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LUCIANA SOSA BIANCIOTTO

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El otro día, fui a una cena de ex alumnas de mi colegio. No éramos muchas, de mi promoción habremos sido quince. Se nota que los años van pasando y los intereses cambian junto a ellos, ya las reuniones con las compañeras del secundario pasaron a otro plano (inferior, por supuesto).

La verdad es que no creo volver a ir el año que viene, esa noche podría haberla pasada mejor en otro lado.

En un momento, las voces sólo eran susurros en mis oídos, podría decirse que “estaba ida”, con la mirada fija puesta en la mesa, en una botella precisamente.
Sí, una botella. Esas de vidrio, las retornables.

Parecía simple, era flaquita y larga, pero con el color negro de la gaseosa disimulaba su extremada delgadez. El vidrio estaba opaco, seguramente ya tenía muchos años encima, yendo y viniendo: del kiosco a casa, de casa al súper y del súper al restaurante, creando así un círculo vicioso de nunca acabar.

Esa noche, esa botella le perteneció a Susi, una mujer de cuatro décadas y media, separada, con dos hijos y una visión un poco despechada de la vida, especialmente hacia los hombres. Fanática del cuidado de su cuerpo, va cinco veces por semana al gimnasio. Claro, su botella decía: “Light”.

Pero, si esa noche ésa botella era de Susi… ¿De quién fue la noche anterior? ¿Habrá sido de alguien como ella? ¿O tal vez de un hombre? ¿Tomaría gaseosa Light porque está exigida en su dieta o sólo porque le gusta?


Al lado estaba la botella de Norma, ella había pedido una cervecita, tener líneas bien torneadas en su cuerpo no era lo que le interesaba. Normita ama a sus hijos y a su esposo, así que no hacía más que hablar de ellos. Su botella estaba más brillante, y los destellos que salían a causa del reflejo de la luz hacían que me hiciera cerrar los ojos. La etiqueta estaba rota, ¿Dónde habría estado antes? Tal vez en una mesa de un grupo de amigos que recién salían de jugar un picadito y… ¡qué mejor que un “porroncito” frío con amigos! O tal vez, aquél pobre chico que había sido dejado por su novia, no tuvo mejor opción que ahogar penas con un poco de alcohol.

La botella tornasolada, pintona, elegante, también estaba. Esa es de las que tienen un buen pasar económico en la vida, aquellas que no tienen problemas para pagar un dineral por la elegancia y la clase que se desprende del envase, ni por la bebida que tiene dentro. Y si, Martita podía pagarla, y no tengo dudas, de que quién la había tomado antes que ella, tampoco los había tenido.

Botella retornable, ¿quién habría imaginado tus idas y venidas? Las historias que sabés, las confidencias que habrás escuchado; seguramente pasaste más de una ves por las mismas manos y ese desconsiderado no te reconoció.

Ya era tarde, decidimos irnos. Yo seguía pensando en las botellas, pero el grito de Rita me hizo volver en sí:

- ¡Susi, te quedó más de la mitad de la gaseosa, llevátela!

- No Rita, esa es de las retornables.

Susi lo había dicho, era de las que retornaban… vaya uno a saber dónde.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 07 de Octubre de 2008
Editado por Sebastián Bonifacino a las 01:10 AM | Palabras: [ 537 ]
Archivado en: [ Trabajos de los alumnos ]
Enlace permanente | Comentarios (1)

Comentarios

Que cosas tan pavas son aquellas que tienen tanta historia. Cuantas botellas han sido testigo de fiestas, salidas, engaños y peleas.

Que suerte para unos y que desgracia para otros que las botellas no hablen, pero hablaste por ellas en este muy buen texto.

De ahora en mas voy a comprar descartable, porque las retornables me intimidan un poco!

Suerte che, y seguí buscando los pequños detalles magicos de la vida

Publicado por: Nahuel N Octubre 8, 2008 7:41 PM
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