Entre las vías y el sol - Anaclara Dalla Valle


Cuando volví al pueblo, ya no existía la siesta. Empezaba a darme cuenta, como, eso que todos dicen, “el tiempo pasa volando”; me había sucedido. Volví al pueblo, que ya no era mi Pujato cotidianamente ordinario, de silencios infinitos y cielos desérticos.

Estaba un poco más grande.

Y lo recorrí, como esas cosas imposibles de eludir. Y vi todo, como el Aleph de la Viterbo. El reloj de la Iglesia, al que supe escribirle, la ruta llena, los transeúntes curiosos y vagos, los árboles de primavera, las pocas remotas calles de tierra, el ferrocarril oxidado, con andenes nunca vueltos a ensuciar. Siempre me gustó caminar. A veces, recuerdo, iba sola. Rezaba o pensaba en él, mientras mis pasos eran más rápidos que la decaída sombra. A veces, iba con mi hermana. Y hablábamos. Muchísimo. De él, de lo suyo. o de lo que planeabamos ser.

El boulevard Colón era nuestro lugar preferido. Por mi parte, porque me dejaba ver la luna, el sol o lo que fuere que en ese momento coronara las alturas. Ahí, también veía las vías del tren. Ana Laura, siempre les tuvo miedo, porque le daban la sensación de inestabilidad, de lo que se va y no vuelve. Y a mí, en cambio, me emocionaba terroríficamente caminar sobre ellas, porque sentía que no terminaban jamás y que podían llevarme bien lejos.

Entonces, después de tanto, volví a caminarlas.

Y volvía a ver los árboles altos, inmensos, que la rodeaban. Seguían las canchitas, seguían, estáticos, unos vagones de antaño. Seguía la plazoleta. Los juegos rojos y azules y amarillos y las hamacas y el tobogán que amé. Pero algo hizo que me detenga.

Lindando el camino, el edificio del que alguna vez había sentido oír, ya caminaba.

Fue justo en la precisión de ese instante, pueblerino y dorado, cuando me acordé de sus ojos.

De los ojos de Marta, inmensos como los de sus hijos, como los de sus nietos, por los que la quiero tanto. Me acorde de las fuerzas que había desperdigado, con tantísimo sentido, y razón, cuando yo aún era una joven soñadora e inquieta. Me acordé cómo me había facilitado miles de tareas, cómo por sus estaciones, diluyendo lágrimas ajenas y regalando hombros.

Ella, también me hacía acordar a mi gran abuela Piru. Para mí, eran iguales, eran abuelas de alma, de las llenas de viento que explotan la vida con mucho amor.

Cuánto había querido la residencia para adultos, no puedo estar más convencida de lo que luchó por ella. Por supuesto, acompañada de otros tantos casi similares a su persona. La memoria, sólo traiciona a las nostalgias, y es por eso, que tengo grabada, cada reunión que hacía más de veinte años, había realizado para juntar fondos, para juntar manos, para juntar espíritu y seguir adelante con el lugar.

Nada les había resultado sencillo. Ese edificio, tenía casi veinte años de ocio, cuando se dispusieron a revivirlos. Tengo fijadas cuantiosas fechas. Pero fueron las ganas mismas de tener un espacio, de proyectar su lugar en el mundo, las que hicieron más que real, una utopía, para muchos incrédulos atados al suelo. Cuánta burocracia grisácea había opacado al pueblo, que entre tantas idas y venidas, no podía conseguir concretar su espacio.

Un presidente comunal, dos presidentes comunales, tres presidentes comunales, corrieron, tergiversaron la cuestión. Un doctor, otro doctor, y nada de nada. Sí, sabían lo difícil de la manutención, del funcionamiento, sí sabían las trabas y complicaciones a las que se sometían, sí sabían del dinero en cuestión. Pero sabían, por sobre todo, lo que Pujato, le DEBÍA a su gente.

Cómo voy a borrar lo mucho que transpiraron. Cómo voy a reprimir, las miles de palabras que desperdigaron en busca de apoyo. Cómo no traer hasta hoy, hasta acá, lo bien que se las arreglaron para no mendigar, para demostrar que sí se puede llegar alto, muy a pesar de la política, de las manipulaciones y del escepticismo.

Pujato no es el mismo.

Cuando volví pasé por el lugar que me había coartado tantas noches, en caminatas empalabradas. El recuerdo de sus ojos, se hizo piel en ambas caras. Y son los ojos, los culpables del teatro. Porque, otra vez. Vi. Ví un verdadero sueño encendido, perfectamente concreto.

Marta, lo disfrutaba, con los nietos cerca, dando vueltas, desde la ventana. Y me sentí feliz.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 20 de Diciembre de 2008
Editado por Anahí Lovato a las 05:00 PM | Palabras: [ 723 ]
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