El servidor


DSC02727.JPG


AGUSTINA MASSELO

Maaq observaba los insectos quebradizos como ramas secas que danzaban sobre las gigantescas plantas, mientras la inmutable ceremonia comenzaba esa mañana. En Chichén Itzá los ritos requerían meses de preparación y Maaq ya había olvidado cuánto tiempo hacía que imaginaba aquella calurosa madrugada.

El sacerdote maya Chuén Moi rozó los dedos en una fuente dorada y verde que parecía estallar en el resplandor del poderoso astro en el cielo. Miró a Maaq y a otros tres siervos que habían ofrecido su vida para contribuir a Chaac, el dios de la lluvia. Hacía meses que no llovía lo suficiente en toda la península de Yucatán; Maaq pensó que no podía hacer otra cosa que sacrificarse en el altar del cenote sagrado, no podía pensar en otra cosa, sólo necesitaba devolver algo de todo lo que los dioses les entregan a los hombres, sólo pensaba en eso.

Aquella ceremonia consistía en entregar a cuatro sirvientes para que permanezcan trece días dentro del cenote sagrado, una estructura de piedra que rasgaba la piel sólo con palpar esas rocas, que se encontraba cerca de la pirámide de Kukulcán. Una vez dentro del cenote, los siervos debían realizar ofrendas continuamente para el dios de la lluvia, que se encontraba dentro del santuario. Durante los trece días debían entregarse los siervos, para que Chaac pueda traer de vuelta la lluvia al poblado.

Maaq ansiaba tanto la lluvia, a veces creía que no recordaba cómo se sentía el agua del cielo sobre su rostro.

El sacerdote guió con las manos secas a los cuatro hombres hacia dentro del cenote. Una piedra colosal se cerró tras ellos. Maaq divisó un hilo de luz por una pequeña grieta, pero sólo por unos minutos.

Chichén Itzá parecía un recuerdo silencioso para los hombres encerrados en las rocas. Los cuatro comenzaron a hablarse para organizar los rituales del día. En el aire, únicamente, flotaba la idea de servir, servir a sus dioses, no había nada más.
En la estructura había innumerables figuras talladas en piedra, guardas indígenas, rostros, símbolos, soles; pero el más imponente era el rasgo fijado a la roca de Chaac, y la lluvia cristalina, detrás. Había enormes fuentes con frutas, alimentos de trigo, suficiente agua, ornamentas de oro. El cubo donde los hombres pasarían sus últimos días estaba levemente alumbrado por ocho antorchas que teñían el aire de un cálido tenor dorado.

Pasaron días. Maaq creía que faltaban horas para su concluyente ofrenda. No quedaban alimentos. Los cuatro hombres habían conversado lo suficiente como para organizar una cadena de rezos diarios, y para administrarse el último sorbo de agua.

El primer hombre que había ingresado al hogar de piedra se encontraba casi perdido, miró con ojos débiles a la figura de Chaac, y se durmió sobre una roca triangular. El día anterior habían iniciado también su paso a las otras tierras los otros dos hombres que lo acompañaban. Maaq estaba solo, y extrañamente no tenía hambre o sed. Maaq sólo pensaba en su dios. En su ofrenda.

Desligó sus fuerzas y se acurrucó cerca de la última antorcha que continuaba entregando un airoso calor dorado. Durmió algunas horas. No sabría decir cuánto, pues no podían medir el tiempo en aquel cubo de piedra de Chichén Itzá. Oró algunas horas, y volvió a dormirse. No tenía hambre. No sentía frío. Lo único que podía percibir era su irremediable soledad. Luego pensó que no podría durar más de otro día sin alimentos ni agua, se tranquilizó un momento. Pensó cuándo iba a morir. Pero no podía preguntárselo a nadie.

La antorcha sucumbió antes de que despertase.

Pasaron incontables horas, nunca pudo saber cuántas. No había luz ni hombres ni nada. Maaq se sentía realmente solo y desesperado. No podía pensar si quiera en su dios, en Chaac, no podía dejar de imaginarse cuándo llegaría su muerte. Maaq no podía suicidarse si no era mediante la orden de su sacerdote. El suicidio egoísta no era una ofrenda aceptada por los dioses, y él era fiel a su religión. Maaq quería morir en manos de la sagrada naturaleza, pero no podía morir de hambre o de sed, pues no sentía alguna de estas necesidades.

