Memorias de una Guerra Épica

Por LUCAS DEL PÍCCOLO
Recorrimos un largo camino para llegar hasta aquí, para conseguir estar en este lugar. Fueron más de diez años de nuestras vidas. Insistiendo, luchando, intentando lograr lo que se nos aparecía como imposible en un principio.
Porque todo comenzó en la boda de mis padres. Allí, se desató la peor de las disputas. En un instante la historia y las cosas dieron un giro, por momentos irrevocable. Porque la vida es así, a veces un insignificante objeto que lo consideramos cotidiano, natural; puede por sí mismo, destruir el universo.
Desde ese día ya nada volvió a ser como antes, todo cambió entre nosotros y los troyanos. Tenía muy buenos recuerdos de esa cálida gente, pero no vacilo en decir que se esfumaron. Por lo tanto ya me resulta inútil recordarlos con esa característica.
Es increíble la facilidad que uno tiene para confundir y hasta suprimir aquellos momentos gratos. Trasponiéndolos con presentes vulgares, acontecimientos sin importancia. Pero esta vez, al menos esto, puedo decirles que me fue inevitable. Tratar de volver el tiempo atrás, de empezar todo de nuevo ignorando la situación, me resulta deliberadamente imposible. Sería una canallada absoluta.
Aunque esta herida causada por la mayor de las traiciones, por el mayor de los engaños; tal vez fue más grave, o quizás más intensa, que la sufrida por el propio damnificado del asunto. Hablo de Melenao, hombre de una sorprendente templanza. Pero, pese a no constituirme como la víctima directa de la traición troyana, puedo asegurar que me tocó muy de cerca todo, nunca esperaba semejante acto desleal.
No obstante, mi memoria sigue seleccionando minuciosamente aquellos instantes gracias a los cuales hoy puedo volver a reconstruir esos días de gloria. Logro situarme con tranquilidad en la guerra legendaria, de carácter heroica. Es que estábamos los mejores, los que no nos temblaban el pulso, los que teníamos hambre de gloria, los responsables de la victoria o del fracaso. Mi gran amigo Patroclo, casi como un hermano. También estaban Áyax, hijo de Telamón y Áyax, hijo de Oileo, Teucro, Néstor, Odiseo y Diomedes. Todos por un mismo objetivo, por una misma razón: buscábamos la gloria de Grecia; pero sobre todo, regresar a nuestras tierras a la mujer más hermosa del mundo.
Tengo presente que el viaje fue inquietante, agobiante y agotador a la vez. Pero no sería justo de ninguna manera, si no mencionara que los grandes triunfos son consecuencia de esfuerzos descomunales, del empleo de esa energía interior de carácter combativa. Producto de la fusión de voluntades individuales.
Sabía que el asunto no estaba resuelto apenas llegáramos al sitio de la discordia. Una fuerza exterior –quizás proveniente de los dioses-, me trasmitía constantemente la sensación de que varias estaciones pasarían hasta que lográramos definitivamente nuestro mayor objetivo. El tiempo y los hechos fueron el argumento principal que permitiría afirmar que el oráculo estaba en lo cierto.
No fue menor el asombro que cubrió a esos centenares de guerreros, al ver que la ciudad estaba cubierta de murallas en su totalidad. Parece que el destino era irremediable, como suele ocurrir en toda ocasión. Los griegos estábamos condenados a atravesar de un modo ineludible por millares de batallas hasta conquistar el objetivo.
Es que no se trata sólo de 9 años. Esa cifra no puede, por sí sola, reflejar de un modo cabal el cansancio, el desaliento, la debilidad a los que fueron sometidos nuestros soldados. A quienes les flaqueaban las fuerzas con una frecuencia preocupante. Sumado a esta situación de oprobio, al capitán de combate de los nuestros -Agamenón–; la monotonía y la falta de variantes en su estrategia de ataque le ganaban la partida.
Fue en carácter de rechazo y diferencia hacia sus ideales, y en especial para reivindicar a los míos; que decidí retirar a los mirmidones de la guerra. Este grupo de aldeanos con un especial criterio de combate, no era sino algo más que una de mis principales armas.
Acto seguido, la guerra comenzó a ser dura para los griegos, y favorable para nuestros enemigos. Según me informó mi hermano del alma, a quien recuerdo con gran cariño: durante mi exclusión los troyanos avanzaron sobre el ejército del rey de Micenas y lo forzaron a una retirada precipitada.
