Las tareas de los lectores


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María Fátima Zígolo de la comisión 7 de Redacción realizó un análisis de las canciones de Fito Páez "11 y 6" y "El chico de la tapa" en el marco del trabajo práctico sobre las tareas del lector "Chicos de la calle". Les propongo compartir este texto que transmite no sólo la experiencia personal sino también la sensibilidad y esperanza de su escritora.

Interpretación de las canciones

Claro está que una canción sigue la historia que comenzó otra.: el chico que sólo tenía once años, ese niño que en medio de la calle tiene que patearla hasta el cansancio –golpeándose, machacando sus pies descalzos…- aparece más crecido en ‘El chico de la tapa’. Un chico que conoció el sufrimiento desde muy pequeño, cansando su alma de tanto andar.

La calle se transforma en el escenario de una película de amor: está él, y está ella…portando once…y seis, vendiendo flores en la calle, regalándose lo imposible con sólo reír… Pero luego estos chicos crecen. Él ya no es inocente y la misma calle que tan feliz lo hizo, donde conoció a su chica, se vuelve oscura y se llena de hijos de puta. El chico de la tapa ya no da lástima y tiene que rebuscárselas de otra manera.

Nadie necesita ser cantautor para inventar tipos de canciones de este estilo: ¡cuántas que podríamos crear con tan sólo salir a la calle y mirar! Mirar a los chicos que pasan… que cada día salen a pedir desde más temprano. Los mocos hasta el suelo y una mirada que disfraza sus pensamientos.

Hace algunos días, tuve que ver una situación que me conmovió hasta el extremo de pensar que es verdad que el mundo está lleno de…hijos de puta:
Trabajo en un bar. Y cada mañana aparece un niñito que apenas tendrá cuatro años. Abre la puerta y se queda paradito en una escalinata que separa la puerta de las mesas. Desde allí habla: “¿nro me rda un luna?”; se refiere a una media luna. Se la damos, y a los cinco minutos vuelve pidiendo un té. Se lo damos, y a los cinco minutos vuelve pidiendo otra ‘luna’. Le damos pan del día anterior. Y así sucesivamente hasta que sus papás lo van a buscar y –seguramente- lo mandan a pedir a otros bares…a otras calles.

Un día de esos tantos en que mi amiguito aparece –con su cabellera tupida y amontonada de varios días sin sentir agua y jabón- aparece también, entre la primera y la segunda visita del niñito- un señor de edad media, que todos los días pide limosna en la calle Rioja (a veces en la congruencia con Mitre, otras en Entre Ríos…). Además, sé que duerme –porque lo vi una tardecita armándose su cama- en el techito de una galería tapado hasta la cabeza con miles de cajas en desuso. Pilas de cartones que todo el día –supongo- recolectó para la noche. Pero el señor no tiene lazos sanguíneos con el niño, sólo comparte su condición social, su vida de escasa materialidad.

Ese día, entonces, llegó este señor a desayunar. Pagó con las monedas justas y se quedó hasta el mediodía leyendo el diario. Apenas habían pasado unas horas después de que nuestro pequeño y constante visitante fuera a pedir su ‘luna’ cuando, por otra puerta que tiene el bar, volvió a entrar. Pero esta vez, sorpresivamente peinado y aplastado su cabello, con los sucios dedos de los pies apoyados en el suelo, pisoteando una madera que es lo que sólo lo une a los demás señores que pomposamente se sientan intelectualmente con un diario, a desayunar ‘fuera de su casa’. ¡Cuánto daría ese niño por tener una propia casa para sentarse a una mesa y poder desayunar!

Sin que nadie lo viera, como una masita de bodoque tierna con patas y en contra de lo pactado –le dimos pan para que le alcanzara todo el día y no volviera a entrar- comenzó a pedir moneditas. ¡¿Pueden creer que la única persona que le dio (en ese momento no había demasiada gente en el bar) fue el mismísimo señor, que en su concreta realidad, cada día de la semana, en Rioja y Mitre, hace exactamente lo mismo que el niño en el bar?!
¡Le dio lo que él no tenía! O más bien… ¡todo lo que él poseía! Su limosna…la que él había conseguido de la misma manera.

Yo no sé dónde o en qué nube estamos parados. No sé cuál es la falla del sistema y mucho menos la solución. Sólo creo que ante ciertas circunstancias debemos, por lo menos, emocionarnos… conmovernos... ¡sentirnos hijos de puta! viendo cómo, el que no tiene nada le da esa ‘nada’ a otro que absolutamente tiene muchísimo menos que nada. Es increíble la horrible ideología mugrienta y asquerosa que estamos formando a nuestro alrededor. ¿Antes pasaba esto? Y… seguramente sí. Pero tiene que existir un lugar, un punto en el que las cosas comiencen a cambiar, a replantearse.

La pobreza existió siempre. Al igual que las divisiones entre las personas. Es una triste manera de agrupar a algunos que no tienen otras posibilidades que formar parte de ella: ‘La pobreza’. Porque se la puede nombrar con propiedad, como si fuera alguien que vive y se hace sentir entre nosotros. Está presente en cada mirada, en cada sonrisa, en cada mano sucia que se acerca para pedir una monedita… A veces la pobreza nos molesta, nos incomoda porque se agrupa desde todos los sectores del mundo como hormigas y empieza a pedir y a pedir; y a distorsionar algunas cuestiones, llegando a extremos de delincuencia y peligrosidad.

La pobreza está representada por gente de todas las edades. Pero hoy, cada día más, son los chicos…y los chicos chiquitos: primero aprender a pedir, después a hablar. Y apenas tienen once…y seis. Esta canción (¡como tantas otras!) los hace protagonistas, aunque ninguno sepa que se está hablando de ellos.

Dentro de muy poco tiempo algunas personas -las identificadas dentro de la sociedad: puesto que ‘la pobreza’ parece no integrarse- votarán. Y con esa votación, se vislumbrarán nuevos proyectos y nuevas ideas para levantar a la sociedad. Esperemos que se noten los cambios porque muchos necesitamos que se mejore la organización de este lugar inevitable en el que vivimos: un lugar en el que pocos tienen mucho y muchos… ¡no tienen nada!

Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 23 de Julio de 2007
Editado por Victoria Arrabal a las 10:28 AM | Palabras: [ 1058 ]
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