Visita a la farmacia


ALEXIA BELTRAMINO

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Fue un sábado a la mañana, muy temprano, cuando el día recién comenzaba, y se daba a entender que iba a hacernos temblar de frío y obligarnos a tener que abrir los paraguas. Pintaba un día sumamente triste y difícil de llevar, ya que en la familia, la mamá se había levantado con una terrible jaqueca que le impedía moverse, y ni hablar de levantarse. Ahí, sin más nada que poder hacer, su hija entre papeles, apuntes y hojas de estudios, decidió resolver ese inconveniente. Salir de su oscura y lluviosa casa, para comprar esos remedios tan esperados por esa cabeza dolorida. Sólo con sus ojitos afuera, tapada de tanto abrigo, cogió sus llaves del llavero marrón y partió hacia la farmacia. Apenas al salir, tubo que mirar a su izquierda para corroborar que ningún vehículo se acercara y le impidiera cruzar. Fue entonces cuando tuvo que sacar su helada mano del bolsillo para saludar a la Chola, esa vecina que tanta alegría contagia cada vez que nos cruza. Siguió su camino, pasando por al lado del 136 y, esperando cruzar la tan poblada calle Tucumán, que, entre colectivos, camiones y el semáforo en verde, nos retrasa nuestros planes. Atrás del 112 verde apareció esa adolescente apurada por las medicinas, que mirando y observando al barrio que la vio nacer, descubre cuánto ruido yace en él, cuántas plantas tienen las casas vecinas, qué colorida y llena de luz es Tucumán, y los negocios históricamente presentes siempre en los mismos sitios.


Doblando la esquina, pasando por al lado de la óptica Pardo, ingresa a la farmacia, y en seguida larga un suspiro de paciencia, ya que descubre que tiene 3 personas delante para comprar. Observa las mamaderas, las carteras, los colgantes, los distintos medicamentos, y la simpatía de la farmacéutica con sus clientas. Se ríe de una niña que se sube a una balanza y juega a pesarse, mientras su tía le ruega a gritos que se comporte, y a su vez oye, cómo la dueña del local hace bromas al no tener cambio de 100 pesos.

Una vez comprado el Ibupirac, sale urgente de la farmacia, viendo cómo los colectiveros se tocan bocina para dejarse pasar, y cuánta gente sale del super de la esquina, con el almuerzo del mediodía, y los bizcochitos para los mates de la tarde, que eran la combinación justa, para el día hermoso que acababa de cambiar, y se convertía en un hermoso y soleado día de invierno, sin nubes grises que atormentaban, y sin el viento congelador y amenazador de gripes.

Fue así entonces cómo, cruzando calle Iriondo corriendo arribó a su casa, y les acercó los medicamentos a su mamá, que con un abrazo débil expresó su agradecimiento y apuro, mientras que su hija, con una sonrisa animadora, le ofreció toda su ayuda, y prometió cebarle mates ni bien ella terminase de estudiar.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 01 de Octubre de 2008
Editado por Anahí Lovato a las 04:28 PM | Palabras: [ 482 ]
Archivado en: [ Trabajos de los alumnos ]
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