Memorias de la lectura 9
MARINA MONTIVERO*
Mi mamá siempre sostuvo que la mejor manera de aprender era leyendo. Así, como se podría imaginar, desde muy chica conviví con libros… en cantidad y variedad. Libritos infantiles que heredé de mis viejos, enciclopedias de todo tipo, novelas de la más variada cantidad de autores y, como para completar, revistas a rabiar llenan cada uno de los estantes de la biblioteca de mi casa desde que tengo memoria.
A pesar de la cantidad monstruosa de páginas que tenía para leer, de chica era un poco vaga y otro poco inquieta como para sentarme y quedarme quietecita leyendo. De todas maneras, a pesar de que no me apasionaba leer, disfrutaba muchísimo que me leyeran, o simplemente me contaran alguna historia improvisada, costumbre neta de mi familia paterna.
No podría decir exactamente cuántos años tenía, ni cuál fue el primer libro que leí pero, acudiendo a mi memoria, podría decir que tenía ocho años (aproximados) cuando recuerdo haber encontrado en la casa de mi abuela, entre una pila enorme, un librito que me llamó la atención. Valla a saber uno por qué, lo aparté y me lo llevé a mi casa. De esta manera, “Libro de cabecera” de Pipo Pescador fue el primer libro que leí, por decisión propia y de la primera hasta a última página. Luego, recibí como regalo dos libritos de tapa dura de Elsa Bornemann que me atraparon más de una vez. A partir de estos, me metí con la poesía y fui armando mi pequeña biblioteca.
De repente, me di cuenta de que las poesías no estaban sólo en las páginas de libros de Becker o Benedetti. Empecé a prestarle atención a las letras de la música que mi mamá ponía y, aunque suene medio raro, me percaté de que había muchísima poesía por escuchar y leer. Serrat, Sabina y Aznar fueron el principio de una larga y variada lista de cantautores que, si empiezo a nombrar, ocuparía media página.
Ya pasados unos años de ojear rimas, incursioné por otro tipo de textos. Una de las tantas veces que revisaba la biblioteca, encontré un libro que se llamaba “Nunca más”. Claro… yo, con los 11 años que cargaba, no sabía demasiado de esa parte de la historia de mi país, pero mi mamá se encargó de contármelo todo. Fue como si me tiraran un vaso con agua congelada encima y, decidida a introducirme más en el tema, me propuse leer ese gran libro. “Mira que es medio crudo, Marinita” me anticipó, así y todo no me importó y le di para adelante igual. No me acuerdo hasta qué página llegué, pero nunca pude terminarlo. Cada vez que lo intenté lloré inevitablemente y, con lágrimas en los ojos, es imposible leer.
Me fui para las novelas y obras de teatro. Devoré varios libros de Sheldon, García Márquez y Casona, quienes hicieron que aumentara mi vicio hacia este tipo de textos.
Una de las últimas novelas que leí fue “La naranja mecánica” de Anthony Burgess y realmente es una de las que más me gustó. Creo que tiene mucho contenido para pensar y analizar; cada vez que lo releí, encontré algo nuevo en la lectura.
Las últimas vacaciones que me fui con mis viejos, me había llevado una novela de Sydney Sheldon para pasar el tiempo, pero a los tres días ya la había terminado. Me quedaban cuatro largos días así que me fui a la única librería del pueblito en donde estábamos. Escondido en una esquinita un tanto sucia, tuve un encuentro un tanto casual con Jean Paul Sartre. Había estudiado algunas cosas de su filosofía en la secundaria, pero no demasiado. Sólo sabía a duras penas quién era. Tomé ese ejemplar y me pasé los cuatro días restantes de mis vacaciones con “El existencialismo es un humanismo”, más que contenta con la elección.
Como se puede apreciar, a pesar de tener un comienzo vago con la lectura, terminé devorando libros como quien mira televisión a diario. Todavía me falta demasiado por leer, pero tengo mucho tiempo como para hacerlo.
*Marina Montivero. Comisión 2. Rosarina.
Editado por María Elena Sánchez a las 11:47 AM | Palabras: [ 682 ]
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