Futuro incierto - Jaquelina Bertaina


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Comenzaba el mes de Febrero, hacía mucho calor y la mudanza de mi hijo a la ciudad para comenzar sus estudios ya era un hecho. Buscar el departamento, la garantía, los muebles, la pintura, el electricista, el plomero, trasladar todo desde un pueblo del interior; forman parte del gran tour estudiantil en el que se embarca toda la familia.

Pero... cuando quitamos el pie del acelerador nos asaltan los miedos, tantas preguntas sin respuesta y la impotencia de no poder torcer el rumbo. Me pregunto por qué tiene que ser así, por qué no hay centros de estudio en nuestra localidad o en alguna ciudad cercana con una oferta educativa que permita a nuestros hijos desarrollarse profesionalmente sin necesidad de alejarse de nosotros, su familia.

Si vivimos dieciocho años juntos, compartimos todo, los apoyamos y levantamos en cada caída; ¿por qué ahora tenemos que darles el certificado de adultez entre diciembre y marzo para lanzarlos a la gran ciudad?

Es una cuenta regresiva que inexorablemente llega a cero. De la noche a la mañana un día de otoño me desperté y descubrí que todo había cambiado. Una cama vacía, un desayuno menos, un lugar que nadie ocupa y un uniforme que quedó colgado en el placard. Un perfume que da vueltas por la casa trayendo a mi mente tantos momentos compartidos y es entonces cuando advierto que mi familia se va desgranando lentamente.

Este año se ha ido él, el próximo lo harán otros. Parece que nadie repara en este hecho. Todos hablan de la importancia de la familia que aporta solidez en el plano afectivo, en el social pero la bombardean despiadadamente y nos cuesta sostenerla moral y económicamente. Cuento los días para que llegue el viernes pero el fin de semana pasa tan rápido que el tiempo no nos alcanza para nada. Cuantas cosas que no sé de él, de su vida lejos de nosotros.

¿Es que nadie piensa hacer nada? ¿Las autoridades no tienen hijos o están tan ocupados que no tienen tiempo para su familia? Muchos de los jóvenes que se van logran establecerse definitivamente en la gran ciudad que los absorbe y atrapa. Allá trabajan, estudian y se relacionan. Vienen cada vez menos y sin tiempo. De a poco vamos perdiendo el capital humano y el laboral. Las fuentes de trabajo se reducen notablemente. Hoy no tenemos un médico obstetra, un anestesista, un radiólogo. No hay personal idóneo que sepa operar instrumental sofisticado para estudios de alta complejidad como tantas otras áreas que no están cubiertas y llenarían una extensa lista de necesidades.

Mientras ordeno su habitación tan solitaria, callada, tranquila pienso que mi hijo, el de mi vecina o los de mis amigas podrían ocupar esos puestos vacantes en condiciones dignas y cerca de los seres queridos. O al menos que se les brinde la oportunidad de elegir ya que actualmente la única alternativa es irse, para crecer, para progresar, en soledad...

Sorpresivamente suena el teléfono, por un instante me había olvidado que hoy es viernes y mi hijo me avisa que está llegando para que lo vaya a buscar a la terminal. Me seco una lágrima que corre por mi cara y salgo a su encuentro. Otra vez la historia vuelve a comenzar...

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 22 de Febrero de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 05:45 PM | Palabras: [ 540 ]
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