Marina Montivero - Texto narrativo
Me recuerdo sentado en la mesa de porlan del club, mirando lo que supuse la nada. Mi visión estaba fuera de foco, hasta que el fuerte sonido del viejo portón de entrada, hizo que mi vista se fijara sobre aquel cuadro del que jamás me había percatado.
Ahí, entre tablas de madera y caballetes, estaba aquella obra tan enorme y extraña, apoyada sobre la pared del fondo de un cuarto de depósito. Por típica curiosidad de niño, me acerqué para verla e instantáneamente me cautivó, a pesar de que no la entendí demasiado. Podría decir que desde entonces empezó mi transformación, pero muchos lo discutirían.
Lo que nadie puede contradecirme es que, a partir de aquel momento, mi interés por la pintura empezó a plasmarse. Con la ayuda de mi abuelo, que era pintor, me empecé a familiarizar con los pinceles y pinturas, con las figuras y colores, con los artistas y sus obras. Así fue que, ya de adolescente, inspeccionamos las pinturas y murales de artistas reconocidos como Diego Ribera y me hizo conocer algunas pinturas de la Mutualidad de Artistas. Él se había relacionado con quienes la conformaban durante algún tiempo, entre 1930 y 1940, y me contó tantas anécdotas que fue necesaria toda una tarde de mates. La Mutualidad estaba conformada por importantes artistas de Rosario que pintaban de manera colectiva e individual, sobre grandes soportes que salían de lo habitualmente visto. Sus pinturas trataban temas sociales, eran una crítica a los sucesos y situaciones de la realidad del momento y los autores buscaban que estas obras llegaran a la gente, donándolas a diferentes instituciones. Llegando al final del relato, me sorprendí cuando mi abuelo subrayó que, en su mayoría, estas obras estaban desaparecidas. Y más aún me estremecí cuando me di cuenta que aquel cuadro que una vez había visto en el club de mi barrio pertenecía a aquella gran colección desvanecida. En vano pensé que con los años seguiría allí y podría recuperarla, porque cuando fui corriendo al club… ya no estaba.
Mi fascinación por este grupo, tuvo sus frutos. En mi época de adolescente, junto con Ciro, mi compañero de entonces y para siempre que conocí en el barrio y también era un loco por los murales, nos encargábamos de moldear en las paredes blanquecidas nuestras más firmes denuncias e ideales. Andábamos de un lado para el otro con latas de pintura, pinceles y bocetos de nuestra mente adolescente y militante. Al igual que los artistas de la Mutualidad, nuestra necesidad de expresarnos era casi más fuerte que nosotros mismos. Así empezamos nuestro trabajo a dúo y fue el comienzo de lo que sería nuestro futuro.
Los dos ya nos habíamos convertido en tipos grandes, con responsabilidades laborales por cumplir. Yo me había recibido de técnico electrónico y, además de ejercer esta labor, empecé a trabajar junto con Ciro en una empresa de publicidad, en la que se pintaban las medianeras de los edificios con letras geométricas e insulsas y algún que otro dibujito referente al producto. Era un trabajo bastante aburrido, aunque efectivo en cuanto a nuestra subsistencia.
Los días y horas que pasábamos haciendo las publicidades, hicieron que le fuéramos perdiendo el miedo a las alturas; el vértigo a mirar para abajo desde los andamios y el tembleque que se siente al moverse, fueron pareciendo algo normal.
Los dos habíamos crecido entre pinturas y murales. Nos habíamos formado, habíamos empleado una manera para hacer escuchar nuestra voz y seguíamos necesitando que nos dieran oído a través de la vista. Así, entre charlas de café, se nos vino en mente una manera de llegar a nuestro propósito: así como se pintan publicidades en las paredes de los edificios… ¿Por qué no pintar obras de artistas? La ciudad sería una galería de cuadros enormes y, por supuesto, las obras que elegiríamos para pintar, serían aquellas que aún resistían el paso del tiempo, las que pudiéramos reproducir de la colección que quedaba de la Mutualidad de Artistas. Pinturas que tenían contenido, denuncia, crítica y que eran de artistas rosarinos sumamente reconocidos. ¡Lo que sería ver un Juanito Laguna de Berni plasmado en el medio del centro de la ciudad! Pero ninguno de los dos nos imaginábamos qué resultaría de este plan… nunca lo hubiéramos pensado.
Con mucha iniciativa escribimos el proyecto para presentarlo en la Municipalidad de la ciudad, para ver si nos podían dar una mano. Lo llevamos, y al tiempo nos dieron una respuesta: el proyecto presentaba algunas dudas, por lo que nos apoyaban con la idea pero pagando la primera obra que hiciéramos a un costo mínimo, como si pintáramos la pared de blanco y, además, las pinturas que se harían, serían las de esos artistas rosarinos, pero otros tipos de obras, menos polémicas y más estéticas, quizás. Realmente, no nos importó. Nosotros queríamos hacerlo e íbamos a hacerlo costara lo que costara
Como primer paso, intentamos contactarnos con alguna empresa que nos diera los materiales que necesitáramos y, así, conseguimos que nos dieran la pintura. Pero claro, no sólo es pintura… ¡necesitábamos muchas cosas más! Por lo que tuvimos que empezar a hacer otros trabajos para recaudar dinero e invertirlo.
