Miseria en la no-miseria
FLORENCIA RUEDA
Soy la última miserable. En épocas de la “no-miseria”, es un lujo. Sin embargo, a todos les reconforta esa marca en mi persona. Mi nombre podría ser Victoria, Martina o Roberta que nada importa…ni a mi me importa.
Ellos me renombraron “la mis-ing”, neologismo entre miserable y la palabra inglesa “missing”, alusión a que se extrañaba la desdicha en el otro, y yo soy la viva imagen de ella, el eslabón perdido que reanima los días de esta nueva sociedad sin defectos.
Es una época próspera, la de la “no-miseria”. No hay hambrunas, la fertilidad está controlada por el estado (por lo tanto nadie puede tener mas hijos de los que les permita su arca familiar) y éste es lo suficientemente rico para subsidiar las emergencias sociales. Por ejemplo, las calles…mas limpias que nunca y existe el reciclaje.
Barrio “La´ flores” se tornó de zona roja a rosa al colmarse de gente blanca y acaudalada. “El Paraná” jamás había estado tan cristalino, suntuosos botes acarician sus aguas, regocijándose con la majestuosa postal del navío monumental, que los saluda y espera ansioso el retorno de los navegantes desde la orilla de la esplendorosa ciudad. Ya no existen los basurales, ni las villas, ni los perritos callejeros que ensuciaban la ciudad y los paseos públicos, ni “esos mugrosos negros” que le jodian la vida a “la gente como la gente” en las épocas de antaño.
Sin embargo, nada puede ser tan bueno si no hay tan malo. La sociedad que hoy “todo lo tiene”, años atrás no se salvaguardaba de ostentar una privación: faltaban los miserables. Los miserables eran los que evidenciaban la contracara del “buen vivir”. Con el paso del tiempo, y sin advertirlo, se transformaron en parias capaces de hacer sentir poder a los de la “high society” que necesitaban del dar limosna para marcar superioridad, del negarle una mirada a un chico postrado en la calle en las manos de su madre, del poder negarle a un individuo que limpie el parabrisa del Mercedes. Los necesitaban, simplemente, por que somos en contraposición a lo que no somos.
Por ello, se encomendaron la tarea de buscar juntos un rastro de miseria en la Rosario de la década del 70. Comenzaron por la pregunta: ¿Qué pasó con los marginados? (pregunta que nadie se había dignado a hacer por olvidárseles que los indigentes eran personas)
Primero, salió a relucir lo más superficial, muchos murieron de hambre por la gran taza de inflación ocurrida en las primeros años del milenio, otros no pudieron soportar la falta de acceso al agua potable siendo que esta constituye aproximadamente el setenta y cinco por ciento del cuerpo humano.
Una investigación más exhaustiva demostró que las drogas, soltadas en las villas, hicieron estragos y propiciaron la masacre de la década del treinta, a la que pocos sobrevivieron tanto por la lucha que significaba volver a abastecerse de las mismas como por la reducción de fertilidad que estas provocaban.
La falta de educación sexual también se cobró sus victimas, debido al avance de las enfermedades venéreas y a la falta de cuidados, el Sida se esparció como una plaga por los barrios bajos de la ciudad. Y por ultimo, la frutilla del postre, se descubrió que, el golpe de suerte a la exterminación de esta “raza” la propició un grupo de elite xenófobo que practicaban la casería con los “negros de mi----”.
Nadie notó ni añoró la ausencia de unas caritas sucias, la sonrisa de alguna criatura agradecida de encontrarse un sándwich en un conteiner a la salida de un restaurante, la ausencia de la diversión que se hacia presente en las tardes de verano en la fuentes del parque Urquiza, al verlos chapotear en el agua rebozando de alegría, de la simpleza que estos niños con futuro incierto emanaban de su persona.
Yo tuve la oportunidad de escapar hacia las afueras de Rosario por un tiempo, al volver y encontrarme con este panorama desalentador, me escondí en la vera del río que me vio nacer (deseaba profundamente que no me vea morir), con el tiempo erguí un refugio, de noche aprovechaba y salía a buscar todo tipo de bellezas que la ciudad dejaba a mi entera dispocision y que ayudaban a mi subsistencia alejada de la vorágine citadina.
En invierno, por ejemplo, al calor lo encontraba en el vigoroso fuego del monumento, que arde hasta el día de hoy, la fauna de mi río jugaba de aliada a la hora de alimentarme, las visita de mis fantasmas me ayudaban con mi letargo cotidiano de la soledad, mis años de soledad fueron pasando monótonamente.
Me enteré de todo lo antedicho cuando una turba de “gente” empecinada con encontrar vestigios de miseria dieron con el gran hallazgo: mi persona.
Descubrí que yo resultaba la cura para el conflicto de la no- miseria. Los ciudadanos, sedientos de poder, se proponían volver a crear una subclase para hacer sentir su dominio. La única salvación era encontrar algún símbolo vivo de los marginados del las primeras décadas del milenio que les recordara la supremacía de la clase alta por sobre cualquier otra clase…Ese emblema soy yo.
Editado por María Elena Sánchez a las 03:32 PM | Palabras: [ 855 ]
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Enlace permanente | Comentarios (1)
Che... que grande!! está re buena la historia!!! Te felicito, como me hubiese gustado escribirla a mi!!
Publicado por: Maximiliano Savarecio Septiembre 22, 2008 8:13 PM



