¿Tiene algo para dar?


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BÁRBARA WAGNER


Dos niños y su madre. Uno al lado de otro. El niño más jovencito de unos 8 años, con una cara muy bonita, aunque su rostro denota hambre, carencia. La ropa alcanza a cubrirlo entero, aunque es muy fina, igual que la de los otros. Durante las noches pasan frío.

Al lado, su hermana, que lo supera en altura y en edad. Está cansada. Sus ojos lo revelan.
Puede ser por el trabajo agotador, por el maltrato de la gente, por las malas condiciones en que vive. No se sabe el motivo, pero esos ojos no son más que la representación misma del agotamiento.

Su madre, cuya cara no puede observarse, al lado de su joven hija.

Los tres levantan la mano lentamente, están cerca, pero no tanto. Llevan a un extremo su cara de tristeza, sólo eso puede hacerlos conseguir algo.

La madre ni se gasta, ella no consigue nada de esa forma. A ella la gente le dice que trabaje, pero no entiende que eso es imposible.

Los chicos se pasan el día entero en la calle, el limpia los vidrios de los autos, ella vende flores. Su madre hace un poco de todo. Cuando a el no lo dejan limpiar, o ella no consigue vender ni un ramo de flores, es cuando tienen que acudir a esa cara. La que consigue comprar a esas personas que todavía tienen un poco de corazón. Aunque también son las que consiguen respuestas como: “Deciles a tus papas que vayan a trabajar y no te hagan pedir para después comprarse droga y alcohol”.

La gente los prejuzga, los discrimina, los tilda de “negritos”, “villeritos”, “bolivianos” y lo peor es que piensan que eso es un insulto.

A los pequeños no les molesta, ya están acostumbrados, pero la madre ya se cansa de esa hostilidad. Su hijo le cuenta que por las noches cuando está en la calle pidiendo, muchas personas se cruzan de vereda para no pasar por su lado, tienen miedo de que el les robe. No saben que el es un buen chico, que todavía no llegó a utilizar ese medio para poder subsistir, y de ser posible nunca va a llegar.

Al pequeño de ojos tristes le molesta que le tengan miedo, tiene apenas 8 años y tiene que trabajar para poder comer, quiere ser alguien en un futuro, pero sabe que le va a costar.

Su hermana, apenas mayor, tiene las manos cansadas de trabajo, rasposas por el permanente roce con los tallos y espinas de las flores. Poca gente le compra su mercancía, solo algún que otro joven enamorado que camina con su novia o que quiere sorprenderla.

La madre, vigila a sus polluelos de cerca, pero no trabaja mucho. Son pocas las veces que ayuda a su hija con las flores, o que pide a los autos que paran por el semáforo en Rioja y Oroño. Está muy agotada, hay veces que no les alcanza para comer, y sabe que su destino no va a variar, sabe que así nació, y así va a morir.

Cuando termina la jornada los 3 vuelven a su casa… del padre nada se sabe. Desde chiquitos los dos hermanos y su madre se acostumbraron a vivir con la ausencia de la figura paternal, que tanta falta les hace. Su lugar lo ocupa el más pequeño, el es el hombre de la casa.

Cerca de las doce, los tres se acuestan, la madre duerme sola en un colchón, y los dos hermanos juntos en otro. Al otro día cuando el sol apenas está asomando, los tres despiertan y marchan caminando las dos horas que tienen hasta llegar al centro.

Así transcurren todos los rutinarios días de su vida, sin muchas variaciones. Hasta que los dos jóvenes crezcan… no se sabe en que terminarán.

Imagen: http://masapunk.org/wp-content/uploads/2007/09/pobreza.jpg

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 08 de Octubre de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 12:00 PM | Palabras: [ 636 ]
Archivado en: [ Trabajos de los alumnos ]
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