Memorias de la lectura 29
AGUSTINA MASSELLO
Podría comenzar relatando varias experiencias en las que me encontré muy cerca con la literatura –por suerte tengo muchas para contar- tengo el hábito casi, de convertir cada nueva concurrencia con algún libro o texto en especial, en una especie de anécdota para narrar, o por lo menos para recordarme a mí misma. Pero, aun así, voy a referirme a una situación en particular.
Hace un tiempo, yo me encontraba cursando la secundaria en un Colegio de Pergamino que tenía un campo de deportes enorme, mucho verde. Mis jornadas escolares se resumían en lo que podría contar como una adolescente caprichosa que lo único que la incentivaba a concurrir a clases era, sentarse al lado de la ventana todas las mañanas, admirar el paisaje, y enclaustrarse entre los libros que llevaba para el transcurso diurno. Únicamente quería situarme en el último banco, de la última fila, para comenzar la lectura que había decidido para ese tránsito escolar.
Yo siempre fui bastante azarosa en lo que concierne a la literatura. No me satisfacía leer –durante la secundaria- a Sor Juana de La Cruz, las lecturas de autoayuda religiosas que me daban de tarea, o los fragmentos históricos sobre la conquista de América. Es cierto, yo entendía que, con mi especial amor por el lenguaje, era substancial leer mucho, sobre todo si no iba a interesarme luego, tenía que saber en un principio de qué se trataba para luego afirmar que no me había gustado el discurso en particular; pero esas lecturas específicamente, no me llenaban, no me alcanzaban.
Era una lectora algo exigente, las mañanas de biología me las pasaba riéndome cómplice del cinismo de Jean Paul Sartre en “El Diablo y Dios”; recluía mis recreos con textos de Michael Onfray; desmenuzaba emocionada a Ken Kessey, o anunciaba eufórica la genialidad y la locura de Cervantes en “El Quijote”. En el curso mis compañeros pensaban que era extraño, que era anómalo que alguien le gustara leer tanto y que nombrara más de un autor que no haya estado en el programa de estudio de Lengua y Literatura III. Eso realmente me incomodaba. Algo tan natural como leer…
En fin, cierto día vi pasar por frente a mis ojos, un libro de tapa blanda, verde manzana, con letras negras. Lo recuerdo perfectamente, arqueado y con las puntas curvas. El libro estaba recorriendo las manos del resto de los alumnos y yo actuaba como inmutada, hasta que una amiga - quien tiene especial sensibilidad por comprender mis afecciones antes que cualquier otra persona- me acercó el volumen. Me dijo, casi en silencio: “Mirá la página 177”. Accedí, porque ineludiblemente a mi ser no puedo rehusar una oferta literaria, y encontré un soneto que se llamaba “Doble invención”.
El libro en cuestión, era “Salvo el crepúsculo” de Julio Cortázar. Yo ya había leído al autor, había leído cuentos y poemas suyos; pero esos versos eran desconocidos para mí.
Leí incontables veces el poema.
Lo releí.
Volví a releerlo.
Durante casi una semana, ese poema sondó mi cerebro como un eco permanente. Pensé que era una de las cosas más hermosas que fuera a leer alguna vez –con el transcurso del tiempo volví a encontrarme con algún otro “texto más hermoso que leí en mi vida”, pero esa es otra historia.
En conclusión; es, hasta el día de hoy, que ese fragmento sigue adherido a una pared de mi habitación, surcado ya, por haber sido observado tantas veces, con el número 177 sobre el título, y una sensación de agradecimiento y deuda a esa persona, por haberme acercado semejante trozo de sentimiento.
Editado por Anahí Lovato a las 12:25 AM | Palabras: [ 598 ]
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