Alicia en el país de los choripanes


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Por Germán Carbajales


Aquello que me confundió había transcurrido en una cálida tarde de verano, allá por febrero, cuando los campeonatos ni siquiera tienen aire de empezar. Yo, que me consideraba una simple chica, humilde, sin muchas expectativas de la vida, resignada por una sociedad la cual no acepta a los de nuestra especie y con un problema que no muchos tienen, serio, y después de lo que les voy a contar van a entender porque decidí tratar de corregirme.

Ese día empezó como cualquier otro en mi vida, pero con una diferencia, jugaba Rosario Central en Arroyito un amistoso con el equipo más pesado del mundo, el Manchester Und. y yo no sólo tenía una entrada para ver el partido desde un palco, sino que podía hasta ingresar a los vestuarios de cada uno de los competidores. Esto era gracias a que mi padre era comentarista deportivo en una radio muy conocida de Rosario, y le habían habilitado la entrada para que pueda hacer reportajes.

Había terminado mis quehaceres, y antes de lo previsto me fui a la cancha. Es temprano, me había comentado un ciruja que estaba tirado en el piso, apoyado sobre unos cartones, pidiendo, como de costumbre.

Todavía había gente sacando entradas, por el lado de las boleterías, otros que compraban en la reventa, de la mano de los chantas que siempre intentan ventagiarte un par de pesos de más, sumándose al folklore de las canchas, no podría haber dejado de lado a aquellos rateros de ilusiones, quienes están alerta en todo momento para robarte algo, y con eso sacarte la sonrisa de la cara en esa tarde, por ir a ver a tu equipo jugar.

Decidí esperar que se cumpla el horario matando el tiempo con unos amigos de la barra brava de Central. Uno de los jefes me ofreció algo que se asemejaba a la pipa de la paz para los aborígenes y no podía rechazarla, hubiera sido ofensivo para él.

Me quede dormida, en un costado de las parrillas del club, y cuando me levanté me sentí un poco rara. Me sentía en otro lugar, como si alguien me hubiera trasladado a otro país, por primera vez me sentía una mujer completa de arriba abajo, sin pedazos que sobren, ni falten. En fin, tenia que encontrar la manera de volver, antes de que empezara el partido, así poder ver a mi glorioso equipo.

Me puse de pie y todo el piso empezó a vibrar, como en el Mambo del Internacional Park, largue un vomito al piso y un extraño personaje se acerco a mí, metiéndome la mano en el bolsillo, como revisándome para robarme, él me decía que quería ver la hora, sacándome el reloj del bolsillo dijo que se le hacía tarde, cuando le pregunte para qué, él no me respondió con certeza, pero me dijo algo de ver un partido, supuse que era el partido de mi glorioso equipo y lo intenté seguir, pero se me hacia muy difícil llevarle el ritmo.

Cuando lo perdí de vista me senté en un cordón de una esquina a llorar porque sentía que nunca iba a poder ver aquel partido. Allí se me acerca una figura gorda preguntándome qué era lo que me pasaba, si esa pena que sentía se podía solucionar con un choripan, porque era lo único que podía ofrecerme. Yo le dije que sí, que le aceptaba uno, por lo menos si no iba a llegar a la cancha, me quedaba con el sabor en la boca del ambiente de lo que podría haber llegado a ser un buen día viendo a mi equipo. Cuando le pregunte quién era él y qué bondi me podía tomar para ir a la cancha de Central, él me respondió que le decían el Choripanero Loco y que era inútil tomarse un colectivo porque tenia que caminar menos de una cuadra para llegar, me señalo en la dirección en la que debía caminar para toparme con la cancha.

Camine un rato largo, sentía que se me había hecho una hora caminando abajo del sol que ardía en mi bocha calva. Cuando sentí todo el ardor del calor en mi cabeza me desplome en el piso, al lado de un señor que estaba tirado sobre lo que me pareció eran unas alfombras de color marrón acartonado, como un jeque árabe. Este hombre me vio acalorada y me brindo una mano dándome un poco de su agua, me advirtió sobre una persona que estaba loca por la zona, decía que era la reina del barrio, también me aclaro que todos le tenían miedo porque castigaba duramente a todas las personas que le llevaran la contra diciendo que le iba a cortar la cabeza. Tuve especial atención en la parte de la cabeza, era una de mis debilidades.

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Cuando vi, al fin, la cancha de mis amores, se me cruzó un sombra, la más grande que jamas había visto y me preguntó qué era lo que quería y si tenía el boleto de entrada. Yo sin responderle lo pasé de largo. Me agarró del brazo, fue ahí cuando me dijo que si no le daba el boleto me iba a cortar la cabeza. Me asuste, y recordé las palabras de aquel árabe. Le dije que no quería tener problemas y que volará. No entendí lo que me quiso decir. La cuestión es que me quede tirada al lado de los parrilleros, triste y desolada. Llorando me quedé dormida.
Cuando me levanté ya era de noche. Triste por haberme perdido aquel partido, volví a mi casa a verlo por diferido.

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 06 de Noviembre de 2005
Editado por María Elena Sánchez a las 10:48 PM | Palabras: [ 930 ]
Archivado en: [ Trabajos de alumnos ]
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