El sueño de un pez - Luisina Gasparutti


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Una vez le dije a mi papá que quería ser un Surubí, para nadar por el Paraná y vivir siempre cerca de las islas, aquí en Reconquista. Pero él me contestó que no me convenía, que el tío Jorge me iba a terminar pescando con alguna morena y me iba a cocinar a la parrilla. O, en el mejor de los casos, algún pescador me cambiaría por el premio del Concurso. Se reía a carcajadas, pero a mí no me pareció gracioso.

Y la verdad que muchas veces pensé que hubiera sido lindo ser un Surubí, aún después de convertirme yo mismo en pescador. Claro que para ese momento yo ya tenía 14 años, y me había sobrado el tiempo para hacerme ilusiones. De todos modos, la adolescencia y el trabajo, que para mí era lo mismo en aquellos años, me enseñaron que ser pez no tiene tantas ventajas como ser hombre. Pero en cuantito me convencía de eso, ya aparecía alguien para romper la barrera que yo le ponía a mi sueño imposible. Anahí dijo una vez que el Surubí debía de ser el pez más sabio y más viejo del río, con esa piel gris llena de pecas oscuras y unos bigotes largos. Y por supuesto que si ella lo decía, seguramente era verdad.

Anahí es mi prima mayor. O hermana, si se quiere. Da lo mismo. Lo que pasa es que cuando yo era pequeño ella vino a vivir a mi casa, porque a su papá se lo llevó la corriente y su mamá decidió viajar bien lejos. En realidad, la tía Norma la abandonó para irse con un señor de Goya, que queda acá nomás, cruzando el río en balsa. Sin embargo, mi prima dice que queda lejos para no tener que ir nunca. Cuando pienso en eso me parece una historia muy triste, pero por suerte Anahí consiguió una familia nueva y cuatro hermanos menores. Tal vez, por eso, es tan generosa mi prima, pues dicen que los hijos únicos son egoístas porque nunca tuvieron que compartir. Acá en el barrio del Puerto la gente no es así. De chicos éramos todos muy amigos, aunque por ahí nos peleábamos cuando íbamos a jugar a la pelota. Y si alguno no tenía hermanos no te dabas cuenta, porque los conseguía en otra familia, como le pasó a mi prima Anahí.

Así fue que nos criamos los cuatro hermanos varones con la chica mayor, que nos mandoneaba a todos como si fuera nuestra mamá. Pero no era mala, tenía alma de madre y nos cuidaba por todo lo que su mamá no la cuidó a ella. Mi vieja decía que era su nena preferida y el Eze se ponía requete celoso. Mi hermano era chiquito todavía, y no se daba cuenta de que mamá lo decía en broma, que Anahí era la única nena de la casa. Era ingenuo el pobrecito, pero después cambió. De grande estudió en la Escuela Industrial de Reconquista. Mi barrio queda a 14 kilómetros del centro de la ciudad, pero un amigo de mi papá, fletero, lo llevaba en la chata al Eze a criar la cabeza.

De tal manera fue la adolescencia del más chiquito, pero los otros tres no éramos muy de los libros y todo eso; sólo nos gustaba la isla y la pesca. Por eso es que, de grande, Ezequiel terminó siendo Maestro Mayor de Obras y el resto de los hermanos se dedicó al río. Todos los días, con mi papá, Gabriel y Darío agarrábamos la canoa, las cañas, redes, líneas, lombrices y todo lo que teníamos para pescar y nos íbamos río adentro para volver antes del mediodía. A veces traíamos muchos pescados, otras veces agarrábamos todos chicos, así que había que devolverlos al agua. De jovencitos estábamos mejor que cuando éramos chicos, porque entonces podíamos ya trabajar para la familia y así ayudar a mis papás a mantenernos.

