Indecente diáfano amor


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Por Hector Nahuel Marvulli

Afuera el Sol comenzaba a ceder ante el peso que infundía lo obscuro, con un comandante argento cambiante e inseguro, a veces radiante y a veces oculto. En el interior, donde las almas perdidas cumplen el perdón aprisionados por tiempos infinitos, el esposo habla con su mujer como nunca lo hizo cuando no tenía restricciones. No se dan cuenta, pero están escribiendo una historia que empieza embebida en amor, proseguida por la demencia, y ultimada en una infamia, que atentó, incluso, contra ellos mismos.

- Te repito Eve, tienes que comer y hacer las cosas que antes hacíamos juntos. No te dejes sucumbir ante la desgracia, esa vil criatura que amenaza impávidamente a las personas que buscan inocentemente atraerla- decía mientras observaba la figura de su esposa, terminando en sus ojos.

- Desgracia originada a partir de los actos de quienes osan ahora apartarla- acotó Evelín enjugándose las lágrimas que aún hasta ahora resbalaban por sus mejillas, y prosiguió-. Aunque tenés que saber que hace unos días limpié y renové el jardín, y planté rosas.

- Rosas… Hace tres años que no huelo el aroma de una flor.

- ¡Oh! No te preocupes, no te pongas sentimental, que no me gusta verte así.

- ¡Pero si has estado llorando hace cinco minutos!, como lo haces siempre- respondió sorprendido.

- Vos sabés que a mí me gusta llorar, pero no resisto verte a ti llorar por pequeñeces de la vida.

- ¿Qué es entonces lo que hace a la vida?

- El amor, Gabriel- contestó con la voz más dulce que oídos antes hayan escuchado.

- Quizá tengas razón- pensativo continuó-. El amor… esa capacidad de ver en tu rostro lo que tu rostro vé en mi, y volver a verte, y disfrutar de ello.

Hubo una pausa. Ambos se tomaron las manos, y otra vez brotaron las lágrimas, compuestas por moléculas que corren, saltan y chocan atareadas, construyendo una perfecta analogía de lo que sus vidas se habían convertido.

- Cuéntame más- dijo sonriendo.

- ¿Cómo?

-Que me cuentes que otras cosas pasan en el exterior- aclaró.

- ¡Oh, mi amor! Acontecen tantas cosas, pero no valen nada frente a ti, como lo son las palabras para quien no puede referirlas, o como lo es la música para quien no puede sentirla.

- Agradecido sea yo por haberme topado contigo- suspiró Gabriel.

- Igualmente digo. Mas ahora hay un muro infranqueable, que se mece entre lo tangible y lo intangible separándonos.

- Algunas veces hay que comprender que el amor adormita por un tiempo, sin embargo, al fin renace. Como lo hace una flor perdida y obturada entre las hojas, pero después de todo florece, y siempre será así.

Silencio.

- Como quisiera creer en Dios.

- ¿Por qué lo dices vida mía?

- Para tener la esperanza suficiente de divisar más allá de lo que la realidad humana supone, y vernos abrazados, consumando insaciables las brasas que emergen a borbotones de nuestros pechos.

- Concedería todo lo que tengo por cumplir tal maravillosa meta… Es más, sería feliz con sólo vivir del aire que exhalas- selló y aseguró en su corazón el hombre.

Una gran ventisca cortó la conversación. Por fuera, el aire, liviano y frágil en algunas ocasiones, ahora metamorfizado en masas violentas, percutía las estructuras del edificio. No había recodo al que no llegase con gran embate.

- ¡Upa! Parece que el tiempo se está poniendo feo- dijo Evelín mirando hacia arriba, como si pudiera traspasar el techo.

-Si… bah… depende. A veces quisiera ser como el viento, para recorrer con libertad lugares ignotos, sin barreras eficaces que me contengan, y sin la preocupación de que ellas me detengan.

- De esa manera ya no estarías conmigo- casi reprochó.

Se miraron, rieron, sabían lo que cada uno pensaba.

- Te extraño.

- Yo también, perdóname, no sabía lo que hacía.

Quizás siguieron hablando por horas, aunque que tal vez no. Es su elección.

Lo importante es que Evelín lamentaría toda su vida que Gabriel hubiera escapado para estar con ella, y de igual forma Gabriel, que ella se hubiera hundido en los deseos salvajes que caracterizan al ser humano, sólo para estar con él.

Estuvieron de nuevo como al principio, pero ahora, separados para siempre.

Al menos, Gabriel acabó por ceder ante el llanto.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 23 de Noviembre de 2005
Editado por María Elena Sánchez a las 07:16 PM | Palabras: [ 698 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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