Túneles amigos, paredes no juzgadoras - Lucía Basabe

Una vida un tanto mediocre de 1930. Matilde se había convertido en una fiel devota, no por haber sentido la bendita pasión o clarividencia que algunos sienten sobre su destino, sino por una tradición familiar. Tranquila, obediente, lejos de sentir rencor o rebeldía por el destino que le habían impuesto y elegido, era querida y apreciada por su gran familia. Y otra familia no sanguínea, constituida por un grupo de monjas encargadas del funcionamiento de una sección del recientemente construido Hospital Centenario. Ella empezó a trabajar allí en 1923, cumplía estrictamente los horarios de su trabajo. Pero como suele suceder en los equilibrados esquemas de vidas así, una niña llegaría a su vida para destruir sus construcciones de tradiciones conservadoras.
El Hospital contaba con un túnel que traspasaba debajo de la calle que separaba las dos construcciones, ambas pertenecientes a la misma institución. Tenía cantidades increíbles de estantes con frascos que llenaban el ambiente de un hediondo aroma a órgano en proceso de descomposición. Por allí conducían camillas con enfermos, a quiénes trasladaban de un sitio a otro, o regularmente cadáveres que eran depositados en la morgue, que también se encontraba en el subsuelo. Esa era su función conocida, su función legal. Pero, además, se corría el rumor entre los pasillos del pabellón que en extrañas horas de la noche, (las monjas dormían allí) el túnel auspiciaba pecaminosos encuentros entre médicos y jóvenes monjas. Y esto no fue ninguna creación chismosa.
Matilde comenzó a los pocos años de su ingreso, a sentir un extraño sentimiento nunca antes experimentado, por uno de los médicos del plantel que trabajaba enfrente, en las labores de cirugía. No podía explicarse lo que le pasaba y rezaba todos los días un pésame por aquella corazonada, porque se imaginaba que estaba traicionando a su dios. A nadie quiso confiarle su secreto, que pronto elucidó: era amor.
Tuvo la gracia, o la desgracia de acuerdo al punto que se quiera considerar, de que su primera pasión fue correspondida. Empezó como una inocente amistad, hablaban todos los días de asuntos sobre los pacientes pero con miradas y sonrisas reveladoras de un creciente deseo.
Su crucial afrenta, tuvo lugar una madrugada por una inesperada coincidencia o que, probablemente, no lo haya sido. Él examinaba exhausto en la morgue un niño fallecido esa misma noche; ella desvelada recorría, sin una absoluta conciencia, el hospital en penumbras. Descendió hacía el túnel, en busca de alimentar su imaginación acerca de un fascinante encuentro con su amado. Pero nunca pudo ser imaginación, entre los frascos y estantes sintió un brutal grito eufórico que la aterrorizó. Con pisadas silenciosas se dirigió hacía la morgue y, atrevidamente, espió por una ventana.
No lo podían creer, estaban ahí solos por primera vez, ella con un camisón blanco que relucía la finura de sus piernas delgadas, él desprovisto de su camiseta de trabajo, tan solo con un pantalón celeste y un sudor hijo de su gran impotencia por la muerte de aquel niño. Hablaron por horas, y la primera caricia fue inevitable.
Se dirigieron hacía el túnel, la oscuridad era excitante e inocente, la sintieron como una tierna madre incapaz de juzgarlos… el amor los penetró y se fusionaron como en un sueño.
Decepción, angustia, llantos. Reclamos. Hipocresía. La despidieron. El tiempo pasó y a pesar de que él le ofreció abortar el feto como, se supo después, todas las otras monjas lo habían hecho, ella no pudo. Enfrentó a sus familias durante años, le obligaban que regale la niña y vuelva a sus hábitos. Y las monjas le decían que debía cambiarse a otra institución y continuar con su promesa religiosa. Pero no era su deseo, al fin, podía verlo. Se descubrió en esos sórdidos años.
Durante décadas, sufrió el rechazo, los malos tratos, ser el tema central de millares de conversaciones, ya que en esa época la ciudad de Rosario contaba con tan solo unos pocos habitantes. Su pecado se difundió por los lugares más inesperados. Su historia se hizo pública, un mito, una leyenda de lo que no debía hacerse, de lo indecoroso, de lo indiscreto.
En esa época, logró encontrar refugio a su difamación, escondiéndose en otros túneles, que habían sido construidos alrededor del puerto. Los túneles y el amor a su amado y a su niña constituyeron su salvación. Se escondía durante tardes enteras en ellos, ya que no eran bien conocidos, y su utilización era regular, siempre correspondía a determinadas horas fijas. Así conoció otro mundo, consiguió amistades con los comerciantes del puerto y sirvientes del ferrocarril. Obtuvo, con el tiempo, un empleo en una de las oficinas del ferrocarril y siempre se encargaba de cualquier compañero lastimado, o algún herido por las cargas que solían realizarse de fierros y elementos cortantes. Su familia con los años volvió a aceptarla, pero el estigma de esa época y todo el dolor que de aquella historia brotaba solo era calmado por las silenciosas y no juzgadoras paredes de los túneles subterráneos.
Editado por María Elena Sánchez a las 08:53 PM | Palabras: [ 830 ]
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