Mueca del destino

Por Lautaro Pigini Rivas
Esa noche estaba más húmeda que ninguna otra, la transpiración mía y de Martin comenzaba a empañar las ventanas de esa pequeña habitación. El nerviosismo que transmitíamos ambos era tan denso que se podía palpar en el aire. Entonces, cuando estábamos batallando con el lápiz y el papel, entró el asistente de Martin. “¿Cómo que todavía no armaron el discurso, mañana va a ser el día más glorioso para nuestra raza y ustedes no tiene nada todavía?”.
Así como nos gritó velozmente eso, se esfumó por la misma puerta por la que había entrado. Quise descontracturar el ambiente un poco, entonces, le dije, muy tímidamente a Martin, no le hagas caso, todos estamos muy nerviosos y lo manifestamos de diferentes maneras.
“Pero eso no es importante, lo importante es que tenemos un discurso bárbaro pero todo en borradores, estamos condenados al fracaso” me confesó Martin mientras lagrimeaba lentamente pequeñas gotas cristalinas que se escondía bajo una tristeza incontenible.
Fue entonces que le propuse a él que pospusiéramos el discurso, lógicamente la negativa fue rotunda. Me dijo que ya no había más tiempo para prorrogas, el futuro era hoy y los acontecimientos históricos no se pueden cambiar por la simple decisión de un solo hombre.
Justamente cuando el terminó de hablar lo interrumpí y le dije: Me parece perfecta la fuerza interna que fluye de vos, pero no doy más, ¡tengo un sueño!.
En ese preciso instante Martin Luther King me “arrebató” la pluma de mis manos y comenzó a escribir por horas y horas. La velocidad con la que escribía era tenebrosa, hasta llegué a pensar que escribía una carta de renuncia, pero no, tres horas después terminó de armar lo que sería el discurso más valioso para toda la raza negra del mundo.
Después de que Martin me entrego el discurso para leerlo salimos del cuarto. Atravesando esa puerta encontramos a todos los asistentes del señor King, todos quedaron atónitos por el discurso de él. Todos se sintieron identificados con el maravilloso texto que había producido este gran hombre.
Pero mi capacidad de asombrarme no había terminado; Martin me agradeció públicamente, al otro día, en el medio de su discurso, diciendo:”Este discurso no se podría haber desarrollado sin la intervención de mi secretario personal Forrens Morris”.
Así, entonces, tuve que vivir toda mi vida una gran mentira que era la de aparentar ser un gran escritor.
En este manuscrito dije toda la verdad de todo, para poder, por lo menos, descansar en paz.
Editado por María Elena Sánchez a las 08:05 PM | Palabras: [ 418 ]
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