Ese loco, triste loco reloj
ANACLARA DALLA VALLE

Sentada, sola, con un mate que ahoga viejas hierbas, entrelazando cuantiosos conceptos, lo ví. Lo ví y eso que tenía los ojos llenos de grafías tediosas y colores opacos. Lo ví gastado de años, con la infuncionalidad de quien lidera las alturas de un lugar, donde las miradas, sólo conducen al pasado. El reloj de la Iglesia de mi Pujato terruno, marca deshoras, y estoy segura que el pescador de los viernes, no se percató de su existencia. Tampoco lo hizo Mario, el intendente, con su alarde de seductor de los sesenta, con la típica camisa, celeste clarita. Y el Tijo, “el personaje”, pudo verlo, mientras descansaba de su matutina barrida de las calles. El Roly, tal vez, lo miró para averiguar cuánto le faltaba para ir a buscar el diario o la coca al Club, en su bici lila, destartalada como cada una de las que guardo en el galpón. Los grupitos de la esquina del banco, lo tienen bien al alcance de sus respiros, pero siempre están concentrados en los mensajitos volátiles de los morochos aún más volátiles. O comiendo alfajores, o escribiendo el piso, o gritando entre risas. Mi hermana, ni siquiera lo mira, cuando salimos a caminar de noche. Ahora, que es primavera.
El reloj es la señal, no de lo que vendrá sino de lo que no sucedió.
A la una del mediodía, se resquebraja con sus huesos hambrientos. Está escuálido, ensimismado por la coacción del viento, del que viene del barrio de los Mochos. Ese barrio, sí tiene música en los ribetes. Jamás superará al mío, a las Ranas. La laguna de mi abuela, pisó fuerte en su identidad. Pujato tiene el Barrio las Flores y Norte. Pero a la una del mediodía, nadie, ni uno solo de ningún barrio, escucha el TAN, que anuncia la hora.
Sesenta minutos antes, fue servil testigo de mesas rigurosas, atadas a la tradición. Todo lo que se vio sobre esos manteles italianos, a cuadritos, con calabazas, fue el producto ajetreado de las mujeres “endelantadas”, felices en sus anti proyectos, conformes en su estaticidad y armonía. Ellas fueron y vinieron a pie, en autos, sin alas, sin ruido a eso de las once de la mañana, por las calles pujatenses. Y compraron el pan, el de cada día.
Y nos dieron las diez, una hora que reluce, extrañamente, muy elegante en el reloj de la Iglesia. Publicita el mate del descanso y alivia los pantalones de hombres y mujeres. Porque siempre está, el mate, y siempre están los pantalones, en todas las casas de este costado del mundo.
La hora antes, segmentó en cuatro al rey de las alturas e indicó modestamente, el inicio del trabajo de unos cuantos. Como alfeñiques soldados van de a pares, con la cabeza gacha, hablando de nada, a cumplir con su rutina metódica
Pobre reloj celeste, desde las siete y durante las ocho. Nadie apacienta sus ovejas. Olvidadizo, enfermo de años ¿quién puede escuchar sus campanadas, si hay otros aparatitos, con música y resplandor?
Todo el tiempo de antes, todas las horas de antes, y regresivamente hasta la medianoche, ese polvo que recubre la tierra de sus agujas nocturnas, los números geométricos diseñados con esmero, el círculo imperfecto que constituye, no tuvo voz. Tal vez, descubrió las piernas enervadas de algún abrazador clandestino, que suele sentarse en el banquito gris de tan blanco, de la San Martín. Tal vez oyó la palabra prohibida del somnoliento despabilado, que en una vorágine de desamor, sólo tuvo como alternativa refrescante, abrir la ventana y caminar la noche. O tal vez, no se percató de nada, no vio a nadie, nadie lo escuchó, no fue testigo de ninguna tormenta, de ningún odio, de ninguna pasión. Tal vez, el reloj de la Iglesia, tuvo una madrugada pacífica, solitaria y añoró el Bulgari que no fue, o recordó a sus hermanos de La Chaux-de-Fonds. O tal vez, durmió con el segundero abierto, esperando al día.
No podré saber, qué evitó captar en el onceavo repique. Pero sospecho que desde allá, sí sabía que en Pujato, la mayoría empezaba a dormir. No tuvo alternativa, en los antecesores 7200 segundos de aprehender la cotidaneidad que condujo a cada cual de su trabajo a su hogar, y luego a cada qué, desde el plato a la panza. El reloj sobre esas rejas blancas, siempre a las ocho, admira a las intrépidas gimnastas, que previa al verano corren y caminan y corren. Y admira, el relojito, a los que admiran a las mujeres haciendo deporte. Siempre están, en la esquina de siempre, ellos. Ellos amontonados creyéndose multitud, simulando convocatoria, hablan temas repetidos, del fútbol, de las pibas, de los engaños sin brillo, hablan sin ningún propósito, o para justificar su estado de adolescencia eterna.
Cuando es la siete, el aire es dulce.
