Un edén casi terrenal
Por CARINA LABRUNA

Aturdido por el corralito en los bancos, la muchedumbre sigilosa vestida de desilusión, reunimos fuerzas para reclamar lo mínimo que ni siquiera llegaban a ser nuestros derechos, buscábamos sobrevivir.
Big Bang,baanng, así sonaban las únicas armas que nos defendían, las cacerolas y sartenes, cada vez que las golpeábamos “ para hacernos sentir” frente a la casa de gobierno, simplemente, casa. No sólo su inquilino se había fugado de ella en un helicóptero, sino que todos los ciudadanos argentinos, entre los que me incluyo, habíamos perdido esa propiedad también.
De esa manera se adornaba el espíritu navideño en el año 2001. “Que se vayan todos” se gritaba en cualquier rincón durante el año siguiente, cuando ya la cantidad de gente que entraba en mi verdulería era tan poca y desabrida como un puñado de lentejas secas. Muchos escaparon donde sus ancestros, un siglo y medio atrás, habitaban antes de inmigrar a suelo americano.
Yo, Juan, al empezar el 2003 me quería ir del mundo. En ese momento recordé que un amigo me había hablado de la posibilidad de ir a Marte, que me pareció un delirio; a este punto ya nada lo era. Instantáneamente lo llamé, atendió una voz femenina, era su hija de 25 años. Nos sorprendimos mutuamente porque su padre había muerto de un paro cardíaco hacía cinco años y como ella era huérfana de madre desde pequeña, le había dejado un testamento a mi nombre, confiándome a mí, su compañero de andanzas, la tutoría de su hija quien me buscaba hacía tiempo, y junto a ella me destinó su más preciado instrumento, un vehículo para ir al planeta rojo.
Mi soledad me arrastró a encontrarme con Erica, quién se alegró al verme. Juntos nos dirigimos al sótano de su casa, buscando la nave espacial, el cohete, la máquina del tiempo; algún artefacto que nos trasladara a ese lado del universo. Le llevaba 15 años a Erica pero igualmente nos unía la curiosidad por saber si había un gramo de vida fuera de la Tierra. Después de revolver un rato, encontramos una brújula blanca, nos costó descubrir que eso era un trasbordador, sobretodo a mí, porque ella que conocía a su padre, no dudaba de las ocurrencias de este; la movíamos de un lado a otro, hasta que la joven recordó que en su niñez su padre le había enseñado un día, que eso la protegería cuando él no estuviese más en este mundo, y que para utilizarla debía dirigirse al lado de la antena parabólica en la terraza y apuntar a la luna llena. Me parecía una locura pero me arriesgue a probar.
Esperamos el atardecer que reflejaba en su mirada tierna con aires a esperanza. Afortunadamente, apareció la luna llena, la noche ideal, así que ella dirigió la brújula sosteniéndola en una mano, y con la otra tomó fuertemente la mía. En un abrir y cerrar de ojos, sin darnos cuenta, estábamos en Marte pero la superficie no era yerma como la imaginábamos sino un Paraíso. Grandes colinas, horizontes de pastos verdes infinitos, una catarata, rosas, azucenas, orquídeas, jazmines, margaritas, girasoles; desprovisto de suelo rojizo con criaturas extraterrestres amenazantes, el único sonido que reinaba era el golpe de las aguas contra las rocas y la brisa veraniega. Una cabaña con huerta de frutas y hortalizas de todas las especies, nos aguardaba. Erica estaba fascinada con tanta naturaleza, también yo con ambas, era una bella mujer. No podíamos creerlo, parecíamos inmersos en un sueño, aunque al llegar la primera noche, estábamos un poco atemorizados. Apenas entramos al refugio sentimos olor a hogar, prendimos la chimenea, nos sentamos rodeándola cuando me di cuenta que nos mirábamos y sus ojos se aclaraban, brillaban todavía vergonzosos. De pronto nos sentimos muy cansados, comimos algunas frutas que habíamos recogido, mientras charlábamos de nuestras vidas como de los días que nos quedaban por descubrir. Ella era divertida, de pocas palabras, tanto que me llevó a besarla y ella no se quedó atrás en el sentimiento. Nos amamos todos los amaneceres, las tardes y lunas hasta hoy. Lejos del paraíso terrenal, las condiciones eran óptimas, el oxígeno nos acompañaba como allá, la diferencia fundamental es que reinaba la paz eterna.
Justo recién hallé en el cajón de la mesita de luz, porque tenemos electricidad, la carta que mi amigo me escribió donde dice:” Sos mi confianza, fuiste mi confidente, armé esto para ustedes. Este era mi secreto. Desafortunadamente tengo que volver a ese infierno, sin embargo, pronto estaré cerca de ustedes observándolos desde alguna nube. Te dejo todo lo que necesitas, tranquilidad calidad de vida y amor, cuidala.”
Por esto me doy cuenta que por haber estado cuando me necesitaron, aún al transitar la peor tormenta, un rayo de sol me compensó. Gracias a él vivo y a mi destino no existe tiempo que lo corra.
Editado por María Elena Sánchez a las 10:04 AM | Palabras: [ 803 ]
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MUY bueno, Cari. La verdad que me gustó mucho cómo lo escribiste y la originalidad de la historia.
Un besote, amiga...
Lui
gracias lui!!lo decis porque somos amigas, jaja!
te quiero , besos
Cari: Me gusto mucho el cuento. La verdad que creatividad para mezclar tantas cosas asi de la nada..
Me gusto mucho!!
vos también lucía!!!después te doy los honorarios por el comentario,jaja!!
y el tuyo donde esta??!!
besotes
hola gorda! me encanto el cuento! prometí que iba a leerlo y eso hice! gracias por dejarme un mensajito en el mio!
te quiero!
nos vemos mañana tempranito!
Publicado por: Flor Octubre 28, 2007 4:14 PM



