Creer que el amor todavía es posible
Por FLORENCIA LOCASCIO

Corría el mes de febrero, cuando Julio se disponía a escribir una de las tantas cartas de lector, que acostumbraba a enviar a un diario. Eran mágicos aquellos momentos en los que se sentaba y miles de sensaciones extrañas colmaban su persona. Comúnmente narraba acerca de las peculiaridades de sexo masculino, otras respecto a su profesión de taxista, utilizando de este modo tal medio, para hacer conocidas aquellas circunstancias a las que debía enfrentarse corriendo su vida un grave riesgo, pero su última intervención, fue relatar sobre aquellas situaciones que atraviesan personas de 37 años, edad en la que él se encontraba, tal carta, captó profundamente la atención de Graciela, quién se sintió íntimamente tocada con tal declaración.
Pronto, Graciela, se dispuso a escribirle un mail, no tanto en respuesta a la carta escrita por Pablo, sino más bien, con el objeto de intentar confiarle sus sentimientos respecto aquél momento que se encontraba atravesando como mujer de 39 años, advirtiendo que posiblemente podía hallar grandes semejanzas con tal individuo.
Poco a poco, día a día, fueron convirtiéndose en grandes confidentes, a través de cada mail podían descubrirse más a sí mismos, comprendían que sus vidas eran similares y sentían profundamente una gran necesidad de mantenerse en contacto a cada instante.
Cabe destacar, que Graciela era una mujer, totalmente descreía del amor, ella consideraba que no existían hombres capaces de amar y ser amados, como tampoco aptos para entablar una relación con una mujer. Por otro lado, siempre sentía que se hallaba en desventaja con respecto a las demás mujeres por el hecho de tener un hijo, era consciente que su hijo no implicaba ninguna carga, pero comprendía que para muchos hombres eso significaba un muro difícil de atravesar.
Finalmente llegó el gran día en el que habían acordado conocerse, los nervios los consumían lentamente, ella por su parte, incluso, había pensando en no presentarse en el lugar pactado, temía no ser lo suficientemente atractiva para él. Había buscado en su armario miles de veces la ropa adecuada, pero nada la había convencido.
Luego de una incesante búsqueda, culminó optando por una falda larga color oscuro (lo cual le brindaba el aspecto de una persona más estilizada, teniendo en cuenta sus kilitos de más), una remera gris holgada, y unas cómodas sandalias negras. Era consciente de que tal vez no resultaba ser lo suficientemente atractiva como otras mujeres de su edad, pero la bondad y la simpatía eran una de sus más grandes cualidades. Consideraba de gran importancia la esencia de la persona, por lo cual, comprendía que aquél que se abriese a conocerla sería en primer lugar, por aquello que ella guardaba en su interior.
Después de todo, la figura se pierde con los años, uno va sufriendo diversas modificaciones físicas que deterioran a la persona, pero lo interior prevalece eternamente, y es algo que se mantiene a lo largo del tiempo.
Por su parte, Julio, divagaba entre un cómodo jean acompañado por una remera verde oscuro, o algo un tanto más formal. Acabó decidiéndose por lo mencionado en primer lugar, dado que era lo que comúnmente utilizaba, pensaba una y otra vez que debía ser tal cual era, sin necesidad de fingir respecto a su persona.
El reloj marcaba las 17:30, hora en que se produciría el encuentro, el lugar de destino era una amplia plaza situada sobre las calles Paraguay y Córdoba. Ella lo reconoció al instante dado que él había tenido la gentileza de enviarle unas fotos para que de este modo pudiera conocerlo. Ella pudorosa, había optado por no hacer lo mismo, producto de la inseguridad que la caracterizaba, y el miedo constante a ser rechazada.
Lentamente se aproximaron al encuentro, la suave brisa de la tarde acompañada de los leves rayos que proyectaba el sol, los invitó a confiarse sus sentimientos más profundos, y aquellas diversas vivencias que habían marcado profundamente el transcurso de sus vidas.
