La hermosa Dánae y el valiente Arístides

CAROLINA CAIRO
El choque de aceros hacia rugir las espadas, en el aire olor a tierra mojada, las sandalias se enterraban en el barro y dificultaban el caminar, los gritos de guerra, sufrimiento, dolor, agonía, se mezclaban en un tormento continuo e inagotable, su cuerpo perdía sangre, su mirada se nublaba, su escudo comenzaba a pesarle y la armadura a asfixiarlo.
Nada de eso le importaba, sólo podía recordar el aroma a incienso de su cabellera.
Esa mañana, corría hacia el capitán aún con la confusión en su mente de lo que acababa de escuchar, aunque no podía ocultar su alegría de pensar que era cierto.
Hacía largos años que los espartanos habían invadido Troya y parecía que la guerra no terminaría nunca, hasta ahora Troya había resistido notablemente por la gracia de los Dioses pero aún nadie sabía que estos vientos iban a cambiar de rumbo.
-Capitán los espartanos han abandonado la costa!!!. Se han ido capitán, hemos ganado la guerra!!!
Esas fueron sus palabras, y ese fue el principio del fin.
Los invasores se habían rendido, no habían podido cruzar la muralla de la ciudad, y después de tanto tiempo habían decidido irse, y en su lugar habían dejado un enorme caballo de madera. Los troyanos lo entendieron como una ofrenda a la Diosa Minerva y lo adentraron en la ciudad para celebrar.
Esa noche todo fue fiesta, sobraban bebidas, manjares y las mujeres mas hermosas, nadie podía ocultar la emoción de la llegada del ansiado final del sufrimiento troyano.
Arístides la veía danzar y no podía comprender cómo él, siendo un feroz guerrero que había enfrentado a temibles ejércitos y espeluznantes bestias, no se atreviera a hablarle a esa mujer.
La razón de su silencio, era que estaba profundamente enamorado de ella y su belleza lo paralizaba por completo, al sólo estar en su presencia. Su nombre era Dánae.
Dánae era una de las damas de compañía de Helena, él la había conocido al entrar con Héctor, príncipe de Troya y capitán suyo, a los aposentos de la princesa Troyana. Desde ese momento su mente se eclipsó y cambió completamente.
Nunca había sentido miedo de nada, pues nunca había tenido nada que perder, pero ahora todo era diferente, pedía a lo Dioses que le permitieran sobrevivir a cada batalla, sólo para volver a verla.
Esa noche, estaba más hermosa que nunca, la luz de luna le iluminaban las mejillas rosadas y parecía cubrir su piel con un brillo de plata. De pronto ella lo miró, a lo que él sin darse cuenta respondió con una tímida sonrisa y más tarde producto de su timidez bajó la cabeza.
Mientras dilucidaba entre dejar el salón para esconderse o ir a decirle lo mucho que la amaba en secreto, oyó la vos más hermosa que jamás hubiera escuchado, levantó la mirada y la vio, sus grandes ojos azules se clavaban en los suyos, y de su boca parecían salir palabras que él no podía descifrar, por que de lo único que se daba cuenta era que ella lo miraba dulcemente. Terminó de hablar y se quedó esperando una respuesta, él no reaccionó, hasta que Dánae se sonrió y Arístides cayó en cuenta de que había pasado el ridículo.
Conversaron un largo rato animadamente y danzaron al compás de la música, nunca en los cientos de batallas que había ganado se había sentido tan feliz como en ese momento.
Arístides ansiaba conocerla más, y aún con la danza y lo animado de la fiesta sentía que quería pasar un rato con ella a solas, sin ninguna interrupción, por eso la invitó a dar un paseo por los jardines.
Conocía muy bien Dánae los rincones de los hermosos jardines y sabía qué lugares servirían para hablar cómodamente con su agradable compañía.
