Yo, murguero

AGUSTÍN SHCOLER
Todo empezó hace alrededor de 7 años, yo exactamente tenía 11 años. Era verano. Había logrado hacer valer mi voluntad sobre la de mis padres de no asistir a colonias de vacaciones, con la gran justificación de que era gobernado durante los 9 meses del año lectivo por profesores y no deseaba ser un sublevado los otros 3 restantes. Fue uno los más importantes logros sindicales de mi infancia.
Pero lo cierto era que, aunque me encontraba contento por mi obtención, me aburría bastante. Ninguno de mis amigos poseía experiencia sindical y los que no estaban de vacaciones, estaban bajo las órdenes de algún represor con titulo de maestro.
Pasaba muchas de las tardes en la casa de mi abuela, y no eran demasiado recreativas, de hecho el principal atractivo era la televisión por cable. También iba a un club, en el que, por haberme quebrado un dedo del pie al patear un bloque de cemento jugando al fútbol, no podía practicar demasiadas actividades.
Resumiendo, no hacía nada.
Para colmo, las cosas se habían empeorado. En una de las recurrentes visitas al médico para ver el estado de mi extremidad, el profesional se dio cuenta de que me había mojado con una manguera todo el verano en vano, el yeso que yacía en mi pierna no cumplía ninguna función. Me informó que me lo sacarían a la brevedad, pero que no podía meterme al agua ni realizar ningún tipo de actividad que provoque algún movimiento en el dedo. Esa tarde, en un ataque de ira me saqué el yeso con un cuchillo.
El verano por el que tanto había luchado se desplomaba a mis pies (o por mi pie). Poco a poco los dibujos animados se tornaron repetitivos. Mi estado de ánimo decayó drásticamente.
Esa tarde ni se me cruzó por la cabeza que lo que iba a hacer me cambiaría la vida en tal magnitud. Mi mamá en un esfuerzo por animarme me llevó a un taller de murga al que ella asistía.
¿Murga?, ¿Qué carajos era eso?
Fui, como buen escéptico, sin ningún tipo de expectativas. Pero, ¿que podía perder? Recuerdo que tomé aquel colectivo en calle Catamarca entre Presidente Roca y España. Tardó una infinidad de tiempo.
Al acercarnos al centro cultural del parque Alem, lugar del encuentro, sentí por primera vez aquel sonido tan particular ¿Qué era? Sonaba como un conjunto: un sonido sumamente grave y uno sumamente agudo. Algunos minutos después, me enteré de que era un bombo con platillo.
Al integrarme al grupo de tallerístas conocí a los dos coordinadores. Dos tipos sencillos, agradables. Seguía sin darme cuenta de lo que estaba pasando. Aquellas dos personas estaban a punto de dar un vuelco a mi vida, y yo taciturno, casi obscenamente desinteresado. Mis ideas sobre la vida estaban por dar el primer paso hacia un camino sin fin, y yo ajeno, mirando hacia quien sabe qué lugar, pensando en quien sabe qué cosa.
En un instante todo cambió, uno de los coordinadores me llamó la atención: “He cabezón, vení, sumate, estamos aprendiendo a bailar”. Yo lo miré con cara de desconfianza. ¿Yo, un chico, aprendiendo a bailar?, pero al ver que no era el único me sumé. No se bien que fue lo que pasó en ese momento pero después del primer salto ya no pude parar. En ese momento la sangre comenzó a correr de manera diferente por mis venas, mis cromosomas cambiaron de orden. Ya no tenía regreso. Un simple salto, una acción, dio vuelta todas mis concepciones de lo que podía llegar a ser mi futuro. Comencé a flotar.
Si fuese un cineasta supongo que la previa a ese primer paso la hubiese mostrado en cámara lenta, con música pausada y ascendente.
Ha, aclaro que fue con mi pierna izquierda. Que se encontraba en perfecto estado.
En consecuencia de todos estos hechos, no solo asistí a todo el dictado del taller, sino que fui uno de los impulsores de la idea de que el grupo no se separara después de que los coordinadores nos abandonaran.
Si, sí, habíamos formado una murga. Sin tener una gran noción de lo que hacíamos, decidimos continuar. Pero los cambios en mi, inconscientemente, se seguían dando.
Recuerdo que al comenzar era un asqueroso fundamentalista del rock and roll. Mis escuchas musicales diarias se remitían a todos los discos de “Los Redondos” y algún que otro tema de los Rolling Stones. Pero un día cualquiera, sin darme cuenta, me encontré saboreando un disco de Jaime Ross. No lo podía creer, no tenía guitarras distorsionadas, pero me gustaba.
Así se fue dando, paulatinamente, mi cabeza se fue abriendo, ampliando.

Al año siguiente, ya estaba anotado en la escuela provincial de música, amaba a Astor Piazzolla y un viejito de la habana vieja me estremecía el estomago, Compai Segundo. Me convertí en un obsesivo, dejé el kiosquito de mi barrio por los palillos y las partitura. Las tardes de fútbol en la vereda de mi casa, por clases de audio perceptiva. Los fines de semana con mis amigos, por los ensayos. En muy poco tiempo había mutado, era otro, y lo disfrutaba. Demasiado.
Casi por inercia, un día dejé el baile y me hice cargo de uno de los instrumentos, me lo adueñé, hasta el punto en que hoy lo considero un viejo amigo al que añoro a diario. Tosco, grandote, bastante feo, pero lo cierto es que inclusive el día de hoy, cuando lo toco, lo siento parte de mi cuerpo.
En la actualidad ya no pertenezco a este grupo, como los caminos de la vida me acercaron a él, también me alejaron.
Pero nunca me voy a olvidar de ese lapso de mi vida, tal vez el más importante hasta ahora. Lo que soy hoy en día es consecuencia directa de lo que me pasó en todos esos años. Me culturizó. Porque la murga me modificó, me mutó.
Editado por María Elena Sánchez a las 08:24 AM | Palabras: [ 982 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
Enlace permanente | Comentarios (1)
quiero ir a la murgaaa y no logro encontrarla ! como me contacto con alguien!
Publicado por: carolina Mayo 26, 2007 9:36 PM



