ya sean estos escritos, orales, visuales o audiovisuales.

En términos más sencillos: pese a que desde la teoría se considera que el autor y el lector, oyente o espectador “reales”, no son los verdaderos protagonistas de la narración, no es posible ignorar que éstos influyen en el tipo de construcción o de interpretación de los relatos.

No hay dudas de que el autor no es homologable a la figura del narrador, aunque existen evidentemente huellas del estilo personal o hasta de la experiencia vital del primero en sus obras. El narrador de un cuento de Borges no es Borges, ni el narrador de un filme de Tarantino es Tarantino, pero las estructuras narrativas, las temáticas tratadas y los géneros y estilos discursivos de los trabajos de estos autores revelan, justamente, su autoría. Y si el lector y el espectador particulares no son los narratarios de sus producciones, son sin embargo los que completan, con sus interpretaciones particulares y sus distintas capacidades para decodificar discursos, el circuito de la comunicación.

Los lectores o espectadores más entrenados y competentes establecerán relaciones e hipótesis de lectura (es decir, suposiciones relativas al desarrollo del argumento) más cercanas a la posible intención comunicativa de los autores, mientras que los menos diestros dejarán escapar parte del mensaje o incurrirán en interpretaciones superficiales o erróneas. Por ejemplo, quienes leen un cuento de Borges pueden ser personas eruditas, capaces de captar todas las alusiones a otras obras literarias que se deslizan en el texto, o personas de poca instrucción que no advierten siquiera el tejido de evocaciones propuesto por el autor. Pero, seguramente, ninguno de los lectores desconoce el acuerdo que supone todo relato de ficción: sabe que lo que lee no es la realidad, sino un simulacro, y que las reglas del juego consisten en suspender ese saber mientras dure ese relato, para que así le resulte verosímil. Este acuerdo tácito entre autor y lector – o espectador- suele denominarse “pacto ficcional” o “contrato de lectura”.

*págs. 17- 21.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 28 de Abril de 2009
Editado por María Elena Sánchez a las 03:48 PM | Palabras: [ 1220 ]
Archivado en: [ Postítulo de Comunicación Audiovisual - 2009 ]
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