Donde van los sonidos


ROBERTA GIANETTA MALDONADO

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No creo poder olvidar, alguna vez, lo que fue pasar ese hermoso verano en Gálvez (Santa Fe), en la casa de mi abuela materna. Éramos, junto con mi hermana, el bicho raro del pueblo-ciudad. Las “rosarinas” habían llegado de visita.

Los primeros días no me podía ambientar. Odiaba todo. Trascurriendo mis 11-12 años de edad, era la “pendeja” más insoportable, muy fóbica a los bichos (cucarachas, arañas, a los perros) en realidad a todo lo que no camine en dos patas... A eso había que sumarle los especimenes propios del “campo”, las culebras, los escarabajos, los centenares de mosquitos (a los cuales era alérgica), y peor aún LA TIERRA. No podía salir a la puerta de la casa y ver las hojas de los árboles en el suelo, la vereda sucia con tierra (porque obviamente la calle no era de cemento).

Pero lo que jamás olvidaré de ese verano era la obligatoriedad de estar dentro de los hogares a partir de las dos de la tarde. Era el sagradísimo horario de la siesta; ni un alma estaba en la calle (y literalmente lo digo) hasta las almas debían ir a otro lado. Dormir era tan significativo como el asado de los domingos al medio día, con chinchulines, achuras, la ensalada de tomate y zanahoria.


Jugaba por las tarde a imaginar que hacían los demás, quienes (al igual que yo) no dormían por falta de sueño o de lo que sea. Trataba de ocupar mi tarde, viendo por la ventan pasar un que otro auto, un que otro perro. Espiando el almacén de enfrente, para poder contarles (en este momento) que hacían.

“La Pochi”, por las tardes descansa su lengua para que, a la hora de reabrir, estar en condiciones óptimas de charlotear “de lo lindo”; pero no es tan sencillo como parece, de qué van a hablar si ella duerme toda la tarde. Muy simple: lo deja al marido encastrado en la silla, al lado de la ventana (que da justo en la esquina de la cuadra) y desde ahí “Don Manuel” lleva cuentas de lo que ocurre (y lo que no) en la cuadra.

Alrededor de las 3 de la tarde se abre la puerta de la casa de “Los Tabella”, “la Yiyi” se escapa una vez más a ver a sus amigas; sale con el mate en mano, rumbo a la plaza de la Iglesia de al ciudad. Aprovecha que su papá está durmiendo. Van a encontrarse para hablar de música, de chicos, de su sobrinito que cada día está más grande... se juntan a hablar de la vida.

Juan Carlos toma su bicicleta antes de partir rumbo a la SanCor. A las tres y media tiene que entrar a trabajar. Sabe que volverá tarde, cansado y que los diablitos van a estar durmiendo. No le queda más remedio que besarlos en la frente mientras duermen su siesta. La paz que le transmiten le sirve para seguir adelante y pedalear hasta el otro lado de la ciudad, con el fin de que no les falte nada, y mucho menos un pan en la mesa. Puedo sentir la lágrima que rueda por su mejilla cada tarde antes de partir.

Irónicamente escucho en mi mente las risas de Matías, el sobrino de Don Manuel y de la Pochi, mientras tortura a las gallinas, una tarde más. No se por qué lo hace o por qué creo que lo hará. Es divertido que las persiga por todo el corral gritándoles y tirándoles palitos así se asustan.

Sigo pensado en éstas situaciones y los sonidos que habían desolado la calle, llevan mi mente a un lugar de paz y tranquilidad. Me quedo dormida una vez más, pensando que están haciendo quienes (al igual que yo) no dormían por falta de sueño o de lo que sea.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 01 de Octubre de 2008
Editado por Anahí Lovato a las 03:54 PM | Palabras: [ 636 ]
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