Palabras de alta mar

Por JÉSICA CANTARUTI
“Las cosas están mal acá, usted también lo sabe, no me diga que no. La casa está más oscura que de costumbre, y cuando el Doctor camina se lo nota apesadumbrado. Tantas críticas y peleas lo están debilitando. Es joven, pero prepárese, Josefa, estas señales me dicen que se viene lo peor”. Una de las criadas, la más vieja, la que más conocía a la familia Moreno por haber estado toda su vida con ellos, me estaba avisando que sucedería lo que yo más temía. Ella siempre tenía razón en lo que nos decía, nunca se equivocaba; en esa oportunidad rogué al cielo que hubiese una primera vez.
“¡Josefa!¡Por favor, venga urgente!”, me llamó desesperada Guadalupe. No paraba de llorar la pobrecita, estaba fuera de sí. Y como para no: ellos habían enviado una caja cerrada, anónima por supuesto, muy vistosa, pero que adentro guardaba un abanico, guantes y un velo de luto. “Sé que va a ser viuda”, decía la nota. Todavía hoy me pregunto por qué no escuché la campana. Si hubiese recibido yo el paquete, porque me correspondía a mí abrir la puerta, no se lo hubiera entregado, podría haberle ahorrado el disgusto.
Era otra señal, que se acompañó con un nuevo pedido a Dios de que sólo fuera una amenaza.
“¡Nooooooooooo!”. El grito retumbó en toda la casa. Suerte que Marianito, su hijo, no estaba cerca. María Guadalupe Cuenca de Moreno acababa de recibir una carta de su cuñado, Manuel Moreno, en la que la anoticiaba sobre la muerte en altamar de su marido, Mariano, el 4 de marzo de 1811.
Corrí a levantarla del piso, a abrazarla, no sabía cómo reaccionar. Dejé por un momento mi lugar de ama de llaves de la casa de los Moreno para ser la madre, la amiga o lo que ella quisiera. Estaba destruida, desde que había recibido la caja no hacía mas que llorar por todos los rincones; caminaba por la galería y recordaba los últimos momentos que habían pasado juntos allí. Lo peor es que entonces Mariano no estaba bien, las presiones no le permitieron despedirse como a él le hubiese gustado. Ahora ya no había esperanzas, todo había acabado, había entregado su vida por la patria, hecho del cual todos estábamos orgullosos.
Pero esta vieja ama de llaves sabía que no quedaba todo allí. Los años, la experiencia y todo lo que había vivido en esa casa me decían que yo no podía dejar la lucha de Mariano en esa carta que nos contaba su muerte. Su fuerza, su tesón, parecía que me habían sido transmitidos, y a pesar de la edad, quise ser un poco protagonista. Dejé a Guadalupe y a Marianito por un tiempo para unirme a Manuel en Londres, antes de su regreso. A ella le dije que era para ayudarlo, pero en realidad le llevaba los papeles que Mariano había escondido en el sótano, donde aparecían las claras amenazas de esos asesinos. Supuse que él con sus contactos podría hacer algo.
Una vez más, el destino se apuró.
“El señor Manuel Moreno fue encontrado sin vida en su habitación ayer, lo siento”. Tomás Guido, compañero de viaje de los hermanos Moreno, me estaba dando la noticia. No podía ser posible, él estaba a punto de volver a Buenos Aires para encontrarse con su cuñada y su sobrino. Todo era muy raro, no sabía que hacer, porque mientras yo iba para hacer justicia por una vida, me encontré con que debería buscarla por dos. “Suerte que el señor Guido está aquí”, pensaba cada vez que amablemente venía a mi habitación para saber cómo estaba y si necesitaba algo.
En una de esas visitas de rutina me preguntó para que había ido a Londres. No dudé en decirle la verdad, pues era el único que me podía ayudar. Se mostraba tan atento, porque sabía que Mariano me tenía mucho cariño.
“¿Usted me dejaría ver esos papeles, Josefa? Digo, es para ver que puedo hacer”, me preguntó un día. Pero lo noté nervioso, y como tenía miedo de que lo estuviesen persiguiendo también a él, le mentí, le dije que no los encontraba o algo así. Cuando se fue decidí hacer algo que, por respeto, no había querido hacer hasta ese momento: leer los papeles que llevaba. ¡Si lo hubiese hecho antes!
“Dr. Guido: haga lo que le pedimos. En Londres los están esperando para terminar con el otro Moreno. A la vuelta lo espera su recompensa. Dr. Juárez.”
¡Mariano sabía que lo iban a matar!¡Sabía quien incluso, y se fue igual! Tal vez pensó que podría defenderse, pero ¿por qué no confió en Manuel?
“¡Vaya a saber Dios qué pasó por su cabeza!”. No podía dejar de pensar en eso cuando escuche que la puerta se abría.
Fue en defensa de mi propia existencia, no iba a permitir que se quedara con una vida más. Giré y le clavé el abrecartas en el cuello. Cayó de rodillas, mirándome con los ojos llenos de rabia; el fuego de la envidia que siempre le había tenido a Mariano brotaba en ellos y lo quemaba por dentro.
Corrí lo más rápido que la edad me permitió, tratando de no levantar sospechas. Cuando llegué al puerto encontré un barco zarpando hacia Argentina. Mi destino era escapar en ese instante. Era necesario explicarle a Guadalupe todo lo que había pasado, antes de que le llegaran falsos chismorreos.
Pero antes tenía que hacer algo. Mariano seguramente tenía motivos fuertes para guardar esos papeles y confiarme el secreto, y como yo ya había hecho algo de justicia (no del tipo que el hubiese preferido, pero sé que entendió por qué lo hice), decidí dejárselos; después de todo, le pertenecían.
La noche estaba fresca, era ideal porque no había nadie afuera que pudiese ver lo que iba a hacer.
Las hojas empezaron a caer al mar igual que mis lágrimas. Mariano había sido como un hijo, y en ese momento le estaba diciendo adiós. Vi como una a una se iban ahogando las palabras que lo habían sentenciado. Hice bien en dejarlas allí; después de todo, él tampoco había confiado en los guardianes de la justicia de su amada patria.
Editado por María Elena Sánchez a las 10:52 AM | Palabras: [ 1031 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
Enlace permanente | Comentarios (0)




