Pronto angelito... pronto - M. Roberta Gianetta


-Donde estoy, quiero a mi mamiiii... Abuelo, llamala a mamá. Estoy asustado.
-No te preocupes angelito, ya va a llegar. La esperamos juntos.
(...)

Fui a su cama a hacer lo más difícil de día, aunque me hacía reír.

-Conejito... Dale amor levantate que tenés que ir al cole.
-No mamá, no quiero ir.. me quiero quedar en mi camitaaaa..
-Dale Agustín, tenés que ir al colegio... Después te paso a buscar y vamos a comer algo, si?
-Mmm.. bueno dale! pero quiero una hamburguesas, papás y helado, si????
-Bueno, después vemos. Ahora cambiate que se nos hace tarde.

(...) Cuando me desperté esa mañana. En el momentos mismo en que se bajó del auto tuve una extraña sensación, algo me decía que todo iba a cambiar... Intuición tal vez, quién lo sabrá. Se despidió de mí, como cada mañana, tal vez más sonriente, en sus ojitos había algo especial. (...)


Se hicieron las 12 y lo fui a buscar, salude a sus maestras y emprendimos nuestro viaje. Eran unas pocas cuadras hasta llegar al Mc' Donalds, pero por alguna razón se hicieron interminables, aunque el enano no dejaba de contarme todo lo que había hecho esa mañana. Del semáforo verde, de la notita de felicitaciones, del Muy Bueno que se había sacado en matemáticas. Esa vocecita me hacía tan feliz. Esa personita alegraba mi día más triste con un solo abrazo.

-Señora, ¿qué van a llevar?
-Amor, ¿qué querés?
-Una "Cajita".
-Bueno, una hamburguesas con papás, una Seven y una Cajita Feliz.. ¿puede ser?
-Si, ya se lo entregamos.

Nos sentamos los dos juntos, como cada semana en la mesa de la esquina del local, junto a la ventana, desde donde puedo ver el auto, mientras el gordito juega con la sorpresa que trae su menú. Que raro es pensar ahora que me preocupaba lo que podía pasar fuera de esas 4 paredes, cuando mi única amenaza, en ese momento, estaba frente a mis ojos; delante mío como tantas otras veces y nunca lo noté.

Salimos del local y llevé a Agus a casa, mi mamá lo iba a cuidar durante la tarde, hasta que Juan llegué de trabajar al rededor de las cuatro. Yo debía terminar de trabajar tipo seis. mi celular sonó a las 15Hs., era mi vieja y mi hermana. Algo había pasado.

Llegué sin aliento al hospital. Un gigantesco nudo en mi garganta no me dejaba hablar.
-¿Mamá que pasó?
-Lo trajimos acá porque no sabíamos que más hacer... Me dijo que estaba cansado y que se quería ir a dormir, a la hora empezó con vómitos, mucha fiebre. Nos asustamos muchísimo con tu hermana.
-Juan -nos abrazamos como presintiendo lo que estaba por venir, nuestro mundo se detuvo al sonar nuestros celulares- que dijo el médico...
-Por ahora nada amor, le están haciendo unos estudios para sabe que tiene. Tranquilizate que así no ayudamos en nada.

Se acercaba un inexpresivo joven (en bata blanca) a hablar con nosotros. a medida que las distancias se reducían por algún motivo no me pude mover, mientras lo apabullaron con cientos de preguntas sobre el estado de mi bebé. Algo o a alguien estaba buscando, siguió caminando sin contestarles a ninguno de ellos, se paró frente a mí y algo extraño ocurrió... reconocía con familiaridad a ese rostro joven, de donde no sabía, pero me transmitía una inmensa paz. Tomó mis manos y recién ahí hablo, contestando, mágicamente, todas las preguntas que pasaban por mi cabeza.
-Señora, quédese tranquila que va a estar bien. Puede ser una leve intoxicación por la hamburguesas que comió este mediodía. Es un nene muy fuerte el que tiene, nada malo le va a pasar, estoy para cuidarlo.

Mi felicidad fue inmensa, pero no desmedida. La pesadilla había terminado. ¿O no?
-Juan, como se llama el doctor que no le preguntamos.
-Es el mejor pediatra del hospital, tranquila... Se llama Reimundo Noriega.
-Reimundo?...

