Nada

Por Ana Clara Borga (*)
Hace poco fui testigo de un fenómeno realmente asombroso y estoy segura que éste debería figurar en el Libro Guinness de los Récords.
Ocurrió en el colectivo durante mi tedioso viaje de regreso a casa. Ya estaba dormitando cuando dos niñas, de aproximadamente catorce años, se situaron junto a mi en los últimos asientos del transporte. Sus voces agudas como timbres eléctricos me despabilaron y, nuevamente, caí presa del aburrimiento. Sin otra cosa que hacer, me permití escuchar la conversación entre ambas jóvenes (para nada sesuda, vale aclarar) que no me resultó interesante. A falta de otras charlas para prestar oído y la carencia de actividades recreativas sobre el colectivo, retomé el diálogo de las niñas pero, esta vez, brindé especial atención a las palabras que utilizaban
Fue en ese momento cuando me percaté que me encontraba frente a un fenómeno difícil de comprender: de sus bocas brotaba incesantemente la palabra “nada”, en frases como “nada que decir, hablamos un rato mas”, “tipo nada” “y nada, esta todo bien“, “bueno, nada, nos quedamos hablando” y su variación “bueno, capaz que nada, después hablamos”. En los ocho minutos que, aproximadamente, duró la conversación, conté veintitrés “nada” que nada (valga la redundancia) tenían que ver con el contexto en el que se situaban. ¡Sorprendente!
Al llegar a mi casa, pensé que debía comunicarme con los editores del Libro Guinness, pero decidí dejarlo para más tarde y me puse a reflexionar sobre lo acontecido. ¿Por qué si una de las chicas declaró que no tenía nada que contar terminó describiendo todo su fin de semana? ¿Por qué la otra dijo que no pasó nada pero relató con lujo de detalles la pelea con la nueva novia de su ex? Quizás porque dentro de sus cabecitas no hay nada, tal vez porque utilizaban el término como si nada, acaso porque nada más les gusta la palabra nada o, probablemente, porque usaban las únicas zapatillas hechas para no hacer nada. Y de ésta última surge mi teoría más considerable:
Las zapatillas hechas para no hacer nada atrofian el cerebro.
Seguramente, mis buenos lectores han oído hablar de estas zapatillas y han pensado “¡Que lindo no hacer nada!”, pero pensándolo detenidamente al no hacer nada, no se lee, no se estudia, no se razona, no se piensa, no se sueña, no se crece y no se madura, por ende, no se entrena el cerebro. Y esto es realmente alarmante.
Mis queridos lectores ¡hay tantas cosas para hacer, decir, leer, escuchar y conocer en este mundo! ¿Vale la pena no hacerlo por una moda en el lenguaje y las costumbres?, ¿realmente queremos hacer nada de nuestras vidas? ¿Qué mensaje nos está dando esa propaganda? Yo creo que debe ser un calzado de muy baja calidad y que, obviamente, no sirve para nada. Pero ahora bien, ¿Qué hacer para invertir esta situación de autodestrucción? Yo propongo comprar unas buenas zapas, y salir a hacer lo que se nos dé la gana, total nada nos lo impide. Como primera medida, llamaré a los del libro de los récords.
(*) Ana Clara Borga es estudiante de Comunicación Social de la UNR y este texto es parte de un trabajo práctico de la materia Redaccion 1.
Editado por Victoria Arrabal a las 10:11 AM | Palabras: [ 537 ]
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