Por otro lado, mi mamá era panadera de vocación. En la juventud había llegado a trabajar en la Cooperativa de Avellaneda, pero le quedaba muy lejos del Puerto y no quería irse a vivir a la ciudad. Por eso fue que empezó a trabajar en la casa de mis abuelos, allá por el ’82, cuando nació Darío, mi hermano más grande. Cargando su panza, que parecía que iba a explotar, amasaba el pan cada mañana. Por supuesto que no tenía ninguna máquina que la ayude, pero con los utensilios que tenía en casa ella se arreglaba. Mi papá, cuando iba a vender los pescados a la ciudad, compraba lo que ella necesitaba y le traía unas bolsas de harina enormes que conseguía mucho más baratas. Mamá le vendía el pan a todo el barrio y los días de lluvia hacía unas tortas fritas espectaculares, las mejores que probé en mi vida. Así fue que se hizo su propia panadería, la cual fue creciendo con el tiempo y donde entró a trabajar Anahí cuando vino a vivir con nosotros. Además, todos los domingos, mis hermanos y yo llenábamos unas canastas con tortas fritas, churros, pan casero y medialunas y salíamos a vendérselos a los visitantes que venían de la ciudad. En esas ocasiones, Anahí nos hacía poner camisa y calzados limpios para que vendamos más.

-Sean amables y sonrían a la gente- nos decía. Con el tiempo me di cuenta de que tenía razón, así que lo empecé a tener en cuenta siempre que intenté conseguir algo.

Por esto digo que mi adolescencia -y hasta mi niñez- fue trabajo. Así nos criaron mis viejos, laburadores de sol a sol, siempre rebuscándoselas para que comamos bien y vayamos a la escuela. A pesar de llegar con las monedas justas, mi papá no dejaba de ir a la cantina El Remo con el tío Jorge, su hermano y otros amigos, inclusive el del flete. Volvían haciendo diez metros en una hora, tambaleándose y sosteniéndose más o menos entre ellos, matándose de risa y diciendo pavadas por las calles del barrio. Más de una vez mi mamá nos mandó a buscarlo, pero cada vez que lo íbamos a retirar papá ya se había tomado hasta la molestia y no reconocía ni a sus propios hijos. Lo traíamos entre los tres mayores lo más rápido posible, antes de que todos nos vean, pero igualmente había muchos como él, así que pasaba casi desapercibido. La que sí lo notaba, y muy bien, era mi mamá. Ella lloraba cada noche por el estado en que volvía mi viejo, y a mí me ponía tan triste que iba hasta ella y la abrazaba muy fuerte diciéndole al oído:

-Va a ser la última vez, mami. Te prometo que no voy a dejar que vaya nunca más.

Entonces ella se ponía más triste aún, asintiendo resignada con la cabeza y hamacándome sobre su pecho.

Hay algunos que creen que cierta gente tiene el destino fijo, que no va a poder salir de la situación donde está y que nunca nada podrá cambiar para ellos. Creo que mi historia es una clara evidencia de que esa opinión no es una regla de la naturaleza, y que uno siempre tiene la posibilidad de elegir su propio destino.

Una tarde calurosa de febrero salimos con Darío hacia el lado de El Correntoso a buscar leña para mi mamá. Yo tenía 17 años y él acababa de cumplir 24. Ya contábamos con suficiente fuerza para traer varios troncos, pero de todos modos la carretilla nos daba una mano.
Mientras caminábamos alejándonos de las casas, vimos algo que nos llamó la atención. Había algunas máquinas -esas de construcción-, señores de camisa y lentes, serios, algunos con bigotes y papeles en las manos, señalando diferentes zonas del terreno a manera de explicación. A los de ese grupito se los veía compenetrados en el trabajo. Después había otros más dispersos charlando y riéndose entre ellos, recorriendo la zona, u observando sin emitir sonido. Las máquinas se movían de un lado a otro removiendo un poco de tierra pero sin hacer mucho.

Cuando pasamos cerca de uno de los obreros, quien estaba mirando al suelo como si éste tuviera algún acertijo al cual responder, el hombre levantó la cabeza y nos saludó. Mi hermano, que es medio tímido, le devolvió el saludo con un gesto simple, pero yo no podía quedarme con la intriga.

