¿Conoces al señor Otis?


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Por SEBASTIÁN ISLA

Una voz ronca quebró el impenetrable silencio de la noche rosarina. El brillo de las estrellas y la luz de la luna eran los únicos testigos del encuentro entre dos hombres que, uno por temor y el otro por la fascinación que le infundía el río, no se miraban a los ojos.

- ¿Conoces al señor Otis?, pregunto el hombre de la voz ronca.
- Lo conozco, respondió el hombre más joven.
- Háblame de él, entonces.
- Un señor extraño o, mejor dicho, extravagante y....
- Eso no me interesa. ¿No sucedió nada fuera de lo común?.
- El señor Otis me prometió un viaje inolvidable.
- Cuéntame con detalles, amigo mío. No te preocupes por el tiempo, el tiempo camina, es verdad, pero depende de nosotros la velocidad con que lo haga. No amanecerá hasta que nuestro encuentro concluya.

La melancolía y la nostalgia brillaron en los ojos del joven que, para rememorar cada segundo de lo vivido, levanto su mirada y observó a la estrella del brillo más intenso. Inmediatamente, las palabras del chico comenzaron a dibujar imágenes en medio de la calurosa noche rosarina:


- Ese día me encontraba deprimido, muy deprimido. Caminaba sin saber a donde iba, miraba sin ver. Me preguntaba por el sentido de mi existencia. De repente, un hombre pequeño me tomó del brazo y me alejo de la multitud. Me quería obsequiar un viaje que, según sus palabras, sería inolvidable. Pensé que se trataba de un estafador o de un simple ladrón. Sin embargo, me dio una llave y me señalo una pequeña puerta. Movido por una gran curiosidad, atravesé la puerta y, segundos después, la sorpresa. Una luz brillante que me impidió ver dio lugar, luego, a una total oscuridad.

El señor de la voz ronca sonrió y, con un leve movimiento de mano, le indico que continúe con el relato. El chico prosiguió:

- Estaba parado en medio de una calle de tierra. Mi reloj no funcionaba. No sabía que hacer, no conocía nada ni a nadie. “Espléndida construcción” fue lo que me grito un hombre de traje, mientras señalaba La Bola de nieve. Aunque sea difícil de creer, es cierto. La Bola de Nieve, ese tan característico edificio de la ciudad, se elevaba majestuosamente. Carrozas y carruajes circulaban lenta y permanentemente. Mujeres de vestidos suntuosos y de sombreros pintorescos observaban las vidrieras de la irreconocible calle Córdoba. Entonces logré comprender. El tiempo había retrocedido. Me encontraba viviendo, según supe después, en el año 1930. ¡Podía hacer turismo en la ciudad de Rosario de los años 30!.

El hombre de la voz ronca lo miró por primera vez a los ojos. El chico sintió miedo y, para olvidarse del temor, continuó narrando:

- Visité lugares dispares y asistí a fiestas más dispares aún. Conocí el Jockey Club, en compañía de los Castagnino. Recorrí las salas de cines y forme parte del público ruidoso de los teatros pioneros. El cine Varieté San Martín, por ejemplo, que daría lugar con el tiempo al hoy complejo de cines Monumental. . Divisé el antiguo edificio de La Favorita. Saludé a las mujeres que, acompañadas por sus madres, tomaban café en el París Bar, de Entre Ríos y Córdoba. Me hice presente en el Savoy Hotel, completamente ocupado por inmigrantes.

El chico guardó silencio unos segundos, suspiró y dijo:

- Pero lo más emocionante fue recorrer esos barrios con olor a tierra húmeda, esos conventillos que son el reflejo mismo de nuestra sociedad, con la mezcla de culturas presente en el interior de sus paredes. Escuché la leyenda de Madame Safo, la dueña del burdel más conocido del barrio Pichincha, hoy convertido en un hotel. Y, para concluir mi viaje, me alegre en los carnavales, en esos añorados carnavales que supieron coronar a Alfonso Alonso Aragón, un rey proclamado en broma que se convertiría en leyenda urbana.

El hombre de la voz ronca dijo:

- Es verdad, conoces al Señor Otis. Era hora que ese viejo ángel comenzará a hacer su trabajo.

Cuando estas palabras se extinguieron, el hombre desapareció y el sol se asomó anunciando que un nuevo día comenzaba.

Un nuevo día en la ciudad de Rosario, en el año 2006 –dijo el chico. Y agregó:

- Lo bien que le haría a la gente dejar el celular, olvidarse de Internet, apagar la televisión. Sería hermoso que aprovechemos el tiempo. Tendríamos que dejar de ser simples engranajes de una máquina mortal y volver a valorar al barrio, a la calle,....A LA VIDA.

El chico abrió un ejemplar de la revista Caras y Caretas correspondiente al día 5 de septiembre de 1930 y se alejó lentamente.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 23 de Septiembre de 2006
Editado por María Elena Sánchez a las 10:34 PM | Palabras: [ 761 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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