Otro final para Helena de Troya

MARÍA LAURA BOGADO
Troya aún se defendía, y aunque su cuerpo no resistiría mucho más, como buen soldado espartano que era, Eliseo seguía en pie, luchando por esa hermosa inmortal.
La retirada estaba anunciada, pero él estaba muy lejos de su ejército, y para cuando entró en razón, se encontraba solo en la ciudad enemiga. Su instinto le dijo que debía esconderse y así lo hizo, pero no tardarían mucho en encontrarlo.
- ¡Oh! ¡Helena! ¡Mi hermosa reina! – exclamaba para sí - ¿cómo habéis dejado seducirte por el príncipe enemigo, por Paris?.
La noche había dejado caer su oscuro manto. Estaba hambriento, y demasiado cansado, por lo que recorrió en las penumbras las calles, en busca de algún refugio salvador.
Y ahí fue cuando la vio, a lo lejos, esa silueta era inconfundible, ni todas las diosas del Olimpo eran portadoras de tal belleza, Helena, la causa de los pesares de las dos ciudades enemistadas en una guerra que parecía nunca acabar, caminaba hacia él.
Cerró los ojos, pues pensó que sería solo un producto de su imaginación, pero cuando reincorporó la vista a tal situación, ella estaba más cerca. No pudo hacer nada más que quedarse allí, quieto, esperando a que su reina le dirigiera alguna palabra sanadora.
- Tú no eres un soldado troyano…- le dijo la mujer con una voz tan dulce como su rostro- Eres del ejército de Menelao, mi esposo. Pero: ¿qué haces aquí?, si te encuentran te matarán sin piedad alguna!.
- Lo sé, reina mía – contestó Eliseo, haciendo en el acto una cordial reverencia – he quedado aquí atrapado, solo y sin alimento, sin abrigo, todo por usted… mi reina.
Helena lo miró con sus profundos ojos de mar, tomo su mano, y lo condujo hacia una choza escondida a los ojos del resto de los ciudadanos. Le dio estrictas órdenes de quedarse allí y no atreverse a salir, ella le proveería lo necesario, hasta que la guerra llegara a su fin.
Los días pasaron, y el soldado se enamoraba más y más de la tierna mujer. Esa mañana había decidido que, por la noche, cuando ella viniera a visitarlo como de costumbre, le declararía su amor eterno.
Esperó largas horas, y la reina de sus pensamientos nunca llegó, por lo que decidió salir a buscarla. Pero, ¡sorpresa la que se iba a encontrar!, cuando en vez de una divina mujer se topó con un divino caballo gigantesco de dura madera.
Todo eso le resultó muy extraño, por lo que volvió a su escondite, temiendo nuevamente por su vida, temiendo no ver por última vez siquiera a su amada.
Cuando llegó a el sitio, allí la vio, sollozando a un costado de la habitación.
- ¿¡Dónde estabas!? – lo increpó furiosa, pero con su serena voz - ¡Temí lo peor!
- Perdona, mi majestuosa dama…- replicó con la cabeza gacha – Como usted no llegaba, decidí salir a buscarla, no aguantaba un segundo más sin saber de usted.
En ese momento se cruzaron sus miradas, y un suspiro profundo se escucho de fondo.
- Pero me encontré con otra cosa, en mi aventurada salida… - aclaró Eliseo.
Helena le contó lo que sabía del caballo y le relató su encuentro con Odiseo, noches atrás cuando él hombre se había infiltrado vestido de mendigo. Ese impresionante corcel de madera era una trampa para los troyanos, dentro de el había miles de soldados aqueos, espartanos, y atenienses que venían por ella.
- Menelao me buscará por todo Troya, y me matará como mató a Paris, debes ayudarme, el final de Troya llegará antes del amanecer.
El soldado la abrazó, y no lo dudó. Le propuso escaparse juntos, traicionando a su patria pero no a su corazón.
Ella renunció a su nobleza griega, dejando que su doble ocupe su lugar, y así fue como Helena hija de Zeus, llamada luego Helena de Troya, termino siendo Helena de un simple soldado espartano.
Y vivieron felices para siempre, vaya a saber la mitología griega en dónde.
Editado por María Elena Sánchez a las 05:28 PM | Palabras: [ 654 ]
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