“LA CARTUCHERA” de los recuerdos

La noche de los lápices, 1995, de César López Claro
Pintor, dibujante, grabador, ceramista, y escultor argentino nacido en 1912, Azul.
Por MARÍA CAROLINA CLÉRICI
Era el amanecer del 17 de septiembre de 1976, en el colegio hacía un par de días que veníamos preparando el festejo del día de la primavera; siempre empezábamos unos días antes y el 21 cerrábamos con una fiesta inolvidable; y yo esa mañana me había dispuesto a colgar todas las flores por encima de las puertas de las aulas. Mi prima Claudia me había estado ayudando a cortarlas y pegarlas. Esa chica es espectacular, hace de todo, está en todos lados, no me podría imaginar si no la tuviese.
Me levanté de la cama y fui hasta la cocina. Mi vieja me había preparado el café con leche y tostadas como todas las mañanas, todo era normal pero su cara no se veía como siempre, sus ojos opacos como metal descuidado, su ánimo que limpiaba el piso y su boca que no emitía sonido alguno. Comencé a preocuparme, ella nunca es así, es más, es ella la que logra despertarme y cambiarme el estado de ánimo típico de las siete y media de la mañana. Entonces me dispuse a preguntarle qué le sucedía. Y allí me lo dijo; Claudia había sido secuestrada junto con María Clara Ciocchini, ambas dirigentes de la UES, agrupación de la que yo también formaba parte.
No dejaba de preguntarme por qué, qué habíamos hecho mal. Sabíamos que venían tiempos difíciles, pero nosotros estábamos haciendo las cosas bien, queríamos cambiar la realidad cruel que día a día trataba de dominarnos y evitar posibles daños a cualquiera de nosotros. Entré en un estado de desesperación, quería salir a buscarlas pero mi mamá temía por mi bienestar y yo trataba de tranquilizarla diciéndole que con mis quince años pasaba totalmente desapercibida- o eso creía-. Así que la convencí y salí a buscar a Horacio, tenía que advertirle que en cualquier momento lo agarraban a él o a alguno de los chicos.
Cuando llegué a la Calle 116 N° 542 subí con prisa las escaleras, golpee la puerta y su madre, la buena y humilde Olga, me abrió con los ojos llorosos, la pintura corrida y una foto de “su” Horacio en la mano derecha: su hijo había sido secuestrado. De esa imagen no me olvido más, sus gritos de dolor retumbaban en mis oídos mientras volvía corriendo a mi casa. No sabía adónde ir, me quedaba lo de Panchito que era el otro de los chicos con los que más confianza tenía, pero no me animaba a salir a la calle otra vez. Daniel Racero también había sido llevado junto con Horacio.
En casa derrumbé en llanto. Mamá me acompañó en el dolor y me contó en breves e interrumpidas palabras cómo había sido el secuestro de Claudia.
Ella y María Clara eran dirigentes en la agrupación peronista Unión de Estudiantes Secundarios –yo también era miembro pero había entrado el año anterior para tratar el tema del boleto estudiantil y de igual manera no era un personaje clave-; y usaban de vivienda operativa el departamento de la tía Rosa, el cual quedaba en un sexto piso de la calle 56 N° 586, para que no lograran ubicar el paradero.
Sin embargo, ayer, Claudia y Maria Clara se reunieron con mi tío -el padre de Claudia- y le comentaron que estaban buscando un nuevo destino, ya que corrían muchos riesgos estando dónde estaban, así que le pidió un poco de dinero y se dispusieron a buscar un nuevo lugar. Todo venía bien, pero por razones que superaban las expectativas de ambas se vieron obligadas a retornar al antiguo albergue, y ahí fue donde todo terminó -o empezó-.
El ambiente estaba turbio. A partir del momento en que implantaron el Proceso de Reorganización Nacional todo comenzó a marchar en contramano. Se olvidaron de nuestros derechos, de los derechos de no sólo estudiantes, sino de los humanos, de los valores y la moral. Trataron de lavarle la cabeza a la sociedad y ésta no se daba cuenta de lo que en verdad estaba pasando. Claudia siempre estuvo presente en todas las luchas, ella era especial. Participó y dirigió junto con otros todas las movilizaciones por el boleto estudiantil, siendo que vivía a dos cuadras de la escuela y no le hacía falta la plata para viajar en bondi, pero lo hacía por tantos compañeros que rasqueteaban los bolsillos de esos guardapolvos blancos para juntar un par de monedas que pagaran el pasaje en colectivo.
