Bohemia


Por CECILIA KORSAK
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Como de costumbre en el mes de mayo me encuentro sentada en mi banquito, al lado de la ventana que da al mar, delante, el trípode, que sostenía un lienzo preparado para las suaves caricias del pincel. El olor al óleo inundaba la casa, y tardaba meses en irse.

Empiezo a pintar, pincelada tras pincelada empapada de colores. Cada vez más concentrada, compenetrada en lo que hacía y de vez en cuando miraba por la ventana, y apreciaba toda una vista impactante de lo que es el Adriático.

Vivo en una casita modesta, en la playa, en donde en épocas como estas de veraneo, no hay turistas, solo esta el mar y yo.

Pero un día de ese mes, mi vida tranquila pero rutinaria, cambió. Un lunes por la mañana me llega una carta de la comuna de Ostuni, un pequeño pueblo de la Puglia, Italia, diciéndome que, tendré que desalojar mi hogar, porque harán de ella una playa turística. Cuando terminé de leer, se me vino el mundo encima, estaba desesperada, y no se me ocurría qué hacer pera que mi vida no se valla al tacho. Respiro profundo, trato de calmarme, lo intento, pero no puedo, me cambio la ropa de pintar, y voy disparada a la comuna. Entro, y hablo con el encargado del lugar, le explico mi situación y me da una solución. La sensación de esperanza fluía por mis venas, como un veneno espeso que llegaba al corazón. Me dijo que si no quería irme de mi casa, como era de esperarse, que haga en ella algo para el turista, un bar, o un negocio de recuerdos, o algo por el estilo.

Poco conforme, volví a mi casa para encontrar una solución a todo este problema.
Vuelvo a la comuna. Ya había tomado una solución, me dirijo nuevamente al encargado del lugar, y le informe que era lo que iba hacer. Mi propuesta se trataba de un bar artístico, en donde todos mis cuadros estarían expuestos .Todo esto, en la planta baja de mi casa. Mientras tanto en la parte de arriba, bueno, ahí voy a vivir yo. El encargado aprueba mi propuesta, firmo los papeles correspondientes, y emprendo la obra.

Empieza la temporada, en el bar “bohemia”, nombre referido a mí, estaba todo en orden para las masas, los cuadros, cada uno en sus lugares haciendo un efecto, acogedor.
A unos treinta metros hacia la derecha de la casa, de “bohemia”, estaba ubicado el puesto del salvavidas, el ocupante, era un joven de unos veinticinco años llamado Ignacio. Opuesto a él, también, a unos treinta metros aproximadamente, del lado izquierdo de Bohemia, había un puestito de alquiler de reposeras y sombrillas, el dueño era un señor de unos cincuenta y cinco años, él solamente aparecía los lunes a la tarde a buscar la recaudación. La que atendía el lugar era una chica, llamada Camila, muy tímida, de unos veintisiete años, siempre llevaba puesto unos lentes de marcos grandes y bien oscuros, como si se ocultara debajo de los anteojos.

Todos los días en la playa, eran días perfectos, como soñados, salidos de un cuento.
Las mujeres tomaban sol, casi todo el día, los maridos al lado de ellas haciéndoles compañía, y de vez en cuando se daban un chapuzón en el mar, y cuidaban a sus hijos, (los que tenían).
En Bohemia, la clientela era la habitual, casi siempre eran las mismas personas. Eso me hacia sentir que el bar iba viento en popa, y que después de todo no fue mala la idea.
Un día la arrendadora de las reposeras, dejó de venir; así pasaron semanas y semanas, y no sabíamos nada de ella. Cuando venia el dueño a buscar las ganancia, (obvio que no habia recaudaciones), Ignacio y yo, le preguntábamos que había pasado con Camila, y él sorprendido tanto como nosotros nos decía que no sabia, y que llamo a la casa reiteradas veces par ubicarla pero nada.

Unos días después de la desaparición, transcurría todo bastante normal. Yo estaba atendiendo Bohemia, y desde la ventana, veía una multitud de gente, toda amontonada; mi curiosidad me mataba. Entonces, dejo el bar unos instantes y me dirijo hacia esa multitud, abro paso entre la gente, llego, Ignacio estaba ahí parado, perplejo, me mira, con una expresión en el rostro, que nunca en mi vida había visto. Me dice: “Acabo de sacarla del mar”; bajo la mirada ¡Dios! era Camila, estaba muerta, tenia un corte profundo en la garganta y las manos atadas; le regreso la mirada a Ignacio, y salgo corriendo a llamar a la policía y a la ambulancia.

Al día siguiente, la playa fue clausurada hasta que se esclarezca el crimen. No lo soporte, no podía imaginarme viviendo en un lugar donde fue asesinada una persona; me fui a vivir al centro de la ciudad, alquile un departamento, muy lindo y amplio, y en una de las paredes, pinte el mar que tantos años de mi vida me acompaño; sigo pintando y a fin de año tengo una galería en un museo importante de la Puglia.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 17 de Octubre de 2007
Editado por María Elena Sánchez a las 10:30 PM | Palabras: [ 849 ]
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