Para empezar, pegamos un papel de venta a mi auto y con la plata que conseguimos de eso, pudimos construir los andamios que necesitábamos y comprar los solventes, pinceles, sogas y demás materiales.
Para poder continuarla, tuvimos que empezar a trabajar por la mañana, nuestro momento libre, en algún lugar donde pudiéramos conseguir la plata necesaria. Nuestra opción, fue trabajar en el puerto. Nos dividíamos y si uno iba a trabajar a allí, otro estaba pintando; y viceversa. El trabajo en el puerto fue duro y agobiante. Pero seguimos firmes con tal de poder seguir con el proyecto.
La primer obra que nos mandaron a hacer, fue “Retrato” de Antonio Berni… una linda obra de taller, de las menos importantes del autor, la que menos representa su obra. Me acuerdo que el primer día fue bastante caluroso y agotador, discutimos cerca de dos horas con Ciro sobre cómo haríamos para pintarlo, cómo nos organizaríamos. Cuando nos pusimos de acuerdo, dimos comienzo... y nos acercamos un primer paso a lo que sería nuestro colmo.
Cuando íbamos por la mitad de la obra, sucedió lo que jamás en mi vida podría haber imaginado que pasaría. Estando con Ciro, debatiendo sobre cómo hacer la cara de la mujer que aparece en la obra, escuchamos que una voz muy suave nos murmura:
- pss! ¿Y si en vez de discutir me dibujan el ojo de al lado? No es agradable estar tuerta.
Los dos nos quedamos estupefactos, mirando hacia todos lados para ver quién había sido el que nos había dicho eso. Pero nadie había a nuestro alrededor.
-¡no busquen tanto! Estoy acá, bien frente a ustedes… ¿me pintan el ojo, por favor?
En ese momento, no reaccionamos ninguno de los dos. Creíamos estar locos, simplemente eso. Y, más que nada por nervios, empecé a reírme.
-sinceramente, no entiendo el motivo de la risa… sería bueno que también me hicieran boca, así puedo reírme con ustedes.
-pero… ¿cómo podes hablar? ¡Sos una pintura! De hecho… estas hecha de pintura… ¡puro sintético!- dijo Ciro con un tono desesperado.
-seré una pintura, seré puro sintético… pero quien te haya dicho que las pinturas no hablamos, está muy equivocado. ¡Podés refutarlo ahora mismo!
Ciro no habló más. Se mojó la cara con un poco de agua de una botella y se dispuso a pintar el otro ojo. Yo elegí no dialogar con la pintura, por lo menos ese día, y me dediqué a pintarle las cejas.
Realmente la pintura nos hablaba, y no porque hubiéramos perdido la cordura… ¡era pura realidad lo que estábamos pasando! Ya al día siguiente, dejé mi asombro de lado y pude seguir una charla más que interesante con la pintura. A Ciro le costó entender un poco más, y aquél día no fue. Con esta nueva compañía, las mañanas en las que alguno de los dos se iba al puerto eran más entretenidas, menos solitarias. Por el resto de los días en que continuamos la pintura de Berni, tuvimos una excelente relación de confianza con ella, pero prometimos no contar nada de lo hablado.
¡Ay, Si mi abuelo estuviera acá!... no creería nada de esto. O, tal vez, sí. Tal vez él también hablaba con las pinturas.
Terminamos el retrato de Berni y fue furor en el barrio, y no precisamente por ser una pintura parlante, ya que sólo hablaba con nosotros. La gente se acercaba para felicitarnos y para nosotros era sumamente reconfortante… por lo menos hasta ese momento.
Seguimos intentando hacer obras de la Mutualidad de Artistas, pero siempre volvíamos al mismo rotundo “no” y con el maldito sermón de la estética de los “colores feos” de esas pinturas, de su poca belleza. A pesar de los insistentes frenos que seguían apareciendo ante nuestros también insistentes reclamos, seguimos adelante con la segunda obra.
Esperando también un diálogo, la empezamos a pintar muy ansiosamente, sin pensar que sería un carma durante los próximos días. La obra de Julio Vanzo, “Bandoneón”, tardó menos en empezar a hablar y la que más molesta fue. Desde el principio nos trajo complicaciones con el color base: un rojo estrepitoso el cual nos costó muchísimo encontrar. Cuando por fin conseguimos el color que queríamos y terminamos de pintar la base se escuchó la primera queja…
- les voy a pedir un favor: eviten pasar muchas veces el pincel por mi lado izquierdo, porque es mi parte sensible y me da un cosquilleo espantoso.
Con Ciro nos miramos, y tan sólo con las miradas entendimos ante qué tipo de pintura estábamos. Nos quedaban largos días para seguir escuchando reclamos y quejas en cuanto al sol, sobre todo. No fue fácil tratar con este cuadro. Y ni siquiera pertenecía a un artista de la Mutualidad… ¡ni siquiera!