-¿Qué están haciendo?- le pregunté al tipo de musculosa y gorra azul.

-Están con el planeamiento. Ahora, en unos días, vamos a empezar a construir.

Inmediatamente adiviné de qué se trataba. El año anterior, aún antes de mi cumpleaños, que es en agosto, mi papá había llegado de la ciudad y contó que iban a construir en el barrio. Dijo que era un Puerto Deportivo, una zona para los deportes de río que iba a ayudar a conservar la naturaleza del lugar. En realidad nadie entendía bien de qué se trataba en ese momento, pero a partir del comienzo de la construcción fuimos conociendo más sobre el asunto.

Durante el 2006 se vio un gran movimiento de gente y maquinaria en ese lugar. Camiones que venían y se iban cada día, unos bichos metálicos enormes, hombres con cascos amarillos moviendo tierra de aquí para allá, camionetas con hombres que inspeccionaban el trabajo, botellas de gaseosa, montones de piedras, cemento y arena. Bien temprano a la mañana y por la tardecita, Anahí llevaba una canasta de facturas para vender en la obra y alguno de los varones la acompañaba porque mi papá era muy desconfiado. Y nosotros cuatro también. Una vez, Gabriel casi se agarra a las trompadas con uno de los obreros porque le había gritado un piropo a mi prima. Pero todos los obreros son así, y si ella no hubiera querido que le gritaran cosas no habría ido con esas camisas abiertas que usaba con la excusa de los cuarenta grados centígrados.

La construcción siguió al año siguiente y yo continuaba paseando por el lugar para charlar con los trabajadores, porque el tema me interesaba. Asimismo, mi hermano menor iba día por medio, cuando no tenía clase. Estaba más entusiasmado que todos los trabajadores juntos, hablaba con los obreros, los ingenieros, los del camión de cemento y después nos contaba los últimos avances con un vocabulario que él sabía que no entenderíamos. Gabriel se enojaba porque decía que Ezequiel lo hacía a propósito, pudiendo explicarnos de manera simple la complicaba para que nos sintamos menos inteligentes que él. En parte tenía razón mi hermano mayor, pero no creo que el Eze haya tenido malas intenciones. Sólo se estaba dejando llevar por el entusiasmo. De todas formas, siempre se armaban discusiones en torno a ese tema, por lo que mi papá tenía que ponerse a gritar en medio de la cena y terminar mandando a alguno de los dos al dormitorio.

Gabriel también estaba entusiasmado con el proyecto del Puerto Deportivo, pero no decía nada con tal de no darle la razón al más chico. De vez en cuando me decía que él era, de nosotros, el que más pescados sacaba del río y nunca se agrandó por eso. Era cierto, pero yo siempre traté de calmar las aguas entre ellos y no darle manija a ninguno.

Sin embargo, mis intentos de mantener la paz entre los hermanos fueron en vano cuando a mi prima se le descubrió una aventura amorosa, “inaceptable” según Gabriel. Una tarde yo estaba guardando las herramientas de pesca mientras mi papá estaba en la ciudad vendiendo la mercadería y mi mamá atendía sola el negocio. En un momento empecé a escuchar ruidos de la calle y me asomé por la ventana de la cocina. Las voces eran inconfundibles, así que tiré las redes al piso y salí corriendo por la puerta de chapa.

-¡¿No te das cuenta de que te está usando?!- gritaba Gabriel como si le estuviera hablando con alguien a dos cuadras de distancia.

-Callate, no te metas en lo que no te importa- contestó mi prima intentando quitarse la mano de Gabi, quien la sujetaba de un brazo-. Ya soy grande y sé lo que hago.

