Hernán Roatt - Texto narrativo
Eran mas o menos las dos de la madrugada, cuando, en un antigua casa, mas precisamente en uno de sus dormitorios, sonaba el alboroto causado por un piano de juguete, una cómoda utilizada para la percusión y los gritos desafinados de un aspirante a cantante. Esa noche el entusiasmo fue el impulsor a la creación de un grupo pseudomusical. Notese que este concepto se refiere puntualmente a que en ese momento ningún integrante sabía tocar ningún tipo de instrumento.
Tiempo después, cada uno instruido en su función volvieron a hacer que, en un cuarto abandonado en la parte de atrás de la casa, el ruido susodicho, sonara tardes enteras. Las grabaciones en cintas de cassette eran de lo más frecuentes por esos tiempos. Generalmente sonaban bien, mas gracias al optimismo y las ganas, que a la aptitud musical.
Tiempo más tarde, ya con una guitarra eléctrica y una batería sonaban bien gracias al ensayo y la dedicación.
Cierto día, ya con un bajista agregado, surgió la posibilidad de un show en una de las ciudades cercanas. El entusiasmo y las ganas eran sin igual. Las prácticas antes del show fueron incontables, tocaban seis veces cada canción para asegurarse de que estuviera casi perfecta a la hora de ejecutarla en vivo.
El día había llegado. Salieron temprano, a eso de las seis de la tarde y llegaron alrededor de las siete al lugar. Acomodaron los instrumentos y probaron el sonido unas cuantas veces antes de que llegara la gente. Este era el debut en vivo y no querían que nada saliese mal.
La gente empezó a acercarse al lugar. Se trataba de un camping bastante iluminado con un escenario en el medio. La cantidad de personas no superaba las cincuenta o sesenta, pero entre ellas estaba un tal “moncho”, representante de las mejores bandas de la zona.
Arrancaron con un cover de Guns and Roses, en cuyo intro y final, el guitarrista se lucía con dos solos demoledores. Tras finalizar esta canción, la muchedumbre (o más bien la escasez de gente) había quedado encantada. Tocaron durante aproximadamente media hora más para luego dejar paso a otras bandas. Cuando se bajaron del escenario, las masas aclamaban el “bis”, todos gritaban “otra”.
Moncho los llamó, y les pidió que se unieran a su círculo de bandas para tocar juntos. Todo era como de en sueños. Los chicos prometieron pensarlo. Aunque sabían que la respuesta iba a ser un sí.
Guardaron los equipos y emprendieron el viaje de regreso.
Iban con tal euforia y emoción que no llegaron a ver el camión que venía en dirección contraria.
El freno desesperado de las llantas no llegó a evitar lo inevitable.
Un estruendo, el chillido de las chapas y el crujido de los vidrios cortaron de golpe el agudo y sepulcral silencio de la ruta en la madrugada. Lo último que escucharon fue un aturdidor bocinazo mezclado con un riff de Led zeppelín que sonaba en la radio.
Cuando la ambulancia llegó ya era tarde. Los cuatro ya se habían mimetizado con los restos del automóvil. Con gran esfuerzo se logró retirar los cadáveres del lugar y llevarlos a la morgue.
El pueblo estaba consternado, las familias invadidas por la tristeza, pero no había nada que hacer. No había vuelta atrás. Lo que había empezado como un juego, tuvo el peor de los fines.
Los chicos fueron velados y enterrados en el cementerio local.
Esta historia llegó a mí hace ya unos años, me la había contado un amigo. El tema surgió cuando iba camino a su pueblo y por esa ruta me pareció ver cuatro jóvenes caminando en la orilla, uno de ellos con una guitarra, “haciendo dedo”. Cuando paré para subirlos al auto y giré mi cuello hacia atrás ya no estaban.
Muchos dicen que todavía se pueden escuchar los lamentos fundidos en una triste balada que suena exactamente todos los nueves de diciembre a la madrugada. Yo prefiero creer que lo que me pasó fue una mala broma de mi cabeza mezclada con la complicidad del sueño, el cansancio y mi poco escepticismo.
Editado por Juan Ignacio Dellepiane a las 09:08 AM | Palabras: [ 680 ]
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