Se sentaron en una glorieta adornada con perfumadas flores, Arístides se acercaba de a poco a ella, no quería asustarla, pero su cuerpo respondía a los poderosos deseos de tenerla en sus brazos, esos mismos que habían surgido la primera vez que la vio y que había tenido que callar durante tanto tiempo. No podía esperar más, debía demostrarle cuanto había cambiado su vida desde que la había visto por primera vez, como sus pasiones del pasado se habían convertido en nada comparados con la sola posibilidad de verla, y que de seguro abandonaría todo lo que amaba en el mundo sólo por un beso suyo.
No se dio cuenta cómo, que gesto o movimiento fue el que lo llevó a eso, lo único que percibió fueron sus labios posados en los suyos, su mano en su delicada cintura y la duda de si estaba en un sueño o todo aquello había sido realidad.
Al mirase, ella fue la que habló primero. Se sonrojó y luego le dijo, con una voz muy suave:
- Ya no puedo ocultar los sentimientos que tanto han crecido dentro mío desde que mis ojos lo han visto por primera vez.
Él, no pudiendo creer lo que escuchaba y sintiéndose dichoso siguió:
- Mi corazón no habría podido aguantar más los sentimientos que por ti se han despertado, sentimientos generados por su belleza y su encanto. En este momento mi corazón se ha aliviado, pero ya no me pertenece, con ese beso se lo he entregado.
Sentía que ese día los Dioses lo habían bendecido con toda su gracia al cumplirse en ese momento lo que tanto anhelaba.
Se quedaron un largo tiempo junto, los dos enamorados, diciéndose lo que tanto habían querido decir.
Ya no se sentían la música y los cantos de la fiesta, parecía que todo había quedado en calma y ya todos se habían dispuesto a descansar, cuando los sorprendió un terrible ruido, al instante se sintieron gritos y Dánae sintió miedo. Arístides le pidió que se escondiera, que se resguardara por que no podría soportar que le pasara algo, se dieron un beso y él tomando su espada y su escudo corrió hacia el salón principal.
El regalo espartanos, el majestuoso caballo de madera, no había sido otra cosa que una trampa para los Troyanos, la estructura hueca estaba repleta de soldados que atacaron a la noche cuando todos dormían, esa había sido la única forma en que habían podido cruzar la muralla.
La guerra se desató, Troya estaba desprotegida, mujeres y niños morían, las paredes se derrumbaban, Troya ardía.
Aún cuando se desató una tormenta implacable el fuego no cesó y se hacía más difícil la lucha. Arístides pensó en lo que le había dicho al capitán, en sus palabras. Habían sido éstas la que habían ocasionado ese desastre, no podía con la culpa.
Peleó valientemente, defendía su tierra, su gente, pero sobre todo defendía a Dánae, por ella debía luchar, debía salvarla.
De pronto sucedió algo que no se esperaba, una daga atravesó su costado izquierdo. Sus piernas perdieron sus fuerzas, pero las obligó a seguir, se sentía fatigado, perdía mucha sangre, pero tenía que luchar, tenía que buscarla. Corrió hacia los jardines y no la encontró, fue hasta el palacio entró y comenzó a llamarla desesperadamente. No podía morir, no sin verla por última vez, pero ya su cuerpo no respondía a su cabeza, y mucho menos a su corazón enamorado, se desplomó en el suelo contra una columna.
Ella lo abrazó, lo besó en la frente y le susurró al oído:
- Arístides, amor mío, ya todo acabó, puedes irte.
Arístides murió ese día en el gran salón sólo, lo que nunca supo, fue que Dánae había sido asesinada al segundo en que él había abandonado los jardines.
Editado por María Elena Sánchez a las 12:50 PM | Palabras: [ 1257 ]
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Enlace permanente | Comentarios (2)
WOOOOOOOOOOOOOW! Y yo que creia que escribía cosas tragicas. Jaja! Muy bueno. Me gustó.
Publicado por: Maxmiliano Savarecio Septiembre 21, 2008 9:04 PMSí, está bueno. Pese a que es un invento muy fuerte porque las historias que circulan no tienen mucho que ver con lo que cuenta pero es una buenísima adaptación de las historias de ambos protagonistas.
Publicado por: Male Septiembre 22, 2008 8:21 AM