A Graciela le había impactado la naturalidad que caracterizaba a su acompañante. Emanaba una tranquilidad imposible de describir, su modo de hablar y referirse hacia ella era pausado y calmo, sus movimientos serenos, y su mirada le transmitía una seguridad indescriptible.
Julio, por su parte, observaba cálidamente a Graciela, oía atentamente cada cosa que ella relataba respecto a su vida, sobre su hijo, su trabajo, sus relaciones anteriores, su personalidad. Él pensaba en lo hermosa que se veía, el resplandor del sol sobre su rostro y su mirada angelical, le resultaban familiar.
El tiempo se desvaneció como un suspiro, y junto a él, extrañas sensaciones experimentadas por ambos fueron protagonistas aquella tarde. Al llegar la noche, Graciela le mencionó que debía marcharse porque su hijo estaba solo en casa, él la tomo de la mano, y suavemente beso su mejilla, le aseguró que no sería una despedida, sino por el contrario, el comienzo de una relación que comenzaba a gestarse en ambos.
Con el transcurso de los meses sus encuentros comenzaron a ser mucho más frecuentes. Julio se había hecho partícipe de la vida de Graciela, la ayudaba con sus quehaceres, la acompañaba a ir de compras, incluso cuidaba de su hijo José, logrando entablar con éste una gran amistad. Pasaban largas horas juntos, haciendo de ellas momentos únicos e irrepetibles en la vida de cada uno.
Nanci advertía que aquél hombre, de mirada profunda y de una simpatía peculiar, estaba provocando que afloraran en ella, los más hondos sentimientos de amor que puede guardar dentro de sí una persona.
Él, por su parte, ansiaba verla a cada instante, soñaba con forjar junto a ella un futuro colmado de felicidad y alegría. Su mayor deseo era devolverle la confianza en el amor, era lograr que comprendiera que todavía existían hombres capaces de amar y ser amados, y hacerle saber que él era uno de ellos.
Una mañana como cualquier otra, Julio se dirige hacia la casa de Graciela con el objeto de confiarle sus deseos de formalizar aquella relación que juntos estaban llevando a cabo.
Sus pasos firmes resonaban sobre el asfalto, una gota de transpiración se apresuró a recorrer sus mejillas para finalmente desembocar en su pecho, aquellos nervios constantes que sentía no los había experimentado nunca, sabía que sus sentimientos le eran correspondidos, pero desconocía la reacción de Graciela ante el hecho de formalizar.
Al llegar a la puerta de entrada de la casa de ella, tocó timbre, ligeramente recorrió con sus manos su pelo, las frotó entre sí para secar el sudor de sus palmas, y se dispuso a esperar a que ella atendiera el llamado.
Al salir ella, él la tomó suavemente de su cintura, aproximándola contra sí, la abrazó suavemente y beso tiernamente su boca. Las palabras de Julio resonaron en silencio.
– Cásate conmigo -, confesó él. Graciela, sorprendida por tal proposición, no dudó en dibujar sobre su rostro una amplia sonrisa, y conteniendo aquellas lágrimas que se avecinaban lo besó nuevamente respondiendo a su pregunta, a pesar de dejar en claro su afirmación, soltó un profundo – Sí!, aceptó.-, y colmada de alegría y felicidad abrazó con todas sus fuerzas a su enamorado.
Aquél momento tuvo la sensación de ser eterno, tanto Graciela como Julio se hallaban profundamente enamorados él uno del otro, y tales sentimientos eran imposibles de contener, el iniciar una vida juntos no era tarea fácil, pero sabían que ello dependía de la entereza de cada uno, y sus fuerzas para llevarlo a cabo.
Fue allí, en ese instante, en aquella tarde de febrero, cuando una descreída volvió a confiar en el amor, estando a su lado un hombre capaz de demostrarle que aquello era posible.
Editado por María Elena Sánchez a las 06:05 PM | Palabras: [ 1266 ]
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Enlace permanente | Comentarios (1)
esta muy bueno flor!!!
segui asi!!
nos vemos!
Publicado por: viruu Octubre 21, 2007 11:27 AM