Los días que sucedieron a los secuestros fueron amargos, tristes, sin consuelo. Los más jóvenes de la agrupación continuamos reuniéndonos en puntos acordados de ante mano y tratando de contactarnos con chicos de otras escuelas y agrupaciones para evitar lo que se estaba dando. Hubo más desapariciones, desinterés por parte de los directivos escolares que no estaban “seguros del todo” en cuanto a la información sobre las detenciones, locura y desesperación por doquier y horarios en los que salir a la calle era prácticamente imposible.
Mi prima junto con María Clara, Horacio, Daniel, Panchito y Claudio de Acha, entre otros, fueron detenidos en lo que más tarde se conocería como el centro de clandestinidad Arana y con posterioridad mandados a "El Pozo", dependencia policial de Banfield, donde los fusilaron en el subsuelo de la Jefatura de la Policía Bonaerense, de calle 2 entre 51 y 53.
Y el 21 de septiembre se nos vino como a un lago le llega la lluvia, no lo sentimos, no podíamos pensar en festejar mientras nuestros compañeros estaban siendo torturados y quien sabe, asesinados. Las fiestas se suspendieron, no había ánimo de festejar.
Ese día-más tarde lo sabríamos- el joven Pablo Díaz, militante de la juventud guevarista, había sido detenido en el N° 435 de la calle 10, secuestrado por ocho hombres uniformados y agredido por cada contestación o pregunta que hacía. Lo llevaron al mismo centro de detención en donde estaban los demás. La jaula se había completado. Intentaron sacarle datos, nombres, lugares, pero él no decía nada; aguantó cada maltrato, cada burla, y así conoció a mi prima. Gracias a él supimos cómo fue su estadía allí, cómo estaba, los saludos que nos mandaba. Seguía siendo esa muchachita dulce que unos días antes del incidente me había estado ayudando con las florcitas; ahora son tan sólo pedazos de papel con el aroma de sus manos.
Los días pasaron, lo amenazaron con matarlo, pero finalmente lo terminaron trasladando y hoy es uno de los tantos pero a la vez pocos sobrevivientes de tan cruel genocidio.
No había noticia alguna de los desaparecidos, hasta aquel día que vino mi tía y nos lo dijo. Claudia había sido asesinada. Nuestros mundos se derrumbaron, pero hay algo que nunca voy a olvidar, y es la cara de mi tía Nelva. La impotencia y el desgano combinados en sus ojos, el dolor de una madre y el anhelo de vengarse, y sin embargo, siempre tan fuerte, defendiendo no sólo la memoria de su hija, sino de los tantos desaparecidos en esa feroz noche.
Así como mi prima, María Clara y los chicos, Gustavo Calotti, Emilce Moler, Patricia Miranda, Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcaciano, Pablo Pastrana (militantes comunistas) y Cristian Krause -sin ningún tipo de militancia-, Víctor Triviño, de “La Legión” , Fernanda María Gutierrez (Liceo Víctor Mercante), Carlos Mercante (Colegio del Pilar ), Alejandro Desío, Abel Fuks, Graciela Torrado (Colegio Bellas Artes) y Luis Cáceres (de la Escuela Técnica), los cuatro últimos militantes del GESA (Grupo de Estudiantes Secundarios Antiimperialistas), fueron secuestrados por la depredadora dictadura militar.
Hoy, recuerdo esos días y se me eriza la piel, mis ojos llorar a gritos, mi corazón se desgarra y mis manos anhelan venganza, pero las detengo, porque ellos merecen ser recordados por sus logros, por sus actos y por su lucha. Mi venganza no va a ser igual que el accionar de esas bestias uniformadas, mi venganza la daré con la palabra, con la memoria, con la defensa de la educación. Por mi prima, por los que no están más y por los que vienen. Porque a pesar de que quisieron e intentaron quemarlos, los lápices siguen escribiendo.
Por la memoria de los chicos secuestrados, desparecidos y asesinados en 1976 durante la Dictadura Militar Argentina.
16 de Septiembre: “La Noche de los Lápices”
Aclaración: La historia es narrada a partir de un personaje inventado que ocuparía el lugar de una supuesta prima de Claudia Falcone, joven de 17 años y alumna de quinto año de la Escuela de Bellas Artes de La Plata, secuestrada, torturada y asesinada durante la Dictadura. Cualquier semejanza de este personaje con la realidad es pura coincidencia.
Editado por María Elena Sánchez a las 07:42 PM | Palabras: [ 1449 ]
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