Marina Montivero - Texto argumentativo
En la ciudad de Rosario, el movimiento cultural y artístico es característica, casi, principal. Vasta con dar una vuelta por el centro para comprobar que la creatividad domina las calles, esquinas, bares, casas, plazas…
El arte está, los artistas también. Debajo y detrás de cada obra e intervención, las ideas fluyen y no dejan de insistir en saltar de la cabeza de sus creadores para formar parte de la urbe, de la vida cotidiana.
En los últimos años, Rosario ha tenido la sorpresa de encontrar en algunas de las paredes de las montañas de cemento del centro, copias de pinturas en escalas realmente enormes. Los cuadros de Berni, Gambartes, Vanzo, Bertolé, Guido y Grela, fueron escalando en los edificios hasta tomarlos por completo. La repercusión que tomó esta maravilla fue notable. Los transeúntes se encuentran con enormes personajes que los cautivaban desde lo alto, convirtiendo el paisaje urbano en un notable museo.
Casi inmediatamente a que estas intervenciones fueran una gran novedad, empezaron a hacerse públicas las declaraciones del gran cerebro de este proyecto, o quien dice serlo. Lo cierto es que el proyecto fue auto adjudicado por este cerebro, con más capacidad para el hurto que para generar ideas. Y es que así fue y sigue siendo: el real creativo está en su casa, mientras que se están llevando sus laureles los demás.
La capacidad de crear, inventar e idear, no la tiene una sola cabeza en toda una ciudad, pero así pareciera ser. Así es que estos hombres y mujeres, artísticos e imaginativos, pasan como espectros en la realización de sus proyectos. Los artistas concurren a los “poderosos” para pedir una mano, pero no se dan cuenta que la mano tomada será la de ellos mismos… y hasta el codo. La ayuda se convierte en un apoyo logístico, para concretar una idea que ya no es la originaria. La contribución se basa, simple y cómodamente, en poner una firma.
Toda materialización de creatividad, es de quien tiene el poder de decisión, de quien dirige la batuta, de quien tiene un cargo elemental. Y no les alcanza con tomar como propio lo ajeno, sino que también prefieren modificarlo a gusto o conveniencia. Cambiarlo para que sea más estético y menos apagado, más vistoso y menos crítico, más esto que aquello. Muchos se sorprenderían si supieran que las obras de los importantísimos artistas rosarinos que fueron hechas a escala en los edificios no son las que se pensaban pintar, sino que fueron elegidos otros tipos de cuadros más “lindos”, a criterio de ya sabemos quiénes, y sin el reflejo que originariamente se buscaba en ellos, sin ese espontáneo de crítica social, política y económica.
Quienes buscan saltar lo convencional y prefieren hacer un arte más crítico, con mayor contenido e ideología; quienes intentan salir del molde de esta sociedad; quienes intentan abrir los ojos al resto para mostrar una realidad que, más allá de oscura, es actual… sólo son utilizados como seres racionales y pensantes para usurparles las ideas, sólo son pisoteados y escondidos, para hacerlos pasar por debajo del poder que subliman aquellos que están más arriba.
El imaginario colectivo se centra en el medio del corazón céntrico y admite que lo que ven es una idea fantástica, y se la pasan glorificando a un falso autor. ¿Pero qué sucede con los verdaderos dramaturgos plásticos, con esas mentes sueltas e imaginativas, disparadoras de ideas originales? Ellos hacen, crean, imaginan. Ellos son sus propias ideas, aunque simulen ser de otros.
Los proyectos no pueden ser alterados, deben respetarse en su composición. El arte es subjetivo desde todo punto de vista, y esa subjetividad tiene que ser respetada. No es posible cambiar
Si la búsqueda de creatividad se hace desde la población de virtuosos de la ciudad, los rosarinos mismos tenemos que reconocer a los verdaderos autores.
Editado por Sebastián Bonifacino a las 03:41 AM | Palabras: [ 636 ]
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