Empezaron el tratamiento de Agus a las 18 Hs., la mejoría debía notarse en cuatro horas. No fue así, las horas pasaban y la situación empeoraba cada vez más, necesitábamos un milagro... o un diagnóstico acertado.
Se nos acercaron los médicos durante toda la noche, cada vez más desolados e intrigados; ni ellos tenían una explicación para lo que estaba sucediendo con Agustín. Una intoxicación alimenticia, tiene síntomas muy claros: fiebre, vómitos, cansancio, entumecimiento del cuerpo, Agus presentaba tan solo alguno de ellos, o cual indicaba que estaba en una etapa inicial de la “enfermedad”.


(...) En mi mente no dejo de revivir ese día, mis errores, el haberlo llevado a comer hamburguesas. Fue todo mi culpa y no me lo perdonaré jamás(...)

Tras veinte horas en el hospital, Agustín seguía empeorando y yo me encontraba desolada y sin respuestas. Se acercó el doctor, se sentó en la silla vacía que estaba a mi lado, tomó mi manos y nuevamente me llenó de una inmensa paz, me sentí segura (como en un burbuja). Su dulce voz se resquebrajó, sus lagrimosos ojos dejan entrever malas noticias: “no aguantó más, demasiada injusticia para nuestro angelito”.
Mi mamá, mi hermana, Juan y sus padres, todos quedaron en silencio. sin poder decir o hacer algo (aprovechando la ocasión un ángel). Me levanté de mi asiento, caminé a la habitación, lo miré descansar en su cama, lo besé, le dije cuanto lo amaba y lo abandoné a su suerte, una vez más.

Caminé casi sin fuerzas, y por inercia hasta el final del corredor, bajé las escaleras, entré a la capilla. En silencio y dentro de mi mente le pedí una y otra vez explicaciones a quien estaba en la cruz, él que hizo sufrir a su madre como ahora me lo está haciendo a mi. Cansada de no oír una respuesta, fui yo quien lo perdonó entre lágrimas de rabia y dolor.
Un inmenso escalofrío recorrió mi cuerpo, el tiempo se detuvo. Reimundo entró en la capilla, se sentó junto a mi como las veces anteriores, me abrazó, besó mi frente dulcemente, me juró que el dolor desaparecería con el tiempo, que debía ser fuerte por Juan y por “la vieja”... Reconocí esa voz, los cuatro lunares en el iris de su ojo izquierdo, recordé esa blanca y franca sonrisa.
-Por favor, despertame de esta pesadilla. Tráeme a Agustín de nuevo a mi lado.
-Sabés que no puedo princesa. Pero quedate tranquila que está en buenas manos. Me tengo que ir.

Me besó nuevamente, su cara no era más la de veinticinco años, las arrugas me recordaban a la ultima vez que nos vimos, exactamente en el mismo lugar en que me despedí, minutos tras, de mi angelito. Ahora tengo dos.
Juan vino a buscarme, nos íbamos a casa. Ya no había nada mas que hacer, ni que hablar. Sin fuerzas abrí la puerta de la casa y me dirigí al cuarto Agustín, me acosté en su cama y me dormí inmediatamente; rogando, quizás, que el despertador marque el inició del día, que nada haya ocurrido en verdad, que deba luchar para que se levante y llevarlo al colegio; o talvez esperando nunca más despertar.

(...)
-Agus, hable con tu mamá ayer. Está bien , aunque te extraña. Me pidió que te recuerde que te ama más que a nadie, y que no tengas miedo.
-Abu coco... ¿cuándo voy a poder verla?
-Pronto angelito... pronto
(...)

A los días del fallecimiento de Agustín, nos llegó una carta del hospital. Ya tenían los resultados de la biopsia de su cuerpito. No era una intoxicación, si no: Síndrome Urémico Hemolítico; una horrible y dolorosa enfermedad que si no es diagnosticada y tratada a tiempo es fatal. Y lo fue.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 08 de Enero de 2009
Editado por Juan Ignacio Dellepiane a las 11:01 AM | Palabras: [ 1266 ]
Archivado en: [ Trabajos finales de los alumnos ]
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