Ante la desesperación (propia de quien posee el juicio crítico y logra ver mas allá del momento), Patroclo acudió de inmediato a mi tienda rogándome que le otorgue mi armadura y mis hombres. Por supuesto, con el único propósito de que Grecia no perdiera la guerra. Me pidió también que olvidara mi altercado con Agamenón y que piense en los intereses de todos, por encima de ese conflicto.
Si hay alguien a quien nunca le he podido negar ni lo más mínimo es a él, a mi amigo infinito. Porque más allá del poder de persuasión innato que posee, le debo demasiado como para rehusarme ante su súplica, ante su ruego.
Fue entonces que accedí a su pedido sin ninguna observación al respecto. Como quién confía ciegamente en las intenciones honradas de un amigo, digno de tal título. Entonces, se dirigió con mi vasto ejército de valientes por las copiosas costas de Troya y pudo controlar el asedio enemigo. Aunque descuidó por un instante el dominio de su impulso combativo. Ese instante, lamentablemente resultó suficiente como para que realizara un paso en falso. Es injusta la naturaleza a veces, con los que llevan una vida planeada y prevista deliberadamente. Como si alguna fuerza extrínseca al individuo transportase a éste a instantes de desenfrenos y de consecuentes tragedias. Es horroroso y propio de la injusticia divisar como un trabajo de años se pierde en cuestión de segundos.
No cabe duda alguna que fue esa desgracia (propia de algunos honrados); la que llevó a este héroe a vivir un momento de ira, de cólera. Momento que le imposibilitó medir las consecuencias de los hechos. Fue de esa manera y no de otra, que Héctor -príncipe de Troya- lo derrotó en combate.
Decidido a equilibrar el universo de la justicia, me lancé nuevamente en la lucha con el único fin de vengar la muerte de Patroclo. Dejando completamente atrás la disputa con Agamenón.
Yo tenía una completa seguridad en mi conciencia, en mi interior; que aunque vengara la muerte de mi amigo asesinando a este príncipe, las cosas ya no volverían a ser como antes. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque ya no está a mi lado este muchacho.
Así que por lo menos, me encontraba obligado (como mínimo); a realizar esta parte del asunto que me fue encomendada. Y agradezco a los dioses que me brindaron fuerzas en ese lugar y en ese instante.
Mi espada ya tenía perfectamente incorporada, cada uno de los movimientos que debería hacer cuando Héctor tratase de atacarme por la retaguardia. Juntos, atravesamos el torso del príncipe para poner las cosas nuevamente en su orden. Luego, exhibí en mi carro de batalla y ante los nuestros, el cuerpo de este tirano; conduciendo nuevamente a los griegos hasta los muros impenetrables de Troya.
Peleé y derroté en mi última batalla a Memnón, rey de los etíopes.
Pero como pasa siempre con los que cantan victoria antes de gloria, fui condenado a pagar ese sacrilegio con sangre. La flecha cruzando el aire, estupendamente dirigida a mi talón, marcó el final de mis días. Como si ese hombre conociese de antemano cuál era mi punto débil. Cuál era el exacto lugar donde mi invulnerabilidad hacía la excepción. Es que Paris, arquero de profesión y favorecido por las bondades de Afrodita; decidió, sin reproches, colocarle para siempre el punto final a mi biografía.
Fueron ironías mitológicas las que tuve que sufrir de muy pequeño. Mi madre me había sumergido en las cálidas aguas de la laguna Estigia, donde conseguí hacerme invulnerable. Pero el talón estaba sujeto por la mano derecha de aquella mujer, y por lo tanto no fue incluido en ese baño milagroso.
Si había algo de lo que debía resguardarme de por vida, era de esa parte de mi cuerpo, la cual permanecería eternamente indefensa.
Hoy sólo me queda la grata satisfacción, por lo menos, de completar la venganza de la muerte de mi amigo. Pero, no obstante, me conozco perfectamente como para saber que guardaré el reproche de no haber conducido a los griegos hacia la victoria. Yo, hombre de mil batallas, tendré que ganarle la pelea a mi orgullo para vivir tranquilo con mi alma y con mis cosas.
Editado por María Elena Sánchez a las 11:12 AM | Palabras: [ 1406 ]
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