Memorias de un soldado griego
Por DELFINA AMELONG

Parecía que el rumor que corría hace unos días era cierto. Paris, Príncipe oriundo de Troya, había tenido la osadía de raptar a Helena, la criatura más hermosa que existió, existe y existirá sobre la faz de la Tierra, llevándosela a su ciudad. La belleza de esta hija de Esparta, nuestra tierra, no tiene comparación, y no podíamos siquiera imaginar la furia que desataría Menelao, el dueño de su corazón, cuando decidiera qué hacer para cobrarse venganza.
Días después, la orden fue dada y ejecutada: Innumerables espartanos partimos en una flota de mil naves, portando incalculables armas y estrategias. La guerra contra Troya estaba declarada. Además de contar con la ayuda de los dioses, contábamos con la fuerza y la valentía del invencible, el único, el inigualable Aquiles, y ni nuestros cuerpos ni nuestras mentes agotarían sus fuerzas hasta que Helena, princesa de nuestro pueblo, volviera a su tierra.
A pesar de muchos contratiempos, de muchas fuerzas que se empeñaban en que no lleguemos a destino, por fin, divisamos Troya.
Con la frente en alto y el puño firme, nos propusimos aniquilar hasta el último de los troyanos. Y así, luchando cuerpo a cuerpo, empuñando lanzas, picas, arcos y espadas, entre victorias y fracasos, transcurrieron nueve largos años.
Si bien no todos eran triunfos, todavía nos sentíamos fuertes. Sin embargo, el talón de Aquiles hizo que nuestros ánimos decayeran. En otra de las tantas batallas, en la que se enfrentaron Paris y el Gran Aquiles, el troyano disparó una flecha en la única zona del cuerpo sensible de nuestro guerrero: el talón. Viendo caer para siempre a su contrincante, Paris creyó haber ganado la guerra.
Pero nuestra impaciencia, nuestro odio, y nuestra sed de venganza se redoblaron. El plan fue perfecto. Se decidió construir un gran caballo de madera, que fue regalado a los troyanos a modo de ofrenda. El gran secreto de este presente griego, era que dentro de este gran caballo estábamos escondidos un grupo de soldados griegos. Así, cuando terminó la fiesta de celebración por el recibimiento de la ofrenda, y el área quedó despejada, nos dispusimos a abandonar nuestros puestos. Abrimos las puertas de la ciudad, y le abrimos paso al resto de los soldados, a nuestros compañeros, para que unidos descarguemos nuestra cólera.
La masacre no tuvo piedad. Ni los gritos, las súplicas, ni los llantos hicieron que nos detengamos. Éramos una gran avalancha humana que destruía todo y a todo el que se le cruzara. De la ciudad sólo quedaban ruinas: ardía Troya.
Sólo una persona se salvó del exterminio: el ojo del huracán, Helena, quien, según nos informaron, corrió desesperadamente a los brazos de su amado Menelao.
Por fin, pudimos emprender el camino de regreso, con trofeo en mano y la satisfacción de haber ganado la Guerra de Troya.
Editado por María Elena Sánchez a las 11:17 AM | Palabras: [ 468 ]
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