Así es como los ‘80 rompieron mi corazón
Por MURIEL SANCHEZ

Era un viernes normal del invierno de 1983, me levanté a las 10 de la mañana porque era feriado y fui directo a prepararme un café. Desde hace ya dos años estudió Diseño en la universidad de Londres, ciudad donde nací. Ah, me olvidaba de decirles... me llamo Alina.
Decidí ir a pasear por las húmedas calles del centro de la ciudad, y no pude dejar de ver las multitudes reunidas en los pubs con motivo del partido de Leeds y West Ham. Seguí sin un rumbo cierto, hasta llegar a aquel parque que fue testigo de tantas anécdotas... y allí estaba él. No era otro más que Max, por lo que deduje que había vuelto de la guerra. Me acerqué a hablar con él pero, antes de que pudiera hacerlo, se levantó del banco en el que estaba y me abrazó fuertemente. No entendí muy bien su reacción, no después de nuestra ruptura.
Todo ocurrió un año y medio atrás, cuando después de ser novios por mucho tiempo me dijo que lo nuestro no podía continuar, que estaba enamorado de otra chica. En ese preciso momento mi vida parecía derrumbarse frente a mis ojos, y luego de eso no lo había vuelto a ver. Lo que sí sucedió fue que mis amigas me contaran sobre él: las últimas noticias habían sido que estaba comprometido y, 2 meses más tarde fue enlistado para ir a combatir al norte de Noruega.
Me dijo que necesitaba hablar conmigo, que yo era la única persona que podría entenderlo, por lo que acepté, y de esta manera nos dirigimos hacia la que fuera la casa de sus padres, en el 2do piso del edificio principal de la calle Burslem. Todo se hallaba como yo lo recordaba... los retratos familiares en la mesa contigua a la escalera, aquel teléfono antiguo en la pared, y la vista de toda la ciudad!!! Preparó un poco de té, aunque para ser sincera esa nunca fue ni será su especialidad, sin embargo era apto para tomar acompañado de unos scons. Su relato comenzó así: “No entiendo cómo pudo pasar...”, respiró profundamente y prosiguió: “Sally me dijo que estaba esperando un hijo mío, y estábamos felices con la idea. Decoramos el cuarto del bebé, hicimos planes y un día desapareció”. Yo no entendía correctamente lo acontecido, por lo que decidí aguardar hasta el momento indicado para preguntar. Me dijo que la buscó desesperadamente, pero no encontró ningún rastro sobre ella, sólo una carta en la que decía que no estaba lista para ser madre, y no quería lastimarlo, motivo por el cual había partido hacia Australia y comenzaría allí una nueva vida. A raíz de los hechos y sin saber qué hacer, Max se unió al ejército, y poco tiempo más tarde lo llamaron para ir a combatir en los países nórdicos. Esa fue una experiencia traumática que no quiso revelarme, una herida abierta difícil de sanar.
Al cabo de unos días, manejé mis tiempos de manera tal de poder coordinar mis estudios, a causa de los finales que se acercaban, con nuestras salidas. Poco a poco fui perdonando sus errores del pasado y recobré la confianza en él.
Transcurrió un año y decidimos vivir juntos. Él siguió estudiando Ingeniería Mecánica, y yo ya estaba a punto de recibirme. Si bien las cosas no estaban tan bien como en los años de nuestra adolescencia, nos unía un lazo muy fuerte. Sentíamos que la ciudad nos pertenecía, pero ¿por qué no también el mundo entero? Con esta mentalidad juvenil e improvisada hicimos las valijas y nos fuimos a recorrer Europa. Como ninguno de los dos tenía ahorros suficientes, nuestro plan de viaje fue realizar trabajos temporales y, con el dinero que consiguiéramos en las distintas ciudades, cubrir nuestros gastos. Fue una experiencia que no voy a borrar nunca de mi memoria.
Tras seis meses de constantes viajes, regresamos a Inglaterra. La ciudad de Londres nos dio una típica bienvenida... llovía como siempre. Ya esperando para conseguir un taxi, vimos como una mujer, en las mismas condiciones que nosotros, tosía e intentaba resguardar a su pequeño bebé de las inclemencias del clima. Por supuesto que íbamos a permitirle tomar el primer vehículo que llegara al lugar, hecho que sucedió cinco minutos después. Al acercarse fue como si el tiempo se detuviera... nuestras caras tenían un gran grado de asombro. Aquella joven no era otra sino Sally, ¿entonces eso quería decir que el bebé era aquel que nosotros supusimos que había abortado? ¿Cómo puede ser posible? Max sugirió que compartamos el taxi, decisión en la cual yo no estaba muy de acuerdo. El silencio dentro del mismo parecía interminable, las calles eran más y más largas, y el llanto del bebé era lo único que se sentía.
