France, Armée, Joséphine

Por FRANCINA GRECO
Me encuentro aquí en esta insignificante celda en la que mis enemigos han determinado, se estancaría mi destino, en esta pequeña isla: Santa Elena. La muerte me acecha, mi estómago esta cada vez más deshecho por el cáncer que ha contraído. Debería reposar tranquilo, y cultivar la paz en los últimos días de mi vida, pero la imposibilidad de regresar a mi patria y de allí ser enterrado cuando fallezca me carcome la conciencia y me impide reposar, aún guardo rencor por aquellos que hicieron que mi vida no finalizara con la dignidad correspondiente a un Señor, a un emperador. No consigo borrar de mi cabeza aquellas imágenes que repiten como una película sin fin, como mi cuerpo y mente percibían a la sobriedad, nobleza y fortaleza dignas de un caballero escurrirse entre mis dedos por esa desacertada batalla que consagró mi fin, mi desgarro.
Son estas las memorias que rondan en mi entendimiento cada vez que mi mente ya cansada evoca aquellos momentos en los que mi dignidad comenzó a flaquear y me abandonó finalmente postrado en este lecho:
Corría el año 1815 cuando el triunfo me coronaba una vez mas como el mejor, regresé a Francia tras derrotar a las tropas que como siempre, tras un intento vano, ansiaban capturarme. Marché sobre París indicando y convenciendo a todo aquel que me viera que estaba en presencia del ser más extraordinario del universo. Regresaba luego de mi exilio en la isla de Elba y un nuevo plan llegaba entonces a mi majestuosa cabeza, el de invadir los Países Bajos, donde las tropas de la coalición se reunían para derrotarme. De esta manera se desdoblaría la peor vergüenza de mi historia, y lo que luego llevaría a mi fin, “la Batalla de Waterloo”. Mis recuerdos son tan vagos, quizás por mi resistencia a recordar ese instante que llevó a mi caída. Pero persiste en mi cabeza, como una aguja que punza cada vez más fuerte, el momento en el que la caballería francesa fue efectivamente destrozada. Ya nada me quedaba por hacer, cuando decidí empeñar mi última reserva, la hasta ese momento invencible Guardia Imperial.
Después de marchar a través de una niebla de balas, mis soldados marchaban demasiado confiados, y sin siquiera imaginarlo 1.500 Guardas Británicos se protegerían de nuestra artillería. Levantándose todos a la vez, devastaron a la atónita Guarda Imperial con barridos de fuego a quemarropa. La Guarda Imperial, por primera vez en su historia, retrocedió en desorden y caos. Mis soldados ni hicieron más que huir como ratas de alcantarilla, lo que determinó mi definitiva derrota. Tras la victoria en Waterloo las tropas aliadas comenzaron a buscarme. Pasaban por mi cabeza millares de cosas, pero la huida era cada vez mas complicada, e imposible, ya no contaba con el apoyo de mi pueblo para lograr escapar, y en el fondo sabía que debería enfrentar la realidad y morir como un digno caballero a tener que pasar el resto de mi vida escondiendo mi cara y olvidando mi nombre.
Finalmente, luego de varias luchas con mi conciencia decidí rendirme, y entregarme a las tropas, concedía en sus manos mi destino y mi energía, ya no quedaba ningún vestigio de esperanza en mi ser. Sólo la idea de que mi nombre transcurriría a lo largo del tiempo y formaría parte de la historia me liberaba del pensamiento incesante de quitarme la vida, pero yo no debía morir como un cobarde. Mi fortaleza debía permanecer intacta hasta el último segundo de mi vida. La fecha en la que se dictó mi exilio permanece aún incólume en mi memoria, fue el 26 de julio de 1815, el momento en el que arrancaron de mi ser toda posibilidad de regresar a mi tierra, y volver a ver a mi patria, y me trasladaron a la isla en la que aún me encuentro, tan solo y privado de mi libertad. Ya nadie me recuerda y la muerte resulta ser ya mi única opción, mi única salida a tanto sufrimiento y desarraigo.
Hoy me encuentro aquí, tan solo y abandonado, que me cuestiono constantemente el valor de mis acciones, mi defensa a la patria. Son esos días de gloria, de mi Francia Napoleónica los que me ayudan a subsistir, los que me ayudan a comprender que un héroe debe morir de esta manera. Mi memoria prodigiosa e inigualable lucidez, ya no me acompañan, son pocos los detalles que logro reconocer y percibir de todas aquellas batallas que conquisté, donde nada dejé librado al azar, donde jamás consentí que alguno de mis soldados o ayudantes improvisaran, pero batallas que finalmente llevaron a mi ocaso y caída.
Aún permanece indemne mi hambre de gloria, y moriré con la dignidad que al momento me acompañe. Vislumbro que muchos han considerado mi persona como la de un dictador opresivo, y me han responsabilizado por la muerte de muchas personas, pero esas no son más que blasfemias que intentan difamarme y ensuciar mi nombre. Cada batalla fue librada por el honor, el honor de pertenecer a esa patria, mi patria, que finalmente me ha abandonado y subyugado a manos enemigas.
En mi testamento manifiesto mis deseos de regresar a Francia y allí ser sepultado, tan sólo ansío con todas mis fuerzas, que estos hombres que me tienen aquí encerrado sean salpicados con una gota de algo que yo nunca tuve, pero que hoy me permite comprender a todo aquél que la imploró: piedad.
Vivo mis días sin arrepentimientos, vivo orgulloso de haber sido quién fui y ni mis enemigos ni la justicia Divina sentenciarán mi fin, mi existencia permanecerá viva, en esa Francia que en algún momento, bajo mi imperio, conoció la grandeza y el honor.
Editado por María Elena Sánchez a las 09:04 PM | Palabras: [ 950 ]
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