Ni bien llegué hasta ellos traté de separarlos, pero siguieron discutiendo y poco a poco fueron asomándose de a uno los vecinos, quienes, chismosos, nos señalaban y cuchicheaban tapándose la boca. Él le dijo de todo, menos que era linda, y ella lloraba a más no poder, intentando mantener la calma y limpiándose la cara con la manga de la camisa. Después de unos minutos, agarré la canasta de Anahí, la tomé del brazo y la llevé de prisa a la casa. Gabriel nos siguió entre insultos a mi prima y a los espectadores, mientras éstos iban volviendo a sus ritmos normales.

Ese día mi casa fue un caos. Mamá tuvo que cerrar la panadería a las cinco y obligar a mi hermano a que se quede en su cuarto y deje de maltratar a Anahí. Después nos hizo prometer que no le diríamos nada a papá, porque se pondría más furioso que Gabriel.

Ya era de noche cuando llegó Ezequiel de la escuela, y al quedarnos solos en la cocina me preguntó qué le pasaba a nuestra prima. No se había creído, como papá, la versión de que lloraba porque se había resbalado en la panadería y le dolía mucho el brazo.

-Dale, Iván, contame. Además, Gabriel no comió con nosotros hoy. Él tiene algo que ver, ¿o no?

A esa altura ya no podía disimular más y le conté la verdad. Le dije que Anahí estaba saliendo con un chico de la construcción, a quien conoció cuando iba a vender facturas, y Gabriel la había descubierto.

-No lo entiendo a ese tipo, siempre haciéndose el que manda. No sé quién se cree que es.

De ese episodio ya pasaron muchos años, en los cuales también ocurrieron otros. Recuerdo, por ejemplo, la visita del gobernador, cuando todavía iban por las primeras etapas de construcción. Aquella vez habíamos ido los cinco hermanos, ya grandes pero con entusiasmo de nenes, a ver a esos señores que visitaban la obra. Estaban también el intendente y los secretarios involucrados en el proyecto. Mi mamá la mandó a Anahí con una canasta de medialunas para convidarles como cortesía de la panadería. Ellos le agradecieron sonrientes y mi prima se puso toda colorada.

También me acuerdo de cuando encendieron las luces del camino a El Correntoso por primera vez. Había bastante gente y entre ellos estábamos mi hermano menor y yo, y Ezequiel recibió unos caramelos de parte del intendente, a pesar de no ser un niño. Por supuesto, también fuimos a la inauguración del Puerto Deportivo, allá por principios del 2010. En ese momento yo tenía apenas 21 años y todavía vivía con los viejos y el menor. Anahí se terminó casando con el albañil que “la estaba usando”, y deambulaba por el barrio orgullosa, con su panza de siete meses. Iba a ser un varón. “Y pescador”, decía siempre mi viejo. Darío andaba con una vecina nuestra de toda la vida. No sé cómo habrá hecho para conquistarla, si nunca se animaba a hablarle a nadie, pero su papá también es pescador y muy amigo del mío. Creo que los dos viejos tuvieron algo que ver con ese noviazgo.

Gabriel ya tenía su propia casita, aunque seguía sin novia fija. Sin embargo, hasta hacía poco había una que le andaba reclamando el apellido para su hijo, hasta que apareció el verdadero padre y no la vimos más. El Gabi siempre tuvo muchas chicas, aunque yo no logro comprender cómo hace para controlar ese carácter intolerable delante de las mujeres.

Y yo… yo seguía solo. El amor se había demorado y estaba tardando bastante, pero no lo esperaba más. Si tenía que llegar, llegaría en su momento. ¡Ah! Me olvidaba: Ezequiel andaba de novio con una del centro, a quien conoció mediante un grupo de amigos de la escuela.

Desde cuarto año estaba con ella y, como a todo, se la tomaba en serio. Por supuesto, Gabriel no paraba de reírse y burlarse de él, pero yo siempre creo que decía eso porque a él no le duraba ninguna relación. En fin, nada cambió mucho en esos años. Papá y mamá seguían juntos y él se estaba quedando más en casa últimamente, en vez de ir a El Remo. Hasta la sacaba a pasear de vez en cuando y la llevaba de la mano, cual recién casados.

