El designio del Río Paraná


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Por María Guillermina Rondari

Desde lo que paso ese dia, las cosas cambiaron. Mis cosas cambiaron. Después de lo que vi, comencé a mirar la vida desde otro ángulo. Comencé a creer en la fuerza de la naturaleza, en la presencia de algo superior a nosotros, los humanos, que nos maneja a su antojo, de acuerdo a su designio. Y esa mañana , la naturaleza le marco el destino a ese extraño hombre, siempre con su trompeta entre ambas manos. Ese personaje, ya conocido por todo el barrio, emanaba mucha curiosidad y fue, este sujeto, el que sufrió las demandas que la naturaleza impone a aquel elegido, de quien se apodera, como lo hace un niño con un juguete nuevo hasta fastidiarse. En fin, anterior a esta experiencia que viví, era un tipo común, que me ganaba la vida de la pesca, de la cual obtenía algunas chirolas para comer al mediodía y, si alcanzaba, para la cena también. Todos los días, bien temprano, antes de amanecer bajaba el bote al agua para, ni bien salieran los primeros rayos de luz, aprovechar el momento en que los peces están mas cerca de la superficie para alimentarse. Igualmente, se pesca mas o menos, de acuerdo a la rotación lunar. La cuestión es que, un dia como cualquiera, común, desaté la soga que une el bote a la columna de mi humilde rancho, subí a él y la corriente del río se encargo de decidir el rumbo que tomaríamos.

Todo estaba sereno, hasta que un sonido musical envolvió mi bote. Jamás había oído una melodía tan atrayente y pacificadora pero, al mismo tiempo, tan triste y melancólica. Era tal la atracción que ejercía, que hasta la balsa parecía moverse buscando el punto de donde la melodía provenía. Luego de un rato, alcancé a distinguir sobre la orilla del río, a una persona con una trompeta. No hace falta aclarar que de allí provenía este armonioso sonido del que les hablo. Lo que me llamó la atención es el hecho de que el bote ahí se detuvo, como si algo lo estuviera imantando. Sin embargo, debido a que me sentía en un estado de sosiego, no opuse resistencia a permanecer en ese lugar, así que posicioné el cuerpo mirando hacia el trompetista. Estuve un buen rato, hasta que, repentinamente, el músico dejo de tocar y comenzó a gesticular: agitaba fuertemente las manos y , por lo que alcance a distinguir, parecía como si hablara. A todo esto, yo solo me remitía a observar. Al instante, el individuo tiro unas hojas al río, que se encargo de tragar como una esponja absorbe el agua. Paso seguido, gira repentinamente y desaparece entre los árboles que cubren el parque España. Sinceramente, en un primer momento, no me pareció algo fuera de lo normal teniendo en cuenta el mundo en que vivimos. Pero, este suceso se repitió exactamente igual al siguiente dia, al dia siguiente del siguiente dia y así transcurrió una semana, dos semanas; la tercer semana ya era tema de debates, conjeturas y charlas entre los pescadores de la zona y los vecinos del barrio.
Sin embargo, era yo el que tenia el privilegio de escucharlo y la desdicha de observarlo solitario, dialogando con el agua; parecía como si el río también le hablara.; o, tal vez, solo interrogaba a su otro yo cuando se veía reflejado en el agua. Quien sabe. ¡Se corrían tantos rumores sobre su vida!; pero lo único que se conocía ciertamente de él, era su nacionalidad francés, que se hospedaba en el hotel Britania de Rosario y que su nombre era Debon Jean Frederio. Su aspecto físico era mas bien regordete, cachetón, de un metro setenta de altura.
Debo confesarles que nunca tuve valor para acercarme con la barca y entablar una charla; en realidad, él ya conocía mi presencia como yo la de él. Además, su figura misteriosa me contenía de hacerlo.
Pero un dia todo se acabo. Así de inesperada resulta la vida. Esa mañana no se diferenciaba de las demás. Solté el bote bien temprano, dejé que la corriente me guiara hacia el lugar donde siempre se hallaba el ya conocido trompetista, mientras la caña de pescar esperaba la asechanza de algún pez. El francés estaba allí, como de costumbre en estas semanas. De todos modos note que algo andaba mal porque, desde el principio, sentía la ausencia de esa compañía melodiosa que seguía a mi barca. Con solo verlo, percibí en él, un cierto grado de alteración. De hecho, no llevaba consigo aquel instrumento que ya era como una extensión de sus manos, era un órgano mas de su cuerpo, y eso no era una buena señal. Lo que si hizo, fue arrojar esas hojas al río, que, por cierto, nunca pude determinar de que se trataban esos papeles. Esta vez, solo se dedico a dialogar con el río, de tal manera, que parecía que el Paraná era su fiel confidente, cómplice o consejero. Repentinamente, el francés se quedo inmóvil y su rostro reflejaba serenidad. Al mismo tiempo, el agua comenzó a girar sobre un punto, muy cerca de la orilla, bien frente al trompetista. De pronto, ese pequeño remolino comenzó a tomar la forma de una ola y empezó a elevarse lentamente. Lo mas curioso es que el sujeto seguía ahí parado, veía lo que estaba ocurriendo pero permanecía quieto, relajado, sereno. Estoy seguro que el se esperaba lo que iba a ocurrir en unos instantes. Cuando la ola alcanzo una altura de algo de 6 metros, cubrió al trompetista, lo introdujo en su torbellino y lo hundió. A todo esto, mi reacción fue, justamente, la de no reaccionar, es decir, estaba completamente paralizado, perplejo, asombrado, ni siquiera fui capaz de huir. Así quede por un largo rato, buscando mentalmente alguna explicación a esto que no fuera lo que vi: estaba soñando, estaba borracho o estaba dormido y fue fruto de mi imaginación.
Ese dia volví a casa e hice como si nada hubiese pasado. Al dia siguiente, ya varios pescadores habían notado la ausencia del trompetista, y mi único comentario fue: “ La voluntad de la naturaleza lo llevo a lo profundo de río Paraná”. Acto seguido, di media vuelta y me fui.
Esa misma tarde, cayó la policía a la puerta de mi casa diciendo: -¿señor Omar Gómez?, nos tiene que acompañar a la comisaría para declarar-. Y eso fue lo que hice, dije lo que mis ojos alcanzaron a ver pero fue imposible describir lo que tuve la gracia de percibir emocionalmente.
Actualmente, salgo a pescar y cada vez que un pez queda atrapado en el anzuelo, viene acompañado también de una hoja, una partitura de esas que usan los músicos para componer sus melodías. Realmente, no se si será un mensaje del trompetista, un regalo de la naturaleza o alguna especie de señal del destino; pero, por las dudas, voy guardando cada papel que queda prendido a la caña. Es al único pescador que le sucede esto, por ello, nadie cree esta historia, pero mientras mas transcurren los días, mas creíble se convierte, por el hecho que las investigaciones, que prosiguieron a la denuncia de su desaparición, terminan siempre en un callejón sin salida. Después de intensas búsquedas tanto en el agua como en tierra, el cuerpo del trompetista nunca fue hallado. Estoy seguro que muchos me atribuyen algún tipo de paranoia o algo por el estilo pero, los lugareños, verifican mi testimonio todas las madrugadas, cuando se oye el eco de una trompeta que retumba melodiosamente triste.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 03 de Noviembre de 2005
Editado por María Elena Sánchez a las 06:31 PM | Palabras: [ 1253 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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Comentarios

Muy bueno!!!

Publicado por: Maite Noviembre 3, 2005 7:45 PM
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