La Mano

Por Alejandro Panza
Los singulares sucesos que voy a referir en este relato ocurrieron en el crudo invierno de 1930 en los edificios de la facultad de medicina de la ciudad de Rosario.
Comenzado el mes de junio, las autoridades del establecimiento decidieron contratar a un sereno para que vigile la facultad por las noches y a Juan Arcaldiz le cayó en suerte un nuevo trabajo. Las primeras noches se la pasó contemplando toda la gran estructura del húmedo edificio.
La facultad a esas horas tenía una atmósfera densa y de aspecto fantasmagórico. De sus altos techos se desprendía una sombra que se derramaba en todo el lugar y el edificio en conjunto daba la impresión de un gigante mudo que contemplaba las cosas con temor.
En sus recorridas el sereno fue descubriendo grandes dispensarios llenos de drogas, los sótanos de la morgue y otros tantos lugares lóbregos, pero de todos los lugares, uno atrajo particularmente su atención.
Era una gran habitación llena de partes humanas que evidenciaban alguna enfermedad, conservadas en frascos con formol. Había pulmones virulentos, corazones dilatados y hasta un cadáver entero que mostraba un sarpullido en toda su piel, cada una con un cartelito que informaba la enfermedad correspondiente y hacía una breve alusión a las drogas indicadas para tratarlas.
En un rincón oscuro del muestrario se encontraba el objeto que iba a robar todos los pensamientos del Juan en el futuro. Se trataba de una hinchada mano de grandes proporciones, que flotaba en el sucio formol.
Interminables noches se sucedían y la hinchada mano cerraba el puño sobre la mente del sereno. Lentamente Juan se fue consumiendo por la idea de si quisiera, podría tocar la mano.
En una noche particularmente húmeda cedió a la tentación y sacó con cuidado el vidrio del muestrario que protegía los recipientes y sin esfuerzo destapó el frasco. Con las sombras como testigos sumergió el dedo e hizo contacto con el contenido del recipiente. En ese momento sintió un escalofrío que corrió como un relámpago por su espalda. Sabía que de alguna forma, la terrible enfermedad que contenía la mano se había mantenido latente y ahora había conseguido saltar a su próxima víctima. En una sacudida, sacó la mano y tiró el frasco por el piso. Empezó a gritar y momentos después logró controlarse. Tenia que pensar. Tenía que encontrar la forma, la solución. Y finalmente vio el camino. Leyó que en el cartelito que estaba debajo del frasco decía que la enfermedad era rápida y fatal y que podía tratarse con una droga específica.
Luego de un momento de desesperación se impuso el instinto de supervivencia y se dio cuenta de que su única alternativa era la de encontrar la droga en el edificio y suministrársela el mismo.
Corrió por los pasillos hasta el dispensario y con locura empezó a buscar un frasco entre mil frascos. No tenía mucho tiempo y los frascos eran todos iguales. Un tiempo después, cuando ya estaba exhausto escuchó un ruido que venia del pasillo. Su mente recorrió todas las posibilidades y no encontró explicación. Estaba totalmente solo.
El ruido llegó hasta la puerta; ésta se abrió y, con un espasmo de horror, vio que el cadáver que antes dormía en su ataúd de formol ahora se le acercaba arrastrándose. En vano trató de alejarse, de correr. Aquel cuerpo virulento se encontraba ya a la altura de sus piernas paralizadas.
La enfermedad había asestado su toque maestro. Las alucinaciones se encontraban entre sus síntomas más agudos y eran presagio del final.
La enfermedad tocaba ya su último acorde tenebroso y sumió al cuerpo del sereno en espasmos continuos.
Juan Arcaldiz luchó hasta su último estertor contra su alucinación; minutos después la rigidez cadavérica fijó la cara de la desesperación en su rostro.
Editado por María Elena Sánchez a las 09:17 AM | Palabras: [ 628 ]
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