A las seis, todo es extraño en la copa de los árboles. Se huele impaciencia e inestabilidad. Nadie va a lugares predestinados porque el día ya está medio fatigado. Y el reloj también. La Biblioteca Bernardino Rivadavia, concluye sus tareas, cierra las puertas y unos millones de senderos alternativos, a este que nos toca.
Fueron la 5 y todos estuvieron invitados a tomar el té, con una tetera de lata. Yo sé por qué. Mientras, dudo que alguno se halla cuestionado por las vísceras o la espalda del amo y señor de las alturas, o haya querido saber qué esconde, desdeñoso, detrás de su vieja fachada.
Y antes de todo, nuevamente, el vacío. El sol bostezó sobre la siesta obligada e inexpugnable. ¿Acaso no da lástima el tren de las tres? ¿Acaso no da risa el semáforo en rojo? ¿Acaso no da sueño, el reloj de la Iglesia de Pujato, justo a las dos de la tarde? ¿Acaso, no se preguntaron, entre tanto universo, qué siente el reloj de la Iglesia?
En cuanto a mí, aunque me apene su existencia monótona, que suele contrastar con el monótono cielo de septiembre, debo reconocer, que al reloj de la Iglesia, le tengo un insólito aprecio. Será porque suelo ver, en su cara y con ojos, de a ratos, literarios, las horas que vendrán.
Editado por Anahí Lovato a las 04:09 PM | Palabras: [ 1024 ]
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jaja! Los domingos a la siesta son re tontos los semaforos, es el único dia que papa presta el auto... Me tiene una confianza...jaja!
Publicado por: Savarecio Maximiliano Octubre 1, 2008 11:48 PMAnaclara, la verdad que es un placer leerte.
Tus textos son brillantes desde todo punto de vista.
Por otra parte, comparto con vos ese cariño al reloj de un pueblo, en mi caso el de Nogoya, en la provincia de Entre Rios.
En aquel lugar, cuna de mi madre, el reloj es testigo de todo lo que pasa en la vida de los habitantes del pueblo. De cada conversación, cada beso, cada abrazo...
Y sin embargo, ellos no lo notan.
Pero yo, hijo de la gran ciudad, lo admiro. Y cada vez que regreso de visitar a mis familiares, extraño las 4 campanadas que nos informan a los nietos, que la abuela no se va a enojar si nos metemos a la pileta y hacemos ruido...
Un beso.
Seba.
jaja bien por el papá de Maxi, muy prudente, yo no consigo me den clases de manejo!!! (mis viejos son más prudentes aún!)
Mil gracias Sebas, por lo que decís, será que el reloj, nos dice algo más.. a mí también me anuncia el pororó (pochoclo, pop corn, niños de la city jaa) con mi abu Piru, la adorada! decime si hay algo más lindo, que saber...que la siesta se termina, y que el patio, la pileta, el barullo, te pertenece'??
Cuanta paz pude encontrar en este texto! La paz de Pujato tal vez, y digo tal vez porque no conozco. Pero sí conozco otros lugares donde viví esa paz, y de los que da pena escuchar al viejo diciendo "se hace tarde, volvamos".
Que hermosas son esas pequeñas ciudades o pueblos, donde nadie cierra la puerta de calle por miedo, y la siesta es una religión. Y creo que ese reloj nunca añoró ser otro.
El comienzo del texto, a lo Gieco en "Carito" tiene una cierta complicidad en el desarrollo, aunque primero pense en una casualidad.
Hermosa narración sin dudas, me dejo necesitado de paz.
Saludos y seguí escribiendo asi.
PD: Se ve que el Seba quiso responder musicálmente también, y le dió el mejor estilo Milanés, Grande Seba!
¡Buena observación Nahuel!
Y a la escritora le quiero comentar que yo soy un niño de la city que le dice pororó al pororó, no popcorn!
Nada más lindo que el fin de la siesta... Aunque también los paseos por las calles vacías a la hora en la que el sol quiebra el pavimento se disfrutan, y mucho.
También la caminata, en una noche primaveral, con una suave brisa que nos recuerde que todo es efímero, es una delicia para el alma, sólo o bien acompañado.
La vida, si la sabemos observar, en cualquier sitio, es realismo mágico.
Seba.
Invitados a encontrar paz y pororó,y la hora de la siesta sólo con las almas de las bicis, que mientras esperan, afuera, sin candados, se quedan haciendo ruido! ...qué hermoso "la vida si la sabemos observar, en cualquier sitio, es realismo mágico
Gracias!!!
Gracias por permitirme descubrir los "colores" del pueblo...
Por vos "vi" el celeste del reloj y de la camisa...
Soy testigo de las campanadas cuando otros escuchan los "nuevos aparatitos", pues mis utopías "suenan" en mis oídos.
Siempre es un placer compartir tus palabras al final ...forman parte de mis palabras
TE QUIERO MUCHO
YO
Miraaaaaaaaaaa, la de arriba es mi mamáaaaaaa
Gracias má, sabés que mis palabras fueorn primero tuyas, primero de la Piru, primero de tooooda la historia
Gracias por -como digo seguido- ser la culpable de lo que soy y quiero
Tee quieroooooo
Besoss




