Memorias de la lectura 3
LAURA HINTZE*
Aprovecho este espacio para dar un consejo a los padres y a aquellos que se atreven a recomendar libros o a hablar acerca de ellos: nunca le digan a alguien “no leas esto, es muy complicado para vos” así como tampoco comentan el error de obligar a leer cierta historia porque “te encantó”. Las experiencias de mi corta vida pueden justificar estas afirmaciones.
Hija de padres, según mi tío no tan tío Roberto (pero esa es otra historia), intelectuales, me enfrenté toda mi vida a las enormes bibliotecas que estaban en mi casa. Muchas veces las ataqué ganando un libro que me apasione, muchas otras las ataqué ganando un lindo lío de conceptos en mi cabeza.
Antes de comenzar a relatar quiero darme lugar a una explicación. Sé que probablemente caracterice a mis papás como unos ogros que no confían en las competencias intelectuales de su hija. ¡No es así en realidad! Es al contrario, ¿pero explicar todo eso? Mejor no. Es mejor leer este relato sabiendo que en realidad mis papás han apoyado cualquier tipo de lectura y que los que cuento son hechos aislados, sumamente aislados en tantos años de lectura. Sólo quiero dar un consejo a quienes se atreven a aconsejar libros.
Sucede así mi primer hecho a relatar. Tenía aproximadamente doce, trece años, cuando buscando algún libro dentro de dicha biblioteca gigante, me encontré con “La historia de la filosofía”, decía por ahí que era Marxista, pero qué sabía yo. Lo empecé a leer y me encantó. ¡Y lo entendía! Cometí el error de contarle a mi papá y de preguntarle quién era el famoso Marx. “Es muy complicado Laurita, capaz no lo vas a entender”, me contestó. Inhibida, dejé de entender todo lo que había leído, dejé por lo tanto el libro, y aún no me animo a tocarlo (siendo que ya conozco demasiado a Marx)
¿No queda claro para los lectores lo que quiero decir con “nunca le digas a alguien que no lea esto o aquello”? Relato entonces, un segundo hecho, para afianzar mi idea. Algunos años después, no sé, cuando tenía catorce o quince, fuimos de vacaciones y entramos a una librería. Descubrí Rayuela, y lo quise llevar. “Te lo compramos”, dijeron mis papás. “Pero mirá que es muy complicado, te vas a volver loca. ¿No te parece mucho para las vacaciones?” Y etcétera de pensamientos que tenían y me dijeron. Yo pensaba en silencio en cuando mi mamá me regaló “Cuentos de locura, de amor y de muerte”, de Horacio Quiroga, y tenía once años.
Me asustaron una vez más. Dejé Rayuela, y, si no me equivoco, fue en esas vacaciones que leí Cien Años de Soledad. Y comienza acá el relato de mi tercer, y último hecho. Encontré, como decía, Cien Años de Soledad. “Te va a encantar, Lau”, dijo mi papá. “Leelo Lau”, dijo mi mamá al rato. Y la persecución para que Laura lea el libro comenzó hasta que Laura lo agarró y lo leyó. Debo admitir: al principio no me gustó. ¿Pero cómo decirles eso a mis papás, que estaban tan entusiasmados con que su hija lea semejante historia? Entonces seguí leyendo. Hasta que me atrapó y enamoró. Sí, mis papás en este caso hicieron un buen trabajo.
Sigo, igualmente sin recomendar esa obsesión por hacer leer a alguien, pero a veces vale la pena. Espero que mi consejo y/o advertencia y/o afirmación (o como el lector quiera tomarlo), que iba a extenderse a nomás de un párrafo y me retiraba, quede claro. Ante cualquier duda, piense en mí y en las historias que conté.
* Laura Hintze. Comisión 2. Rosarina. El trabajo pertenece al práctico Memorias de lectura.
Editado por María Elena Sánchez a las 11:48 AM | Palabras: [ 613 ]
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