Finalmente, llegamos a la calle Burslem, él la invitó a subir al departamento, y tras dudarlo por unos momentos aceptó la oferta. Yo no sabía que hacer, ¿me quedaba y participaba de la conversación o los dejaba a solas? Ambos sugirieron que sea testigo. Lo primero que Max atinó a decir fue: “Él es...”, e, inmediatamente, fue interrumpido por Sally quien con una voz intensa dijo: “No, no es él. No sé como pedirte perdón, y sé que no lo voy a conseguir, pero si no te molesta dejame que te cuente qué fue lo que pasó”.
Un poco más de media hora fue necesaria para ponernos al tanto. Cuando llegó a Australia se sentía abrumada, por lo que fue a una clínica y terminó con su embarazo. Al muy poco tiempo conoció a un joven que le prometió todo, incluso el universo si ella así lo deseaba. Por esas cosas de la vida, ella quedó nuevamente embarazada, pero esta vez, tras haber pasado por el tormento del aborto, no se iba a desprender de su bebé. Así nació Hans Christian, y al cumplir tres meses, su padre Gary ya no estaba allí con él. ¿A eso le llaman karma, no? Ahora ella recibió un poco de su propia medicina. Y, seguramente, se están preguntando por qué quería hablar con mi novio, ¿no?
Hacía ya unos meses que no se sentía bien, y los médicos de Melbourne no encontraban una solución a sus problemas. Su destino ya estaba escrito, y según lo que años más tarde supe, lo que ella tenía era SIDA, una enfermedad poco conocida pero que ya se había llevado a muchas víctimas. Por suerte el pequeño niño no se vio afectado. Nunca vi a alguien tan desesperado, casi se puso de rodillas para implorarnos que nos hiciéramos cargo de Hans, y era imposible que nos negáramos a su pedido.
Ambos se hospedaron en nuestro hogar, y para el cumpleaños número tres de su hijo, ella ya había dicho adiós. Fue un golpe duro para todos, pero más para Max, con quien me había comprometido. Nos convertimos en padre sin quererlo, pero estábamos muy contentos y de esa manera pasaron los años. Ambos iban cada fin de semana a alentar a su equipo de fútbol Port Vale, y por más que perdieran siempre volvían con una sonrisa en la cara.
Al cumplirse el aniversario de la muerte de Sally, noté que mi marido comenzaba a actuar raro: no se podía levantar de la cama, perdió peso, se pasaba enfermo todos los días. Yo sentía un dolor terrible porque si bien entendía que él la había amado, no comprendía como había perdonado sus acciones pasadas. Era algo que me atormentaba las 24 horas del día. Pero con el transcurso de las semanas, de los meses percibí que no era esa la causa de su problema. Así, en una de las tantas visitas al médico escuche la frase que más me dolió: “Señor, lo que usted tiene es SIDA”. Yo no entendía cómo había sido posible, aunque en realidad todo tuvo sentido. Durante la estadía de ella en nuestra casa al parecer no sólo habían compartido charlas... y ¿cómo se suponía que íbamos a seguir ahora? Nunca me animé a confrontarlo, me daba tristeza verlo cómo estaba, por lo que con un gran esfuerzo traté de hacer de sus días lo mejor posible, incluso cuando yo estaba viviendo un infierno.
Pero todo lo que comienza debe terminar y así fue para él, quien el 13 de febrero de 1989 ya había partido.
Yo seguí trabajando en el atelier de mi amiga, y criando a Hans Christian, mi hijo que me dio tantas felicidades en la vida, pero... ¿Para qué voy a mentir? Así es como los ochenta rompieron mi corazón.
Editado por María Elena Sánchez a las 11:15 AM | Palabras: [ 1428 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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mur me encato!!! muy bueno la verdad... toda una inspiracion la tuya!!!
nos vemos pronto
yo sueño con ir a vivir con mi hija a londres creo q es un lugar maravilloso y la historia q acabo de leer me lo confirma.
Publicado por: sofia Agosto 4, 2009 2:31 AMUna historia realmente melancolica :-(
Publicado por: Daniel Peña Salazar Abril 14, 2010 12:05 AM



