El Fin


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Por JULIA DONNELLY

Marte, año 210

Lo más importante era reparar la esclerosis sentimental que nos invadía. Algunos más que otros, pero todos sintiendo un inefable sabor a vacío, a desconsuelo letal.

La fortaleza no era muy grande y cabíamos alrededor de cincuenta. Llevábamos tres días alimentándonos a base de insectos y hierbas, como siguiendo un itinerario de guerra que podía o no convertirse en ley. Pero hablar de ley era lo mismo que sumergirse en un abismo tan insondable y oscuro como los ojos de Marcos. Que me miraban entre irascibles y fatuos, cansados de tanta miseria.

Todos sabíamos que se acercaba el fin. Y mientras escuchábamos las explosiones cada vez más fuertes, un arrepentimiento y una angustia mal disimulada nos iban consumiendo.

¿Cómo llegamos a esto? preguntaba mi conciencia inconciente, al tiempo que uno de los más ancianos repetía algo así como: “Es imposible… sencillamente imposible. Para el fin del mundo faltan millones de años, esto no puede estar pasando…”. Pero de hecho pasaba. Y de una manera tan cruda y real, que la debilidad del cuerpo no era nada en comparación con el desgaste del alma.

No recuerdo exactamente cuando abandoné por completo la idea de sobrevivir. Solo sé que me agazapé en un rincón más áspero que el olvido, y esperé. Marte se está rompiendo, y yo me muero con él. Eso era todo, la pura definición.

Al sexto día llegó la nave. Para entonces ya me había rendido antes de tiempo, emblema del fracaso, retrógrada sin rumbo, soñador compulsivo. Nada importaba demasiado o todo importaba muy poco. Ellos no iban a entenderlo. Buscarían subsistir eternamente sin aceptar que la ferocidad del hombre era su principal enemiga.

La gente comenzó a amontonarse, empujándose unos con otros. Las bombas y los gritos formaron un solo sonido, y nunca más volvió el silencio. De a poco fuimos quedando menos; y mientras todos corrían enloquecidos Marcos se acercó y se sentó en frente mío. ¿Cuánto tiempo llevaba con los ojos como mares entumecidos? No podía saberlo. Lo cierto era que ya no sentía ni mis huesos y lo más doloroso era cruzar mirada con el Marcos herido. El Marcos impotente. “¿Existirá el dolor después del dolor?” me preguntó con voz quebrada.

Lo demás pasó muy rápido. Las puertas de la nave se cerraron y todavía había personas que querían entrar. Otro sutil egoísmo servido en bandeja. Resultaba casi gracioso ver como la ambición que nos llevaba a esa destrucción, les permitía todavía a algunos pensar en que la felicidad tenía que andar por ahí cerca. ¿Qué esperaba encontrar aquella civilización en otro planeta? Al fin y al cabo siempre serían hombres, nunca acabarían las guerras, la historia iba a repetirse. Sea en Marte, o en cualquier lugar. escribió Marcos en el suelo. Y era cierto. Nuestro mundo estaba explotando definitivamente y nadie iba a sobrevivir a la Gran Guerra.

Vi cómo la nave despegaba y tomaba rumbo hacia aquel planeta inexplorado. Les esperaba un largo viaje antes de pisar territorio firme. Pero en el fondo no tenía sentido esa manía de querer seguir viviendo. La vida no era más que el vestíbulo de la muerte, y nuestro turno había llegado.

creí escuchar que Marcos decía.

A partir de ahí, no paró de llover. Todo se volvió una cortina amarilla, y en la eternidad de esa lluvia, derramé una lágrima. ¿Existirá el dolor después del dolor? Por supuesto que no, lo demás no es nada.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 25 de Septiembre de 2006
Editado por María Elena Sánchez a las 06:40 PM | Palabras: [ 575 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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Comentarios

muy pero muy bueno!!!!!!!! me encanto.

Publicado por: marcelo seisas Septiembre 28, 2006 8:58 PM
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