Una tarde de regalo

Para este año, les propongo un juego:
Cada semana alguno de los integrantes de la comisión (y esto nos incluye a todos: estudiantes, ayudante y docente) llevará a la clase un texto corto para compartir con el grupo. El texto puede ser prosa o poesía, literario o periodístico, de autoría propia o ajena y el único objetivo será compartir con otros una lectura que por algún motivo nos haya interesado, gustado, emocionado, entusiasmado… apasionado. Se hará una lectura en voz alta y si alguien quisiera, se opinará o se hará algún comentario y si no, seguiremos adelante con las tareas del día.
Cada semana, además, publicaremos el texto compartido en esta misma página. Allí cada uno de ustedes podrá opinar, agregar ideas, expresar sensaciones , en la secciòn comentarios.
Yo fui quien llevó a la clase el primer texto de esta secciòn. Se trata de una prosa de Julio Cortázar que hace las veces de introducción de un segmento de la antología de sus poemas que él mismo preparó poco antes de su muerte y que está publicada en un libro con el título: “Salvo el crepúsculo". Que lo disfruten.
De edades y tiempos en “Salvo el crepúsculo”. Julio Cortázar. Buenos Aires. Alfaguara. 1996.
El sentimiento de la poesía en la infancia: me gustaría saber más, pero temo caer en las extrapolaciones a la inversa, recordar obligadamente desde el hic et nunc que deforma casi siempre el pasado (Proas incluido, más que les pese a los ingenuos).
Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas, acríticas del niño: sentarme a cuatro patas bajo las plantaciones de tomates o de maíz del jardín de Banfield, rey de mi reino, mirando los insectos sin intermediarios entomológicos, oliendo como es imposible oler hoy la tierra mojada, las hojas, las flores. Si de esa revivencia paso a las lecturas, veo sobre todo las páginas de El Tesoro de la Juventud (dividido en secciones, y entre ellas El libro de la Poesía que abarcaba un enorme espectro desde la antigüedad hasta el modernismo). Mezcla inseparable, Olegario Andrade, Longfellow, Milton, Gaspar Núñez de Arce, Edgar Allan Poe, Sully Prudhomme, Victor Hugo, Rubén Darío, Lamartine, Bécquer, José María de Heredia… Una sola cosa segura: la preferencia –forzada por la del antólogo- por la poesía rimada y ritmada, tempranísimo descubrimiento del soneto, de las décimas, de las octavas reales, y una facilidad inquietante (no para mí, para mi madre que imaginaba plagios disimulados) a la hora d escribir poemas perfectamente medidos y de impecables rimas, por lo demás, signifying nothing más allá de la cursilería romántica de un niño frente a amores imaginarios y cumpleaños de tías o maestras.
Otra ráfaga: recuerdo haber amado un eco interno en una elegía escrita después d ela lectura de El Cuervo, sin sospechar que eso se llamaba aliteración:
¡Pobre poeta, desdichado Poe!
Y un final de soneto, escrito después de haber visto Buenos Aires de noche, desde el balcón de un décimo piso:
Y la ciudad parece así, dormida,
Una pradera nocturnal, florida
Por un millón de blancas margaritas.
Bonito, ¿no? Nocturnal… el pibe ya no le tenía miedo a las palabras, aunque todavía no supiera qué hacer con ellas.
Editado por Cecilia Reviglio a las 09:59 AM | Palabras: [ 536 ]
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