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El Puerto Deportivo tuvo un éxito aguardado por todos. Sobre todo la gente de Reconquista y zona venía con sus lanchas, motos acuáticas, botes y equipos de pesca a pasar el día o el fin de semana en carpa. Era como antes, pero a mayor escala.

Unos años más tarde el complejo ya había tomado una forma más completa. Había hoteles, cabañas, paradores, comedores, baños, piscinas, canchas de fútbol y un montón de servicios que miles de turistas de todo el país venían a ocupar. Mi hermano menor había sido uno de los que construyeron muchas de esas obras y ya se había consagrado como un gran Maestro Mayor de Obras. Él y mi cuñado trabajaban juntos en Reconquista y Avellaneda, donde se fueron ganando el lugar muy de a poco, antes de que mi hermano termine de recibirse.

Además, desde que Anahí se puso de novia con Javier, éste se hizo muy amigo de Ezequiel, a pesar de la diferencia de edad. Aquí aparece otra razón para que Gabriel discuta con su hermano pero, como ya era costumbre, nadie se preocupaba. Por otro lado, Gabi se acercó más a mí. Pescábamos juntos y a veces íbamos los dos solos. Darío estaba trabajando en el galpón de las lanchas, controlaba los alquileres, el estado de las máquinas, los motores. Había aprendido mucho en poco tiempo y como es muy responsable y cumplidor, don Alfredo lo contrató como empleado fijo. Además, mi papá ya estaba un poco viejo y se dedicaba más a comerciar los pescados. Con los hoteles en la zona, se había ampliado el mercado, así que seguía acompañándonos a pescar, pero ya no como antes.

En el 2013 mi viejo consiguió un lugar en el Parque del Puerto Deportivo para que mamá instale ahí su panadería. Nunca la vi tan contenta. Entre los hijos le regalamos un cartel para el negocio y a los dos meses de instalarse pudo cambiar las viejas máquinas que usaba para elaborar los panes y facturas. Anahí seguía trabajando como cuando tenía quince años y se dedicaba a las masas finas, que ofrecía a cualquier cliente que tenga acento raro.

Como era de esperar, ese octubre la actividad de todos los portuarios se multiplicó durante cuatro días. La gran fiesta del Concurso Argentino de Pesca del Surubí ya tenía lugar exclusivo, y había que prepararse para recibir a miles de personas. Ese mes mi familia se alteraba más que Gabriel en sus peores días; el mundo se daba vuelta. Nadie le tenía paciencia a nadie y no había indicios de que las cosas vayan a cambiar para esa oportunidad.

El que más sufría el escándalo era Francisco, el hijo mayor de Anahí, quien ya esperaba una nena.

El día anterior a la largada de las lanchas de los competidores, pasé por la panadería después de pescar y, con mi sobrinito de la mano, salimos a hacer unos mandados. Si no los hacíamos nosotros no los hacía nadie, pues todos estaban en la suya, trabajando sin descanso.

-¿A dónde vamos, tío?- me preguntó el nene.

-A llevarle algo de comer a la tía Camila.

Ella era la futura mujer de Ezequiel, su novia de toda la vida, quien estaba trabajando en el Museo Puerto Reconquista. Era una chica simpática -siempre lo fue-, y le gustaba que la visitáramos con Francisco.
-¿Se quedan?- nos invitó.

-Te lo dejo a Francisquito, yo me tengo que ir. Vine a dejarte unas facturas que te manda mi mamá.

Camila me agradeció la atención y me saludó como solía hacerlo, como si fuera mi hermana. Francisco me acercó la mano para saludarme como un hombre, y me fui.

