Pánico en Grecia


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Por JÉSICA LEIVA

La mañana era fresca, como todas las mañanas de verano en Atenas. Se olía el perfume de lavanda en el jardín trasero, con ese aroma tan penetrante. Solía levantarme temprano sólo para ver el sol iluminar las flores violáceas.

Como siempre hacía mi mamá, preparaba café con leche y tostadas con mermelada de fresas. Todo era normal, hasta estaba las peleas matutinas de mis hermanitos Fernanda y Juan por la última de las tostadas, la más apetecible, y mi mamá tratando de lidiar con esas fieras inquietas.

Ya en el colegio, el tiempo se tornó más caluroso, podría afirmar que era casi asfixiante. Me sentía sofocada por la corbata del uniforme y me la quité, igualmente me resultaba más asfixiante la clase de matemática.

La profesora Conte trataba de hacernos entender derivadas cuando una explosión estridente, que nos dejó zumbando los oídos, sacudió con una fuerza increíble el edificio entero.

Era la peor pesadilla hecha realidad, lo que todos temíamos, para lo que tanto nos había preparado solo por precaución, había estallado el reactor nuclear.

Era cuestión de horas de que la nube toxica llegara a la ciudad. Estalló el pánico, la gente corría sin rumbo. Yo solo podía pensar en mi familia, en lo asustados que estarían mis hermanos solos y peor aun como estaría mi mamá.

Ya comenzaron a sonar las chicharras, los camiones esperaban en la plaza principal para sacarnos de allí. Desesperada corrí a casa con la esperanza de que todos ya estuvieran allí, en vano, no había nadie ni rastros de que se hubieran reunido. Junté comida y algunas mudas de ropa y artículos personales y me dirigía a la plaza principal cuando me detuvo Juan muy asustado entre llanto y desolación.

Lo abracé tan fuerte que casi le rompí los huesos, me alegraba tanto habérmelo encontrado y comencé a preguntarle por Fernanda y mamá. No sabía nada y esperaba que yo lo supiera. Seguí adelante con mi plan de ir hasta la plaza, pero a mitad de camino mi hermanito se acordó de su tortuga, soltó mi mano y decidió correr a buscarla. Traté de seguirlo, pero la vista se nubló se sentía muy mareada y caí desmallada en la acera.

Al despertar ya no sonaban las chicharras, estaba desierta la ciudad, en la plaza solo quedaban los restos las cajas de provisiones. Era la imagen de que una estampida había pasado por allí.

Caí de rodillas y comencé a llorar, se habían ido sin mí. Fue cuando realmente se materializó mi peor pesadilla.

Corrí sin destino alguno, ya nadie me esperaba, todos estaban lejos y terminé en la casa. Mi reloj decía que eran las cinco de la tarde. No había comunicación alguna con el exterior, no tenía manera de enterarme que pasaba.

Me tiré a la cama a llorar a esperar mi prematura muerte y me quedé dormida. Al despertarme estaba aquí, llena de tubos, rodeada de personas con trajes amarillos cerrados herméticamente, me inyectan drogas y hablan en inglés. Y ahora vos contame por qué estas aquí.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 01 de Octubre de 2006
Editado por María Elena Sánchez a las 04:03 PM | Palabras: [ 508 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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