Cuando por fin la terminamos, antes de arrancar con la tercera de las pinturas, nos volvimos a tirar un lance a ver si nos permitirían, de una buena vez, hacer un cuadro de los que queríamos. Una vez más, y por última, nos devolvieron otro “no” para la colección.
Empezamos con la tercera obra, una pintura realmente bellísima de Leónidas Gambartes: “Mitoformas”, la cual sí representaba la obra del artista, por fin. Esperábamos un diálogo más agradable que el último que habíamos tenido, pero fue exactamente peor.
El día que empezamos hacía muchísimo calor y el sol daba de frente a la pared donde estábamos colgados. Prácticamente, no había gente en la calle y los autos casi no pasaban. “Mitoformas”, empezó a hablar mientras ultimábamos detalles.
no entiendo cuál es el sentido que le ven ustedes, al hecho de pintarnos en los edificios.- lanzó como primera cuestión.
¿No te parece bien que la gente las conozca?.- le respondió Ciro, medio ofendido.
Sí, en realidad sí. Pero están pintando obras ajenas, que no son de ustedes.
¡ojalá pudiéramos decirle a Gambartes que venga a pintarte!- le contesté.
Ojalá ustedes puedan pintar alguna de sus propias obras algún día, y dejen de reproducir- dijo crudamente.
¡Por supuesto que vamos a hacerlo! Pero tenemos que arrancar de a poco- le gritó Ciro, ofendidísimo.
Bueno, bueno… si tanto quieren hacerlo… ¿qué impide…
Mirá – interrumpí- nosotros sabemos lo que hacemos. Más adelante vamos a hacer un mural de los que hacemos desde siempre.
¿Y qué hacen desde siempre?
Intentamos plasmar la realidad que muchos no quieren ver. Buscamos que nuestras obras sean una crítica a la actualidad… porque es eso lo que creemos: el arte no debe escapar de la realidad en que se vive.
Ajá… mirá vos. – me contestó bastante irónicamente- Ustedes no van a plasmar la realidad como la ven si no introducen su verdadero sentimiento, su real persona en la obra… ¡si no forman parte de la misma pintura, nunca van a poder transmitir lo que quieren!
Y en ese momento, empezamos a ver que la pintura se despegaba de la pared. Una mancha roja y marrón empezó a acercarse desde arriba, hacia donde estábamos nosotros. Se movía, ¡tenía vida propia!
No teníamos manera de esquivarla, no podíamos hacer bajar tan rápido el andamio manual. La mancha estaba cada vez más cerca. Con Ciro no sabíamos qué hacer. La masa uniforme, ya estaba a centímetros nuestro. Atiné a tirarle agua, pero fue inútil… resbaló como si fuera aceite.
Empezó a encerrarnos contra la pared y nos fue cubriendo desde las piernas. Nuestra desesperación no emanaba gritos, sólo patadas e intentos de evitar que se acercara cada vez más. Cubiertos ya hasta la cintura, nos elevó hasta la parte superior y nos apretó contra la pared. Ciro estaba en la mitad derecha y yo en la izquierda. La pintura nos apretaba con tanta fuerza que no podíamos ni gritar ni intentar evitarlo.
Sentí cómo me iba hundiendo en la pared; cómo mi cuerpo dejaba de estar cubierto de pintura, para serlo íntegramente. Pasaron algunos minutos, y ya no teníamos movimiento alguno. Todo estaba calmo, como si nada hubiera pasado. Y ahí estábamos nosotros, inmóviles pero vivos.
ya está, ahora no sólo pintaron una obra, sino que… ¡forman parte de ella!- dijo concluyente.
Desde aquel día, seguimos dentro de la pintura. Si se acercan lo suficiente, podrán ver nuestros rostros inanimados. Únicamente, cuando el sol está muy fuerte, la pintura se ablanda un poco y podemos por lo menos gesticular y, a veces, hasta hablar. En realidad, Ciro casi no habla. Muy rara vez lo escuché decir alguna palabra, y si lo hizo fue para mal decir una vez más a la obra de Gambartes. Mis conversaciones son principalmente con la pintura que, más allá de todo, ya no le guardo rencor. De hecho, hasta empiezo a entender porqué nos atrapó…
Me pregunto si esto le habrá pasado a algún artista, si alguna vez alguien más pudo conversar con la obra y, más aún, quedar en ella. Mi abuelo se olvidó de contarme esa parte. No lo culpo tampoco, tal vez nunca le sucedió; seguramente siempre pudo plasmarse en la obra y ésta no le exigió nada. De algo estoy segurísimo, y es que si mi abuelo siguiera acá, pintando, vendría a retocarme todos los días.
Que ésta y las demás hayan hablado y en este momento estemos acá dentro, no es más que la mera razón de que todo nuestro ímpetu y energía fueron endosados a ellas. No sólo las dotamos materialmente, sino que también les dimos vida y, por sobre todo, palabra… lo único que nos faltó a nosotros. De tanto anhelar este proyecto, de tanta perseverancia, terminamos por ser la obra. Y creo no arrepentirme.
Editado por Sebastián Bonifacino a las 03:39 AM | Palabras: [ 2440 ]
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