Otros días. Diez, cien, mil días pasaron quizás, y Maaq no podía ocultar la necesidad de hablar con alguien. Hablaba con Chaac, pero no podía entablar cualquier tipo de charla, Chaac era su dios, no podía molestarlo con banales caprichos de un hombre que no tolera su silenciosa agonía.

Maaq no moría, pero de todas formas no podía concretar su vida, no era nada. Alzó la vista hacia algún oscuro rincón y lágrimas cayeron por su piel de color del tabaco quemado. Se dijo a si mismo: ¿Cuándo?

Solo. En la oscuridad. Sin tiempo. Un cubo petrificado inmóvil del cual no podría salir nunca. Sin alimentos pero sin hambre. Sin diálogos. Sin muerte. Pensó que quizás no tendría fin su existencia. Pero cómo no podía tener fin, si era simplemente un desechable sirviente.

DSC02723.JPG
La tristeza había invadido a Maaq. Su promesa no había sido cumplida, hacía varios días que no realizaba ofrendas a su dios, no oraba lo suficiente. Sólo pensaba en su muerte. Sólo quería morir. Caminó rozando las paredes con los dedos lastimados, golpeó su rostro contra la roca. Lloraba, Maaq no lloraba por miedo o temor, su llanto era un desesperado grito de ayuda.

Hubiera querido que el templo se derrumbara sobre su cuerpo y acabase con tanto sufrimiento. Inmutable oscuridad se apoderaba de su existencia, hasta que en algún punto del irreconocible espacio temporal, divisó otra vez, aquella grieta dorada que había visto hace tiempo por donde se escurría la luz solar. Esa línea brillante y minúscula que le devolvió el pensamiento a Maaq. Miró el rasgo luminoso durante muchas horas. Sólo observó aquel casi inexistente pedazo de vida. Luz.

Colocó su magullado rostro sobre la grieta. Parpadeó cegado por el brillo. Permaneció sentado en la roca por horas, quizás era un sueño, quizás Maaq estaba delirando por no haber comido por tanto tiempo, quizás ya estaba muriendo, pero eso no importaba.

Sólo se sentó rígido frente a la luz. Se quedó allí atravesando al tiempo, quieto, hasta que sucedió el acto razonable.

Imágenes tomadas en Chichén Itzá, 2005: Quizá, la primera imagen parezca contradictoria con el relato porque se ve mucha vegetación. Pero, ahora, es así.
La segunda muestra una roca interior por la que, por el musgo que se observa, entra el agua.
Nada es tan real. Nada es tan ficcional.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 22 de Septiembre de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 09:47 AM | Palabras: [ 1080 ]
Archivado en: [ Trabajos de los alumnos ]
Enlace permanente | Comentarios (1)

Comentarios

Excelente texto, realmente brillante. Es uno de los que más me gusto hasta ahora. Muy bien llevada la historia, y el final, ni hablar.
Se nota la influencia de un sociólogo francés, me parece que un tal Emile Durkheim, en el fragmento que habla del "suicidio egoista". Jaja.
Me extraña que los comentaristas estelares no hayan leído todavía este texto, por mi parte se los recomiendo.
¡Y a seguir comentando!
Saludos.
Seba.

Publicado por: Sebastián Bonifacino Septiembre 24, 2008 1:29 AM
Publicar un comentario









¿Recordar información personal?



Negrita Itálica Subrayada Blockquote Enlaces email


Atención: Para poder enviar un comentario, deberá ingresar el código que aparece en la imagen y luego oprimir el botón Publicar.






Optimizado para 800 x 600
Navegador Mozilla Firefox
Get Firefox!

Desarrollado por:
logo-adm.gif

Con la colaboración de:
logo88x25.gif

Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
Riobamba 250 bis C.U.R.
S2000EKF Rosario - Tel. (0341) 480-8520