El padre Navarro - Javier Gerez


El padre Navarro contemplaba admirado y emocionado la escena. Casi incrédulo quizás. Sabía que era testigo de un momento histórico en la vida de la naciente patria. Solo tres años habían pasado desde su llegada al poblado del Rosario. Bajo su conducción de la parroquia, el lugar y su población habían crecido bastante.

Veinte días habían transcurrido desde la llegada del general Belgrano y su imponente ejército. El poblado era tranquilo y pocas veces había sido testigo de movimientos similares.

El padre Navarro había adherido a la Primera Junta de gobierno de 1810 y estaba al tanto de todo el movimiento revolucionario. En Buenos Aires sabían que contaban con el apoyo de este fiel sacerdote. Conociendo la lealtad de Navarro, Belgrano había decidido entrar en Rosario y erigir estratégicamente dos baterías a orillas del Paraná para contener al invasor realista. El lugar era bien considerado por el gobierno criollo, no solo por sus laboriosos habitantes, sino también por su poderosa protectora, la Virgen del Rosario, de la que el general era muy devoto.
En los días posteriores, los casi mil rosarinos y el padre Navarro, colaboraron con el ejército nacional en la construcción de las dos baterías que servirían de defensa. Pero la gran sorpresa para los rosarinos fue la idea que les comunicó Belgrano lleno de emoción. Este sitio era el elegido para ver flamear por primera vez la bandera de la naciente patria.

El general estaba agradecido por la hospitalidad del lugar y confiaba en que bajo la protección de la Patrona Virgen María los planes de libertad estaban asegurados. Por eso mismo, el 27 de febrero, al frente del sereno Paraná y con los casi mil habitantes y el ejército de testigos, se enarboló por primera vez el glorioso paño celeste y blanco. El padre no salía de su admiración mientras bendecía aquella primer bandera. La bandera que luego sin saber habría de defender también junto al General San Martín.

La emoción lo invadió en los meses siguientes y no lo dejaba vivir. Sabía que la patria también necesitaba de su colaboración directa. Sabía que muchos daban su vida todos los días en nombre de la libertad. Sabía que su amado poblado del Rosario dependía de esa libertad también. Su ministerio lo obligaba a luchar por la dignidad de los suyos. Y fue así que un año después y sin futuro incierto se unió como voluntario a las filas del general San Martín.

Nunca más escuchamos hablar del valiente padre Navarro. Yo recuerdo con mucho cariño todo lo que nos enseñó. Nuestra tierra rosarina nunca olvidará a aquel cura que bendijo nuestra primer bandera nacional.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 24 de Febrero de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 09:53 AM | Palabras: [ 437 ]
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