Volví caminando tranquilo hacia la panadería. Como era de siesta y casi no había nadie en el parque, aproveché para ir al hotel al que mi papá le vendía los pescados. Se me ocurrió preguntarles sin necesitaban más, pues teníamos bastante en conserva. Entré a la cocina por la puesta de atrás, como siempre, y me encontré entre un montón de ollas, sartenes, bolsas de mercadería, heladeras y cocinas, envueltos por un fuerte olor a comida quemada. De pronto escuché un grito agudo, seguido de algunas maldiciones echadas al aire. Me quedé quieto en mi lugar, atento a cualquier pista audible sobre el origen de tanto bochinche. Detrás de una de las repisas se hallaba una mujer de estatura mediana, delgada, vestida con un delantal que pretendía ser blanco y con un gorrito en la cabeza, que dejaba escapar algunos rulos rebeldes.

Me acerqué a ella tratando de no asustarla, aunque resultó un intento fallido. Al darse vuelta pegó otro grito que casi me deja sordo; se quedó helada y luego comenzó a reírse estrepitosamente. Se llamaba Isabel, y tenía la sonrisa más brillante y sincera que vi en mi vida. Me preguntó quién era yo e intenté explicarle cortésmente, pero me interrumpía a cada rato, así que al final de la tarde recién pude terminar de responderle. El motivo de sus gritos había sido una quemadura en su boca, como consecuencia de no soplar la cucharada de salsa antes de probarla. A todo esto, no sólo le dolía la lengua sino que tenía todo el delantal manchado de salsa, la comida pasada de punto, la cocina totalmente desordenada y la paciencia agotada. Estaba rendida y decidida a tirar todo lo q había hecho. Era nueva en el equipo de cocineros del hotel, no tenía mucha experiencia y estaba sólo como ayudante, pero había decidido probar suerte con la salsa para superarse a sí misma. Como yo entiendo bastante del tema, a pesar de que hayan sido siempre las mujeres las cocineras en mi casa, me propuse ayudarla. Cocinamos un Dorado con alguna salsa de esas que preparaba mi mamá, o al menos un intento de ello que resultó bastante bueno. Hicimos sólo un poco, porque era para probar nada más. Servimos la comida en dos platos y almorzamos, yo por segunda vez.

Nunca voy a olvidar esa tarde. La pasé toda con ella, hablando de la vida mientras ordenábamos la cocina y limpiábamos un poco. Antes del anochecer decidí volver a casa, y al despedirme me preguntó:

-¿Vas a volver?

Por supuesto que sí, cómo no iba a volver. Y a partir de ese día nos vimos todas las veces que nos permitió el tiempo.

La fiesta del día siguiente fue impresionante. Un despliegue espectacular, mejor que en cualquier otro año, récord de lanchas, de piezas sacadas, de entusiasmo popular, de venta de panes. Todo fue un éxito, como nunca hubiéramos imaginado. Y yo ya no estaba solo, razón más que suficiente para que me haya parecido el mejor año del Concurso.

Ayer fui a pescar solo en mi canoa. Con el paso de los años, cada vez pesco menos y pienso más. Observando la tarde soleada del domingo desde mi bote, me preguntaba por qué habré sido yo tan afortunado. Familia, amigos, trabajo, salud. Y encima vivir allí, rodeado de agua y arena, árboles y tierra, a cielo abierto, sin límites más que el horizonte, libre de viajar por esas venas marrones tan ricas, tan abundantes. Y ya cansado, un poco viejo, un poco melancólico, me tiré en el fondo de mi cáscara de nuez a mirar las nubes suspendidas en lo alto. ¡Qué cosa maravillosa la vida! ¡Qué hermoso es vivir! Y ahí me quedé tirado algunas horas parpadeando lento, dejándome mecer por mi barca, permitiéndole a la brisa que seque mi sudor. Allí soñé que era un Surubí, uno muy grande que nadaba en los veriles del Paraná, entre esas islas. Al menos en los sueños, esas eran mis islas y ese era mi río.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 23 de Febrero de 2008
Editado por María Elena Sánchez a las 07:03 PM | Palabras: [ 4016 ]
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