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LAURA HINTZE

Están sentados sobre el pasto, apoyados sobre alguna madera, algún tronco. A simple vista transmiten paz. Comparten tanto la intensidad del momento como la inmensidad del espacio en el que están.

Están apoyados sobre alguna madera, sobre algún tronco y los sentimientos hacen, seguramente, tan denso al aire que no necesitan mirarse, ni hablarse.

Los dos miran hacia el frente, ¿y qué habrá en ese frente? Un río, un atardecer, un mar, una montaña, una casa. No creo que les importe, sino que creo que ellos miran, pero no ven. Imagino que así, como están, apoyados sobre alguna madera, sobre algún tronco, tienen los sentidos y la mente puestos en ese momento.

Está la mano de él, sobre aquella madera, aquel tronco, esperando. Él seguramente se angustia un poco más cada segundo que pasa. La espera, y eso lo mata, y le roba las palabras. Suspira a cada rato, como gritándole a la cara: ¡Mirá mi mano, sentí mi presencia, actúa, que yo no puedo hacerlo!

Siguen sin hablarse, él aún no puede hacerlo, y mientras tanto, espera una reacción.
Ella está recostada sobre el pasto con sus codos apoyados sobre aquel tronco, aquella madera. Viste una camisa rayada, con botones blancos, una camisa suelta y ligera que se mueve al compás de las brisas pasajeras, y usa también un pañuelo negro.

Sigue apoyada mientras trata de averiguar qué es lo que harán sus impulsos, que no dejan de sentirse presionados por el aire repleto de las emociones más extrañas e intensas.
También mira al frente, también se ahoga en palabras y también espera una reacción. ¿Suya? ¿De él? ¿De sus manos?

Siguen sentados sobre el pasto, apoyados sobre alguna madera, algún tronco, cuando el sol empieza a caer. Puedo afirmar con seguridad que aún no hablaron. Seguramente en algún momento pronunciaron algunas palabras, o cruzaron algunas sonrisas, pero siguen aún esperando: a ella, a él, a que lleguen la valentía y las reacciones.

Aparentan estar felices. Ambos sienten que el otro aprovecha el instante de tranquilidad que están compartiendo. Imaginan que su compañía se regocija de alegría por tener la oportunidad de hablar sin palabras, o de sentir sin siquiera tocarse, sin siquiera mirarse.

Y entonces se dan cuenta de cuánto están sufriendo en realidad. Esperar al valor los está matando por dentro a medida que las manos, conciente o inconcientemente, se acercan más. No se animan a mirar para confirmar de que sienten lo mismo.

Pero finalmente él decide tomar valor y acercarse aún más, tomarla de la mano y no soltarla nunca. Cuando está a punto de girar su mano sobre la de ella para salir, al fin, caminando juntos; para seguir sintiéndose y poder hablar sin tener miedo, sabiendo que el otro piensa igual; en ese mismo instante de valentía que está por hacer realidad cada uno de sus deseos, ella llega a la conclusión de que todo ha sido un invento suyo; que no hablaban en silencio ni que sentían lo mismo. Ella cree descubrir que fue todo producto de vanas esperanzas y no espera más. Decide terminar con todo, levantarse e irse.

Y él levanta su mano, tan lentamente, tan cuidadosamente, tan perfectamente. Y ella intenta escapar lentamente, pero en vano. No puede tardar más, no puede ser más cuidadosa con el secreto del amor como lo fue hasta entonces y seguirá siendo, no puede ser la perfecta protagonista de aquel momento que aparentemente iba a cambiarle la vida.
Comparten ahora el momento, comparten la necesidad de hacerle caso a sus impulsos y los dos actúan como necesitan.

El apoyó sus manos sobre aquella madera, aquel tronco, que estaba más áspero y frío que nunca: ya no estaba ella. Sintió que el alma se le fue cayendo por el piso, hasta llegar a un infierno de angustias, de desconsuelo, de decepción; decidiendo en aquel mismo instante alejarse de sus impulsos y de ella.

Ella apoyó sus pies en la tierra, en aquel pasto, sobre el cual estaba él recostado sobre alguna madera, algún tronco. Lo miró, y miró a la noche que acababa de llegar. Los dos eran mágicos. Sintió que aquel instante iba a repetirse y que el alma le volvía al cuerpo. Decidió hacerle caso a sus próximos impulsos. Decidió acercarse a él. Y se fue caminando a su lado, con la leve sospecha de que los dos sentían igual.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 08 de Octubre de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 01:57 PM | Palabras: [ 730 ]
Archivado en: [ Trabajos de los alumnos ]
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Comentarios

Cuantos atardeceres más van a esperar sentados sobre aquella madera, aquel tronco? Cuantos atardeceres ya pasaron?

Me gustó mucho la historia, y me trajo algunos lindos recuerdos. Todos alguna vez esperamos sentados en el cesped, apoyados en una vieja madera. Algunos ya se despegaron, otros tendrán miedo tal vez, o todavia les falta una mano que tomar para caminar juntos.

Suerte che, es bueno valorar esas cosas cotidianas e inconcientes del amor

Publicado por: Nahuel N Octubre 8, 2008 8:01 PM
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