El verdadero fin de Enrique VIII


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Por Lucila Resemberg

En un pueblo de Inglaterra de cuyo nombre no quiero acordarme, allá por los verdes campos, caminaba angustiado el Rey Enrique. Se cuestionaba su virilidad constantemente y la angustia comenzaba ya a acabar con su paciencia.

Hasta ese entonces había condenado a muerte en el cadalzo a dos de sus seis ex esposas, Ana Bolena y Catalina Howard, por no haberle podido dar un hijo varón. Sus recursos veíanse acabados cuando, llegado el extremo de haberse separado de la iglesia católica con el fin de poder divorciarse de su última mujer, Catalina de Aragón, no había conseguido alcanzar su más preciado fin. Necesitaba un heredero, un verdadero hombre que fuera fruto de su poder y de alguna hermosa reina.

Al Rey resultaba serle tarea muy dificultosa la de conquistar a una bella mujer dado que su fealdad y su falta de cariño y comprensión lo convertían en un monstruo para ellas, en un enano ambicioso, feo y sin corazón.

Sin más , no dudó en recurrir al brujo de Westminster y, aunque él rechazara fehacientemente ese tipo de recursos, dispuso que sería su última salvación y que nadie se enteraría de tal hecho para que no se cuestionase su firmeza.

Así fue como el brujo encontró la salida al problema. Propúsole a “Su Majestad” viajar hacia el único tiempo de todo el existente en el universo en el que existiese esa mujer bella y, sobretodo, reina, que aceptase darle un hijo a un hombre de sus condiciones.

Con hiedra y algunos ingredientes secretos creó una pócima que, combinada con descargas eléctricas lo conduciría 500 años en el futuro, hasta un país desconocido que se llamaría Chile. Allí lo esperaría la conquista de una mujer que no le sería difícil de conseguir. A ella sólo le interesaba el poder. ¡Justo para Enriquito!

Luego de varios intentos fallidos, el Brujo logró transportar al Rey, quien, sintiéndose tan desamparado en ese nuevo tiempo, ante tanta cosa rara, no pudo más que sentarse bajo un árbol en un cuadrado exacto de parque que milagrosamente emergía en el centro de un inmenso pedazo de piedra de la que también emergían inmensurables protuberancias. Algo llegó a leer en un cartel, “Plaza Santiago”. Supuso que, obviamente, ese nombre tan raro, se le adjudicaría a esa comarca tanto más rara aún.

Alguien llegó a comprender su inglés y, riéndosele en la cara por semejante vestuario, contestó a sus preguntas diciéndole que buscase a la rubia del de apellido capicúa. Lo conocían por el nombre de “Turco Farsante”, algo que al Rey le resultó muy pomposo y adecuado; ¡hasta había llegado a pensar en buscarse un título de ese porte para cuando volviera a su reino!.

Así comenzó su búsqueda, hasta que dio con la reina. Hallábase en un palacio, en una comarca llamada algo así como Anillaco, por algún reino vecino. Le rogó hasta sus últimas fuerzas que le diera su mano, le ofreció hasta su ultimo quilate para que lo aceptara y hasta le demostró de mil maneras que él podría ser el hombre más feo, vil, poderoso y ambicioso del mundo. Pero no, la Reina , firme en sus decisiones, se negó rotundamente a unirse a él. Juraba y perjuraba ya haber encontrado a un hombre que lo doblaba en sus condiciones, un hombre insuperable, incorruptible en su corrupción; el Rey Carlos había conseguido derrotar todas sus esperanzas, nadie podía ser peor que él, había llegado a estafar a un reino entero.

Enrique, harto de su lucha, convencido de su derrota, decidió acabar con su vida, morir como un cebollita y olvidar a su heredero y a su más preciado amor, la hermosa Cecily Bouloch.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 03 de Noviembre de 2005
Editado por María Elena Sánchez a las 06:53 PM | Palabras: [ 610 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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Comentarios

GENIAL LU !!!! Esta muy bueno el cuento. Me parece genial que hayas metido a tal " chanta", describiéndolo como lo que realmente es. No se me habría ocurrido tremendo episodio, jajaja. FELICITACIONES...

Publicado por: CINTIA ROSES Noviembre 5, 2005 6:46 PM
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